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Bergoglio alertó sobre el riesgo de disolución nacional

En el Tedéum del 25 de Mayo, se refirió a "la exclusión de veinte millones de hermanos"
Jorge Rouillon
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26 de mayo de 2002  

En una severa homilía, el arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Mario Bergoglio, expresó que "hoy, como nunca, cuando el peligro de disolución nacional está a nuestras puertas, no podemos permitir que nos arrastre la inercia, que nos esterlicen nuestras impotencias o que nos amedrenten las amenazas".

En el Tedéum del 25 de Mayo, que rezó en la Catedral ante el presidente Eduardo Duhalde, los miembros del gabinete nacional y otras autoridades, Bergoglio pidió que "no sigamos revolcándonos en el triste espectáculo de quienes ya no saben cómo mentir y contradecirse para mantener sus privilegios, su rapacidad y sus cuotas de ganancia mal habida".

El prelado llamó a que "el banquete al que convoca el Evangelio sea lugar de encuentro y convivencia" y no "un café al paso para los intereses golondrina del mundo: esos que llegan, extraen y parten". Animó a no caer en la tentación de la violencia, del caos, del revanchismo.

"Asumamos el dolor de tanta sangre vertida inútilmente en nuestra historia", dijo el primado de la Argentina. Y llamó a abrir los ojos a tiempo, pues "una sorda guerra se está librando en nuestras calles", aprovechando "el desamparo social, la decadencia de la autoridad, el vacío legal y la impunidad".

"Este pueblo podrá aceptar humillaciones -dijo Bergoglio-, pero no la mentira de ser juzgado culpable por no reconocer la exclusión de veinte millones de hermanos con hambre y con la dignidad pisoteada."

El jefe de Gabinete, Alfredo Atanasof, y la ministra de Trabajo, Graciela Camaño, admitieron que las palabras de Bergoglio fueron "duras" y constituyen un llamado de atención para todos los argentinos.

"Existe peligro de disolución nacional"

Bergoglio alertó sobre el internismo faccioso, los negocios sospechosos y la ganancia mal habida; llamado a la solidaridad

El arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina, cardenal Jorge Mario Bergoglio, dijo ayer que "hoy, como nunca, cuando el peligro de disolución nacional está a nuestras puertas, no podemos permitir que nos arrastre la inercia, que nos esterilicen nuestras impotencias o que nos amedrenten las amenazas".

Bergoglio exhortó a "hacer cumplir la ley, que nuestro sistema funcione" en una homilía de singular dureza, pronunciada ante el presidente Eduardo Duhalde y otras autoridades nacionales en el Tedéum del 25 de Mayo que presidió en la Catedral porteña.

El prelado cuestionó el internismo faccioso, la incapacidad de sentir culpa, negocios sospechosos, rapacidad y ganancia mal habida, lavados que eluden obligaciones, operativos de desinformación que confunden, desestabilizan y presionan hacia el caos, "mientras perdemos nuestras oportunidades históricas y nos encerramos en un callejón sin salida".

Animó a "ubicarnos allí donde podamos enfrentar la mirada de Dios en nuestras conciencias, hermanarnos cara a cara, reconociendo nuestros límites y posibilidades".

La Catedral estaba llena de funcionarios. El Presidente estaba sentado adelante, en el centro, y a su lado, su esposa, Hilda González de Duhalde. En una silla un poco más atrás estaba el rector de la Catedral, monseñor Ernesto Mai, con un alba blanca.

En las primeras filas del público estaban casi todos los ministros; el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Camaño, y el jefe del Gobierno de la Ciudad, Aníbal Ibarra. Más atrás, dos ministros de la Corte, Antonio Boggiano y Adolfo Vázquez; los más altos jefes de las Fuerzas Armadas, y distintos funcionarios, con escarapelas, que llenaban todos los bancos.

Bergoglio habló con voz serena y queda, amplificada por los altavoces, que hicieron eco a la fuerza de sus conceptos. Remarcó apenas, casi deletreándolos, algunos párrafos del discurso, como el de hacer cumplir la ley. El Presidente escuchó inmutable, serio, sin hacer gestos y teniendo de la mano a su esposa en parte del discurso.

Bergoglio alertó sobre la decadencia de la autoridad, el vacío legal, la impunidad. Pero dijo que de poco sirve "la tentación ilusoria de exigir chivos expiatorios en aras del supuesto surgimiento de una clase mejor, pura y mágica... Sería subirse a otra ilusión".

Aunque se había dicho que Duhalde iría en auto a la Catedral, llegó al templo caminando con su gabinete; se retiró en automóvil al concluir el acto. Al principio, se leyó el Evangelio de San Lucas, que cita la parábola de Zaqueo, jefe de los publicanos (recaudadores de impuestos), hombre rico y bajo que se subió a un árbol para poder ver a Jesús y que luego se bajó y lo recibió en su casa.

"Zaqueo responde a un Jesús que lo llama a abajarse", dijo Bergoglio. "Una vez convertido -agregó-, debe reconocer su estafa usurera y devolver lo que robó." Señaló que "se anima a devolver lo mal habido y a compartir".

"Como Zaqueo -dijo-, hay que animarse a sentir el llamado a bajar al trabajo paciente y constante, sin pretensiones posesivas, sino con la urgencia de la solidaridad."

Abrir los ojos a tiempo

El cardenal exhortó a abrir los ojos a tiempo y advertir "que una sorda guerra se está librando en las calles".

Concluida la homilía, el Coro Polifónico de Ciegos cantó un himno de acción de gracias.

Hombres y mujeres laicos leyeron las oraciones de los fieles. Se pidió a Dios por los dirigentes "para que comprendan que el verdadero poder está en el servicio a los hermanos", "para que encaremos con valentía la reconstrucción de la patria", para acudir "menos al reclamo estéril y más a la acción firme y perseverante" (expresión que Bergoglio usó y subrayó en su homilía). Se oró especialmente por los desocupados, los ancianos, los niños, los enfermos sin atención.

Tras el Himno Nacional, se rezó la oración por la Patria ("Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos") y el arzobispo impartió la bendición.

Luego, el cardenal Bergoglio, acompañado por el nuncio, monseñor Santos Abril, se acercó a saludar al Presidente y a su esposa. Les dio la mano a Duhalde y un leve beso en la mejilla a su esposa y los invitó a aproximarse al altar. Allí les presentaron sus saludos cada uno de los obispos auxiliares de Buenos Aires: Jorge Lozano, Horacio Benites Astoul, Joaquín Sucunza, José Gentico, Mario Poli y Guillermo Rodríguez Melgarejo.

Y pasaron a saludarlos dignatarios de iglesias ortodoxas (Rusa, de Antioquía), anglicana, valdense, metodista y confesiones evangélicas, líderes musulmanes y drusos, y de la entidad religiosa japonesa Perfecta Libertad. El director del Registro de Cultos, José Camilo Cardoso, introdujo a cada uno de ellos al jefe del Estado.

Luego, las autoridades se retiraron por el camino central y Duhalde prefirió subirse a un automóvil.

Frases salientes

La moral: "Ningún talento, ninguna riqueza puede reemplazar una chatura moral".

Decepción: "Un triste pacto interior se ha fraguado en el corazón de muchos de los destinados a defender nuestros intereses, con consecuencias estremecedoras".

Engaño: "A medida que tal destrucción crece se buscan argumentos para justificar y demandar más sacrificios escudándose en la repetida frase no queda otra salida , pretexto que sirve para narcotizar sus conciencias".

Culpa: "Tal chatura espiritual y ética no sobreviviría sin el refuerzo de aquellos que padecen otra vieja enfermedad del corazón: la incapacidad de sentir culpa".

Disfraces: "Los ambiciosos escaladores, que tras sus diplomas internacionales y su lenguaje técnico, por lo demás tan fácilmente intercambiable, disfrazan sus saberes precarios y su casi inexistente humanidad".

Revisión: "¿No estamos ante la oportunidad histórica de revisar antiguos y arraigados males, que nunca terminamos de plantear y trabajar juntos?"

Límite: "¿Hace falta que más sangre corra al río para que nuestro orgullo herido y fracasado reconozca su derrota?"

Construcción: "Ningún proyecto de grandes esperanzas puede hacerse real si no se construye y se sostiene desde abajo: desde el abatimiento de los propios intereses al trabajo paciente y cotidiano que aniquila toda soberbia".

Diagnóstico: "Hoy, como nunca, cuando el peligro de disolución nacional está a nuestras puertas, no podemos permitir que nos arrastre la inercia, que nos esterilicen nuestras impotencias o que nos amedrenten las amenazas".

Consumismo: "Hemos vivido mucho de ficciones, creyendo estar en los primeros mundos, nos atrajo el becerro de oro de la estabilidad consumista y viajera de algunos a costa del empobrecimiento de millones".

Advertencia: "Abramos los ojos a tiempo: una sorda guerra se está librando en las calles, la peor de todas, la de los enemigos que conviven y no se ven entre sí, pues sus intereses se entrecruzan manejados por sórdidas organizaciones delincuenciales y sólo Dios sabe qué más, aprovechando el desamparo social, la decadencia de la autoridad, el vacío legal y la impunidad".

Esperanza: "Hay en toda la sociedad un anhelo ya propuesto, insoslayable, de participar y controlar su propia representación, como aquel día que hoy rememoramos en que la comuna se constituyó en Cabildo".

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