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El FBI contra Albert Einstein

Por Dennis Oberbye The New York Times
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20 de mayo de 2002  

NUEVA YORK

LAS mujeres lo perseguían, los famosos lo buscaban, los políticos lo cortejaban, los periodistas lo seguían por las calles. Pero Albert Einstein era muy consciente de que una cuadrilla más siniestra le seguía el rastro. Por muchos años, el FBI y otras agencias lo espiaron basándose en sospechas vagas, inquietantes y ridículas.

La historia a grandes rasgos es conocida desde 1983, cuando el doctor Richard Alan Schwartz, profesor de la Universidad Internacional de Florida, en Miami, consiguió una versión censurada del Archivo Albert Einstein del FBI (1427 páginas) y escribió acerca de él en la revista The Nation . Ahora, Fred Jerome revela nuevos detalles en su libro The Einstein File ("El Archivo Einstein"), de inminente aparición. Ayudado por el Public Citizen Litigation Group, Jerome entabló pleito al gobierno para obtener una versión menos censurada. El nuevo material expone claramente cómo el FBI espió a Einstein y a sus colaboradores, e identifica a algunos informantes.

Los agentes intervinieron sus teléfonos y correspondencia, y hurgaron entre sus desperdicios. Para ellos, era cosa de rutina. No encontraron nada. Sin embargo, el FBI siguió los pasos a Einstein hasta su muerte, en 1955, y hasta cooperó con el Servicio de Inmigración y Naturalización en una investigación tendiente a establecer si no debería ser deportado.

Jerome, nacido y criado en Nueva York, conoce el FBI. Como joven periodista, cubrió el movimiento por los derechos civiles. En años recientes, ha sido maestro, consultor de medios y fundador del Media Resource Center, un grupo de enlace entre periodistas y científicos. Según afirma, contrariamente a su imagen de idealista con pensamientos confusos, Einstein fue un avezado defensor de los más débiles, políticamente astuto y terco al elegir qué organizaciones respaldar.

Tuvo problemas políticos desde su adolescencia en Alemania, de donde emigró en 1894, a los quince años, en parte por su rechazo visceral a la militarización germana. A poco de volver, en 1914, para ocupar un puesto en Berlín, estalló la Primera Guerra Mundial. Lejos de ocultar su aversión, fue uno de los cuatro intelectuales destacados que firmaron un manifiesto en oposición al conflicto, y que subrayaba la necesidad de una Europa unida.

En 1919 adquirió fama internacional cuando las observaciones de la desviación de la luz durante un eclipse solar confirmaron su teoría general de la relatividad, que cambió por completo las leyes del espacio, el tiempo y la gravedad.

En los años subsiguientes, prestó su nombre y, ocasionalmente, su presencia a diversas organizaciones consagradas a la paz y el desarme. Estas actividades indujeron a la Woman Patriot Corporation a escribir, en 1932, una extensa carta al Departamento de Estado en la que sostenía que no se debía permitir su ingreso en el país porque "ni el mismísimo Stalin" estaba afiliado a tantos grupos anarco-comunistas. No obstante, al asumir Hitler el poder en 1933, Einstein emigró a Estados Unidos y se incorporó al Institute for Advanced Study de Princeton, Nueva Jersey. Más tarde, erizó los ánimos con su apoyo abierto a las fuerzas antifascistas en la Guerra Civil Española.

Contra los linchamientos

Horrorizado por la bomba atómica, después de la Segunda Guerra Mundial se declaró en favor de un gobierno mundial. Expresó en The Atlantic Monthly su temor a la tiranía de semejante institución, "pero temo aún más -escribió- el estallido de otra u otras guerras". En 1946 ayudó al cantante, actor y atleta negro Paul Robeson a organizar un acto público contra los linchamientos. En los años 50, ocupó los titulares al pedir clemencia para Julius y Ethel Rosenberg, condenados a muerte por espionaje, y al exhortar a la gente a no declarar ante la subcomisión del senador Joseph McCarthy.

Aun habiendo abrazado los ideales socialistas, no se ataba a nadie ni confiaba en los movimientos de masas. "No era un animal de partido. Era uno de esos tipos que incomodan a todas las autoridades. La clase de persona que no queremos en nuestra organización", opina el doctor Robert Schulmann, historiador y ex editor de The Collected Papers of Albert Einstein .

Con este currículum, es poco sorprendente que el FBI se haya interesado por él. Se creía que el liberalismo era el primer paso hacia el comunismo. "Einstein era peligroso porque simpatizaba con las causas que por entonces patrocinaba el Partido Comunista. Ellos presumían que era un hombre de izquierda; por ende, tenía que ser peligroso", explica la doctora Ellen Schrecker, historiadora y autora de un libro sobre el macartismo y las universidades.

El doctor Richard Gid Powers, historiador y biógrafo de J. Edgar Hoover, no lo encuentra tan absurdo. El FBI no tuvo otra alternativa, en especial en la posguerra, cuando los funcionarios temían llevar las de perder en un "juego de propaganda con apuestas altas" frente a los soviéticos, cuando luminarias como Einstein, Picasso y Charlie Chaplin criticaban la política norteamericana. "Eran demasiado inteligentes para discutir con ellos. Lo único que se podía hacer era vigilarlos", aduce Powers.

Una ojeada al Archivo Einstein ( foia.fbi. gov/einstein.htm ) nos dice más acerca de las actitudes del público, y del FBI, hacia la genialidad científica que hacia el genio como persona. Un vocero del FBI declinó todo comentario específico: incumbía al público evaluar el material.

El archivo esclarece un tanto la participación, o no, de Einstein en la invención de la bomba atómica. Venciendo sus escrúpulos pacifistas, Einstein previno a Franklin D. Roosevelt sobre la posibilidad de crearla y de que Alemania estuviera trabajando en eso. Su carta allanó el camino hacia el Proyecto Manhattan, en el que, sin embargo, nunca participó. Algunos historiadores insinúan que aun sin sus vinculaciones izquierdistas, su espíritu independiente lo habría hecho peligroso para los militares, preocupados por mantener bajo control al grupo de científicos. Aun así, hacia 1940, el Ejército lo incluyó en la lista de posibles candidatos que sometió al visto bueno del FBI.

Hoover respondió con una carta en que resumía sus actividades pacifistas e izquierdistas y un "bosquejo biográfico", sin fecha ni firma, influido (según sospechan algunos historiadores) por fuentes derechistas alemanas. Decía que su departamento berlinés de comienzos de los años 30 había sido "un centro comunista", y su casa de campo, en Caputh, "el escondite de los enviados de Moscú". Y concluía: "Parece improbable que un hombre con sus antecedentes pueda convertirse, en tan corto tiempo, en un leal ciudadano norteamericano".

En una carta fechada el 26 de julio de 1940, aparentemente perdida, el Ejército negó el "permiso" para que Einstein trabajara en la bomba. El documento fue visto, y luego citado, por el doctor Vannevar Bush, jefe del Consejo de Investigación para la Defensa Nacional que organizó el proyecto. Decepcionado por su exclusión, en 1943 Einstein aceptó entusiasmado la invitación de la Armada para que la asesorara sobre explosivos instantáneos de alta potencia.

Actividades sospechosas

La vigilancia iniciada en la posguerra habría apuntado tanto a Einstein como a Helen Dukas, su secretaria desde 1928, que compartía su casa en Princeton junto con Margo y Maja, la hijastra y la hermana de Albert. En 1943, el FBI había allanado el domicilio del sobrino de Dukas, líder de un grupo antifascista, dentro de un programa general de vigilancia de extranjeros sospechosos de ser comunistas o nazis. Ya en 1944, el FBI fue advertido de que Helen Dukas podría acceder a información sobre la bomba atómica a través de Einstein y andaba metida en actividades "altamente sospechosas". En un memorándum de enero de 1946, unos agentes del FBI pidieron autorización para intervenir el teléfono de Dukas (y de Einstein). Les fue denegada: el FBI no quería que lo sorprendieran espiando a un personaje venerado. No obstante, sus agentes rastrearon llamadas y correspondencia originadas en la casa y compilaron información sobre los contactos de Einstein.

La mayoría de ellas eran inocuas, pero algunas provenían de periodistas y escritores que, según el FBI, también eran agentes comunistas. Jerome dice que la agencia había reparado en una entrevista de Einstein con Pavel Mikhailov, vicecónsul soviético en Nueva York, concertada por Margarita Konenkova, una emigrada rusa; ella y su marido, el escultor Sergei Konenkov, residían en Greenwich Village. En sus memorias, publicadas en 1995, el ex espía soviético Pavel Sudoplatov dice que Konenkova había sido espía, pero da pocas pruebas. A juzgar por unas cartas ofrecidas en subasta en Sotheby´s en 1998, también fue la amante de Einstein. El FBI no parece haberse enterado de esto.

En febrero de 1950, el arresto, por pasar información secreta a los soviéticos, del doctor Klaus Fuchs, un físico nacido en Alemania que participaba en el Proyecto Manhattan, intensificó la búsqueda de espías y la vigilancia de Einstein. El 13 de ese mes, Hoover ordenó que lo investigaran a fondo y pidió toda la "información que lo desacreditara". Por casualidad, o no, en la víspera Einstein había expuesto los peligros de la carrera armamentista en la primera emisión del programa televisivo de Eleanor Roosevelt.

El dato más espectacular, recibido inicialmente por los agentes de inteligencia del Ejército que operaban en Alemania, era que durante los años 30, en la oficina de Einstein en Berlín, sus secretarias y dactilógrafas entresacaban mensajes codificados de los telegramas a él dirigidos y los entregaban a correos para su envío a Moscú. Cuando los agentes pidieron más datos, uno de los informantes se negó a darlos y desapareció. Otro resultó ser un extorsionador convicto que había organizado mitines contra la teoría de la relatividad. Un tercero era un ex comunista en el cual, finalmente, Hoover dejó de confiar. Además, y esto aparece en numerosas biografías, por aquel entonces Einstein no tenía oficina: trabajaba en su casa con una sola secretaria, Dukas.

A comienzos de 1955, Hoover permitió, por fin, que sus agentes la entrevistaran. Dukas les dijo que había sido la única secretaria de Einstein desde 1928, con lo que destruyó la visión de una central clandestina. Jerome sospecha que los agentes aceptaron su palabra gustosamente. La muerte de Stalin, en 1953, y la caída de McCarthy al año siguiente habían restado fuerza al "terror rojo". Perseguir a Einstein ya no redituaba una ganancia política.

Einstein murió el 18 de abril de 1955, a los setenta y seis años. Pocos días después, Hoover cerró el archivo.

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