El playboy de Dakar

El francés Bruno Metsu, DT de la sensación del Mundial, se convirtió a la religión musulmana para casarse con una senegalesa; les da mucha libertad a sus jugadores y es el nuevo héroe nacional
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17 de junio de 2002  • 11:08

OITA, Japón.– El Mundial ya deparó suficientes sorpresas vinculadas con lo que ocurre en los campos de juego, pero también tenía reservadas algunas desde su periferia. Por ejemplo, ¿alguien podía imaginar que uno de los principales toques de glamour del torneo provendría de... Senegal? La cuestión es que los africanos que hacen historia con su paso hacia los cuartos de final en su debut mundialista tienen como conductor a un hombre que parece sacado de una telenovela más que de una cancha de fútbol. Bruno Metsu, algo así como el Bambino Veira –versión francesa– de Corea-Japón, es protagonista de una historia fuera de lo común, que transita por lo místico y lo azaroso. O de varias historias en una.

Imposible no sonreír cuando las pantallas de los estadios eligen la figura de larga cabellera de Metsu, esa estampa de galán de cine con botellita de agua mineral en mano y sus ya recurrentes abrazos con su colaborador, Jules François Bocandé, el mejor jugador de la historia de Senegal.

Contar la aventura de Metsu, nacido hace 48 años en un pueblo llamado Coudekerque, interesa desde su súbito enamoramiento con Africa, un continente que lo subyugó desde el primer contacto físico. “La primera vez que vine a Africa fue una conmoción. Había algo misterioso... Auténticos valores, como la amistad, la solidaridad, cosas que ya hemos perdido en Europa”. Hasta ese momento, su paso por el fútbol no se había caracterizado justamente por llamar la atención de las masas: como jugador y como DT transitó por equipos de tercera categoría de Francia, y esa llegada al continente negro tuvo para él el sabor de un reto diferente.

Pero cuando en octubre de 2000 ocupó el lugar que dejaba vacante el alemán Peter Schnittger, esa dulce impresión que recogió apenas respiró aire africano no fue absolutamente correspondida. Al menos, desde algún sector de la prensa senegalesa, que lo combatió con una dureza inusitada: el diario Le Populaire lo asoció con las peores facetas personales de Silvio Berlusconi y lo tildó de “fascista, arrogante y pretencioso”. Cuesta emparentar que tamaño rechazo coexistiera con una sociedad que terminó entregándole la Orden del Mérito, pero el realismo mágico de Africa todo lo permite.

Es que rápidamente se le imputó como real su imagen de playboy. Algo es cierto en todo esto: como técnico está lejos de un estilo autoritario. A tal punto que él mismo reconoce una metodología permisiva. “No soy policía, soy entrenador”, comentó alguna vez. Las críticas hacia el supuesto exceso de libertad que les concede a sus jugadores encontraron en Metsu una respuesta clara. En especial, sobre la condición de trasnochador que los mentideros orientales le atribuyen a la estrella, El Hadji Diouf. “A mí no me importa lo que él hace afuera de la cancha, sino adentro. Y en ese terreno estoy más que satisfecho”, dijo el técnico hace poco.

La sempiterna presencia de Bocandé a su lado responde, justamente, a aquella atmósfera de resistencia que había provocado su llegada. En una astuta movida de ajedrez, Metsu lo convocó sabiendo que en Senegal se lo venera como el Maradona de esas tierras. Una especie de paraguas protector cuyo influjo se extiende aquí, en Oriente.

El vínculo con su tierra adoptiva se ahondó desde que en marzo último Metsu se casó con Rojaya Ndiaye’, una joven senegalesa por cuyo amor se convirtió a la religión musulmana y adoptó el nombre de Abdu Karim. La tradición le exigió un compromiso más terrenal: entregarle a su esposa, como dote, una limusina de lujo y 6000 dólares.

Metsu se terminó de afirmar en su silla de DT cuando en febrero, en Malí, llevó a Senegal a la final de la Copa de Africa, en la que su equipo perdió por penales ante Camerún. De su carácter firme dio cuenta una huelga que llevó adelante por entonces, en protesta porque los jugadores de la selección no cobraban ni tenían cubiertas sus necesidades básicas.

Ahora, Bruno Metsu se aseguró un lugar entre los íconos de Corea-Japón. Con la histórica victoria ante Suecia consumada, infla el pecho y arroja el guante: “Quiero jugar los cuartos de final con Japón, en Japón. Eso será muy diferente de hacerlo con Turquía”. Quiere más que eso, en realidad. Y Oriente se está mostrando proclive a complacer sus deseos.

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