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El último rastro de los gauchos malvinenses

Puerto Luis fue la primera capital, donde gobernaron franceses, españoles y argentinos, antes de la invasión británica
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8 de abril de 2002  

PUERTO LUIS, Islas Malvinas.- El cartel diminuto colocado delante de la tranquera dice, en inglés: "Propiedad privada, no entre sin permiso". Del otro lado del alambre, sobre una pradera que mira a una bahía estrecha, nace una granja solitaria que oculta las ruinas y los secretos de la vieja capital de las Malvinas, donde hace 182 años se izó por primera vez la bandera argentina en las islas.

También aquí los solitarios paisajes del Atlántico Sur conocieron la crueldad de la pólvora, en los años en que se los disputaron Francia, España, Gran Bretaña, el naciente gobierno del Río de la Plata e innumerables piratas y corsarios que aprovechaban el caos para cazar lobos marinos y ballenas en forma indiscriminada.

Un cañón herrumbrado, presumiblemente de 1764, todavía aparece tirado detrás de uno de los corrales de la granja (que hace seis años compró el empresario británico Paul Kultschar), como único testigo de los años en que el francés Louis de Bouganville desembarcó aquí y fundó la primera colonia en las islas, con 17 marinos que huían desde Canadá, expulsados por la marina británica.

A pocos pasos, dos gallinas caminan frente a una pared de piedras de un metro de alto; es todo lo que queda de la primera iglesia construida en las islas, en 1779, 15 años después de que Francia aceptó entregar Puerto Luis a España, que rebautizó la población como Soledad.

La vieja iglesia sería luego la casa de Luis Vernet, el comerciante de origen alemán que llegó a las Malvinas en 1825 con permiso del gobierno de Buenos Aires, que más tarde lo nombraría comandante de las islas.

Frente a las ruinas se levanta la casa principal de la granja, construida en 1844 por el primer gobernador británico de las islas, después del desalojo de los argentinos, tras dos años de anarquía, crímenes e intrigas.

Historias de batallas, matanzas y conquistas llenaron los años entre el primer y el último poblado en Puerto Luis o Soledad. Sus protagonistas fueron comerciantes, militares, gauchos y piratas, que en definitiva marcaron el nacimiento del conflicto de soberanía que hace 20 años llevó a la Argentina y a Gran Bretaña a una lucha sangrienta en la que se perdieron más de 1000 vidas.

* * *

Los recuerdos de esa guerra reciente aparecen en el camino de 40 kilómetros desde Puerto Argentino hasta aquí, en el que resaltan las carcasas de tres helicópteros militares arrumbados en los inverosímiles ríos de piedra que caen desde los montes.

Una vez dentro de Puerto Luis hay que agudizar la imaginación. Sólo huellas en la tierra quedan de los tres fuertes rodeados de cañones que levantaron los españoles para defender el poblado, que ya disputaban los ingleses, en el siglo XVIII.

Sobre la marca de casi 80 metros de diámetro del fuerte San Felipe izó la bandera argentina el corsario estadounidense David Jewett, en 1820, enviado por Buenos Aires. Jewett encontró en ese viaje un puerto abandonado por España hacía nueve años y las ruinas de las 80 casas en las que llegaron a vivir unas 300 personas.

Los cimientos de esas viviendas de piedra todavía se ven en la granja de los Kultschar, que ahora permanece deshabitada la mayor parte del año.

Con la misión de Vernet llegaron los gauchos y los indios a las Malvinas. También se introdujo el ganado, aunque el negocio principal consistía en cobrar renta a los pesqueros.

Los primeros grandes combates en las islas se produjeron aquí, después de que Vernet decidió capturar tres goletas norteamericanas, a las que consideró piratas por no cumplir sus órdenes. Como respuesta, la corbeta Lexington, enviada desde los Estados Unidos, destruyó el poblado en 1832.

Era el principio de una era de caos total. Buenos Aires intentaba recuperar el control de las islas, mientras Gran Bretaña ocupaba Puerto Luis y plantaba su bandera en un terreno inhóspito, dominado por gauchos e indios sublevados, muertos de hambre y deseosos de huir.

"En lugar de la alegre aldehuela que esperaba encontrar, sólo hay unas casuchas de piedra semiarruinadas, uno que otro rancho de turba, dos o tres botes despanzurrados y algún ser humano de aspecto miserable", escribió en su diario Charles Darwin cuando fondeó en Puerto Luis en esos años traumáticos, en la fragata Beagle, al mando del capitán Robert Fitz Roy.

En agosto de 1833, el gaucho Antonio Rivero, dos indios y tres trabajadores rurales degollaron a Mathew Brisbane y a Juan Simón, las autoridades del asentamiento aún en litigio. El terror se apoderó de los habitantes (mitad argentinos y mitad británicos), que se refugiaron en un islote que se divisa en la entrada al puerto, ya desactivado.

La tumba de Brisbane (un escocés enviado de Buenos Aires que trabajó luego para los británicos) es la única que todavía puede visitarse en los restos del cementerio español, en uno de los extremos de la granja.

Los británicos volverían a reforzar su posición en 1834. Apresaron a Rivero y conformaron una nueva colonia con 18 habitantes y miles de ovejas. Durante 10 años daría vida otra vez a este lugar con destino de muerte y destrucción. Fue la última vez. Desde 1843, las islas tienen otra capital y muy pocos recuerdan ya el viejo pueblo de las primeras batallas por la soberanía malvinense.

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