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Raúl Berón, la voz del tango de los 40

Hoy se cumplen veinte años de la muerte del cantante, que actuó con las principales orquestas
Gabriel Plaza
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28 de junio de 2002  

Para los nostálgicos y los conocedores del tango que siguen reinvindicando su estilo, Raúl Berón significó el arte de la sutileza. En el último tiempo Luis Cardei había sido su más grande admirador y heredero. Hoy su estilo parece prácticamente desaparecido. Sin embargo, al cumplirse veinte años de su fallecimiento, las grabaciones en las que dejó plasmada su inconfundible voz sobreviven una forma de cantar que sigue deslumbrando por su sencillez.

No alcanzó la popularidad de otros cantores de orquesta, como Fiorentino, Marino, Rufino o Podestá, pero formó parte de esa dinastía de duplas gloriosas que marcaron la mejor época del tango, entre el 40 y el 55. Creaciones como "Corazón", "Azabache" o "El vals soñador", junto a la orquesta de Miguel Caló, con el que formó un tándem inolvidable, son la mejor muestra de su exquisita interpretación.

Raúl Berón había nacido el 30 de marzo de 1920 en Zárate, provincia de Buenos Aires. Esa raíz criolla inspiraría con el tiempo su forma de cantar definitiva. Rápidamente se consustanció con la música. Su padre era guitarrista y sus hermanos Adolfo, José, Elba y Rosa eran muy buenos cantores. Incluso de chicos llegaron a formar un grupo que se llamó Los Porteñitos. Berón, comenzó a circular por varias emisoras. Su estilo distintivo, suave y decidor llamó la atención de José Razzano, que lo transformó inmediatamente en su protegido. El destino comenzaba a echar sus cartas. El joven Berón era un gran admirador de su compañero y amigo Carlos Gardel.

A pesar de su reticencia alguien convenció a Miguel Caló de que lo ingrese en su orquesta, porque lo había confundido con un cantor de números folklóricos. La dupla Caló-Berón debutó en el local Dancing en 1939. El registro de "Al compás del corazón" terminó por proyectar su figura canora. Había aportado un color único a la orquesta de Caló. Su voz sonaba como un afinadísimo instrumento, sobrio y expresivo, que seguía el compás y las delicadas líneas de los arreglos del director.

Después vinieron su paso por la típica de Lucio Demare, la formación de Francini-Pontier, época en que los directores eran tan famosos como los cantantes, y su integración a la orquesta de Aníbal Troilo. Luego siguió como solista hasta sus últimos días, aunque siempre mantuvo esa línea íntima donde era más importante el sentimiento de la canción que la imagen de cantor grandilocuente.

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