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Tres personajes que buscan la verdad en tiempos de guerra

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14 de abril de 2002  

"Copenhague" de Michael Frayn. Versión: Fernando Masllorens y Federico González del Pino. Intérpretes: Alicia Berdaxagar, Juan Carlos Gené y Alberto Segado. Iluminación: Roberto Traferri. Escenografía y vestuario: Florencia Del Gener, Mariana Del Gener y Carlos Gandolfo. Dirección: Carlos Gandolfo. En el Teatro San Martín.

Nuestra opinión: muy bueno.

El dramaturgo, periodista y traductor inglés Michael Frayn comenzó a desarrollar su actividad teatral durante los años 70. Al cabo de dos décadas, su producción cosechó innumerables premios. Esos textos, en general, están ligados al humor. La comedia resulta el género preferido por este hombre, muy reconocido, además, por sus traducciones de Chejov.

En 1998 su carrera autoral parece dar un vuelco muy fuerte. Es cuando estrena "Copenhague", producción que se mantiene dos años en cartel en Londres y luego se estrena en Nueva York, donde recibe el Premio Tony.

"Copenhague" muestra otra cara de Frayn, es cierto, pero también en ese texto aparece su experiencia como comediógrafo. La agilidad de sus diálogos, la manera como juega con una única historia que proyectará en las más diversas situaciones con una inteligencia singular, es indudable que provienen de su oficio anterior.

En esta pieza, el autor se apodera de seres reales de la historia contemporánea, los físicos Werner Heisenberg (premio Nobel en 1932) y Niels Bohr (premio Nobel en 1922). También está Margarita, la esposa de Bohr. El germen de la obra está en el libro "La guerra de Heisenberg", del periodista Thomas Powers. Personajes reales, sacados de un mundo real, llegan a la ficción para intentar buscar una verdad. Ese es el punto de partida, y también es extraño. En el texto original, los dos hombres y la mujer han muerto. Desde un más allá que desconocemos ellos empiezan a reconstruir sus dramas (¿reales?, ¿ficticios?)

Múltiples posibilidades

Michael Frayn se aprovecha de esas dudas y juega. Propone múltiples posibilidades para cada personaje. De acuerdo con las situaciones, ellos tendrán la posibilidad de ser más inteligentes o más audaces, más intelectuales o más prácticos, más seguros o más desconfiados, más enteros o más inestables. Nunca menos, aunque parezca extraño. Los de Frayn son seres muy fuertes, aun cuando dudan, cuando sienten temor. Y esos estados los tornan más intensos.

Y no es para menos. Los hombres se han destacado por sus trabajos científicos, sus investigaciones en física cuántica. Bohr arremete con una seguridad increíble y Heisenberg se apoya en la matemática con una arrogancia insostenible. Ellos se conocen muy bien, Bohr fue maestro de Heisenberg. Y esa relación se fortaleció gracias al talento, pero por sobre todo al afecto. Entre uno y otro plano no hay demasiadas opciones. Uno puede equivocarse y esa equivocación puede detonar en una discusión, pero a la hora de la verdad el afecto siempre terminará haciendo más tolerantes a los hombres.

Y hay más: los físicos se encuentran después de varios años de no verse, en septiembre de 1941. Alemania había ocupado Dinamarca. Y el alemán Heisenberg (el alumno) va a ver a su maestro danés Bohr. Y discuten. Y nunca nadie supo exactamente qué ha ocurrido en esa reunión.

Las hipótesis, al cabo de los años, se fueron sucediendo. Michael Frayn va desarrollando cada una de ellas a lo largo de la obra. Y entonces el drama alcanza ribetes inimaginables. Porque poco a poco irán apareciendo realidades más y más inquietantes. Si por momentos ellos resultan los únicos grandes protagonistas de esta pieza, para otros serán la guerra, el nazismo, Hitler, los judíos perseguidos, quienes cambiarán el eje. Toda esa violencia tiene también su terrible síntesis: la bomba atómica.

Y allí "Copenhague" deja de ser un texto de personajes para transformarse en un material de teatro documento de gran contundencia. Todo está ahí. Y, lo fundamental, todo adquiere vitalidad, porque la memoria se pone en funcionamiento, y desde la muerte. Entonces asoma el compromiso, y sólo es necesario escuchar y sentir. Una época puede clarificarse. ¿Importa el hombre allí o la historia que ese hombre construyó?

El director Carlos Gandolfo transforma este material en un espectáculo que avanza con una energía particular. En el comienzo, unas conocidas imágenes sobre la bomba atómica cayendo en Japón advertirán al espectador. Después llegarán los personajes. Uno a uno se irán desnudando, una y otra vez. Y Gandolfo los dejará que sean desde la pura sensibilidad. Es como si ninguno de los tres intérpretes supiera en qué consiste la pieza que interpretan. Esto los hace más puros, más enteros. Ellos buscan una verdad y entonces están dispuestos a eso y se entregan con una sinceridad conmovedora.

Un equipo con oficio

Sin duda hay mucho oficio en ese equipo. Han pasado por muchas historias y por muchos personajes. Pero es seguro que éstos son diferentes, porque no muestran un trozo de la historia sino que intentan reconstruirla. Esa es la intención de un Juan Carlos Gené que es la gran imagen de un maestro al que no se vence fácilmente y que todo el tiempo va a poder manejar su mazo de cartas (alusión al texto) como quiere, porque hoy, además, es uno de los grandes maestros del teatro argentino.

También es muy entero el personaje que construye Alberto Segado. Con más matices que el de su maestro, sobre todo porque está cargado de dudas, porque a él se lo cuestiona, se lo ataca.

Margarita, en la interpretación de Alicia Berdaxagar, adquiere una profunda grandeza. Es tan chiquita al comienzo, tan poco intelectual. Y sin embargo, en el segundo acto, demuestra que los seres en apariencia pequeños pueden poseer la claridad suficiente como para modificar un destino.

Es muy buena la síntesis escenográfica que proponen Florencia y Mariana Del Gener, en ese juego de ambientes que va ampliándose hacia el final y en donde siempre prevalece esa imagen de fondo que señala el objetivo sobre el cual se va a disparar. En ese sentido, también, la iluminación de Roberto Traferri es contundente, marcando una progresión dramática real. Sus colores no hacen más que aportarle sentimiento al drama. Verdaderamente lo iluminan.

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