Suscriptor digital

Londres despide a la reina madre

Medio millón de súbditos asistió a la procesión que trasladó el féretro al Parlamento
(0)
6 de abril de 2002  

LONDRES.– Cerca de medio millón de personas, de príncipes a mendigos, se agolparon ayer en las calles de Londres para expresar su afecto por la reina madre y así convertirse tanto en partícipes como en testigos de una procesión fúnebre sin precedente.

Tan inesperadamente grande resultó la demanda del público por despedirse personalmente de la “abuela preferida de la Nación” que el horario de ingreso al Hall de Westminster, donde la matriarca comenzó a ser velada ayer por cuatro días, debió ser extendido hasta bien entrada la noche.

Los británicos no habían visto tanta precisión ceremonial, distinción y colorido castrense desde los funerales de Winston Churchill, en 1965. Tampoco tanta gente dispuesta a homenajear a un miembro de la realeza como en el cortejo de la princesa Diana.

Pero muchas de las tradiciones que sobrevivieron ambas ocasiones fueron rotas ayer en camino a la sala más antigua del Parlamento. Fueron cambios destinados a ajustarse tanto a los tiempos como a los sentimientos de la familia real. El más notable fue la presencia de una mujer, la princesa Ana, caminando vestida en uniforme detrás de la cureña que transportaba los restos de su abuela, a la par de sus hermanos, los príncipes Carlos, Andrés y Eduardo, así como el hijo de la fallecida princesa Margarita, el vizconde de Linley. Esa era una prerrogativa exclusiva del ala masculina de la familia.

Catorce miembros de la casa de Windsor y algunos de los fieles sirvientes de la reina madre –como su mayordomo William Tallon– siguieron a pie la procesión presidida por el príncipe Felipe, de 80 años. Pero la mirada del público se centró naturalmente sobre los príncipes William y Harry, que hace cinco años realizaron una marcha igualmente triste a raíz de la abrupta muerte de su madre.

El féretro, arrastrado por seis caballos, fue escoltado por 1600 soldados. Dos mil quinientos policías se encargaron de vigilar a la muchedumbre que, bajo el sol, sólo rompió filas por el inocente afán de registrar el histórico momento con una fotografía.

El homenaje de “Lilibet”

Encima del féretro, cubierto con el emblema real, fue colocada una ofrenda de camelias blancas con una tarjeta que decía “En cariñosa memoria” y llevaba la firma de “Lilibet”, el apodo que la reina madre había colocado de niña a la monarca, su hija mayor.

Sobre una almohadilla de terciopelo púrpura también descansaba la corona que lució la reina madre en su carácter de última emperatriz de la India. Es la única pieza de las joyas de la corona realizada en platino y que porta al mundialmente famoso diamante Koh-i-Noor. De acuerdo con la leyenda, la piedra fue maldecida por un hechicero hindú, quien dispuso que “todo aquel que lo posea tendrá al mundo en sus manos, pero conocerá también todos sus infortunios. Sólo Dios y una mujer pueden lucirlo con impunidad”. El conjuro parece haberse cumplido. El diamante fue agregado a la colección real para la coronación de su marido, Jorge VI, en 1937. El murió a los 56 años. Ella, en cambio, vivió hasta los 101.

En otro cambio a lo que normalmente se espera de un funeral real, los cuatro nietos de la vieja dama (Carlos, Andrés, Eduardo y el vizconde de Linley) anunciaron su intención de realizar uno de los turnos de vigilia normalmente a cargo de de la Life Guards.  

Al final de la procesión, la limusina que transportaba a Isabel II fue saludada por una espontánea lluvia de aplausos. La fastuosa, digna y emotiva peregrinación de ayer recordó, tanto a los cientos de miles que hicieron colas en las calles como a los 200 millones que la siguieron por televisión, cuál es la razón de ser de la monarquía: tener el máximo de autoridad con el mínimo de poder.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?