Martino: el adiós a un mago de la pelota

Fue el motor creativo de un inolvidable equipo de San Lorenzo, con el que ganó el título en 1946 en compañía de Farro y Pontoni, con quienes formó un terceto célebre; también jugó en Juventus, Boca, Nacional, de Montevideo, y en el seleccionado; murió ayer a los 79 años
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16 de noviembre de 2000  

A los 79 años falleció ayer Rinaldo Martino, notable mediocampista de San Lorenzo, Juventus (Italia), Boca, Nacional (Uruguay) y del seleccionado nacional. Paradigma del fútbol argentino de los años 40, sus restos son velados en la avenida Forest 906 hasta las 9 de hoy y luego serán trasladados al cementerio de la Chacarita.

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La memoria colectiva futbolera suele descerrajar apellidos casi por inercia; una costumbre que de a poco está siendo víctima del destierro, casi al mismo tiempo en que la inestabilidad de los jugadores en los clubes se encuentra en pleno ascenso. Eran esos vendavales de nombres los que definían una delantera, un ideal..., una época.

Rinaldo Fioramonte Martino perteneció a esos tiempos en los que los apellidos eran marca registrada, alejados de cualquier vedettismo. Exquisito y gambeteador, hábil e inteligente, Martino conformó junto con René Pontoni y Armando Farro uno de los tercetos de ataque más famosos de la historia del fútbol argentino. San Lorenzo de Almagro fue el escenario, el club que vio brillar a esta trilogía en la que Martino poseía las riendas de la creatividad como entreala izquierdo, una denominación hoy en desuso que recaía sobre el número 10.

Nació en Rosario el 6 de octubre de 1921 y de pequeño desdeñó la escuela para abrazarse a la pelota de fútbol. Era el menor de nueve hermanos (seis varones y tres mujeres)y comenzó a jugar en el club Belgrano, de su ciudad natal, hasta que un delegado de San Lorenzo lo observó y le propuso viajar a Buenos Aires. Ni lo pensó. La Reina del Plata lo seducía y a los pocos días ya estaba en Boedo, con 19 años, donde el húngaro Emérico Hirsch lo mandó a entrenarse con los jugadores de primera.

Y pensar que su madre, María, lo ayudaba a escaparse a jugar los partidos sin que se enterara Benito, su papá, que no quería oír nada acerca de un hijo futbolista. Cuánta magia se hubiese perdido en el camino...

Para los tablones de avenida La Plata e Inclán era el Negro;pero la sana malicia de Colombo, un compañero suyo en San Lorenzo, lo bautizó para siempre Mamucho. Ocurrió cuando se lo comparó con Angel Labruna y Martino contestó: "Labruna juega más mucho que yo", un embrollo lingüístico que lo dotaría del sempiterno apodo.

San Lorenzo lo canonizó en 1946, cuando el equipo de Boedo consiguió el segundo título de su historia. Pero Martino ya estaba consolidado y su figura se paseaba con la camiseta del seleccionado argentino. En el Sudamericano de Chile, en 1945, Mamucho logró un gol que él mismo calificó como el más importante de su carrera. Fue el tanto de la victoria ante Uruguay y por el que fue retirado en andas por sus compañeros: eludió a tres rivales y picó la pelota por encima de Roque Máspoli. Su magia no pasó inadvertida para los ojos del mundo. Los italianos de Juventus se lo llevaron al Viejo Continente, donde en la temporada 49/50 se consagró campeón en el calcio, con el club turinés, donde jugó 33 partidos y marcó 18 goles. Vistió la camiseta del seleccionado italiano en una oportunidad y hasta se dio el gusto de participar en una película.

Tenía todo para seguir triunfando en Europa, pero la tentación llegó en forma de Boca Juniors. Lo empujaba la nostalgia y... extrañaba el hipódromo. Sí, años después diría que ésa fue una razón de importancia para emprender el regreso. Martino, entonces, volvió a jugar para Boca, pero como el torneo ya había comenzado fue cedido a Nacional, de Montevideo. Y su imán con el éxito continuó del otro lado del Río de la Plata, donde dio la vuelta olímpica con el conjunto tricolor.

A su regreso a Boca, en 1951, el club xeneize no le dio demasiado lugar y las urgencias económicas desembocaron en la venta definitiva a Nacional. Martino extrañaba Buenos Aires y sus idas y vueltas de un lado a otro lo fueron cansando. Uruguay se había encariñado con Mamucho, que jugó algunos partidos más en Cerro. Pero Martino dijo basta e hizo las valijas para afrontar en Buenos Aires su decisión de dejar el fútbol.

Si la pelota se apropió de gran parte de su corazón, algo similar hizo el tango. Su pasión por el dos por cuatro lo llevó a regentear durante 18 años el célebre local Caño 14, donde formó sociedad, entre otros, con Atilio Stampone. A pesar de que renegaba del fútbol moderno, tenía su palco donde hasta hace algunos meses alentaba a su querido San Lorenzo, club en el que además presidía la mutual de ex jugadores. Más allá de los lógicos homenajes que se esperan (el domingo los habrá en el match San Lorenzo-Estudiantes), decir que sólo el fútbol está de luto sería tapar un costado de la verdad. Porque en el universo de los magos también están cayendo lágrimas por la partida de Mamucho.

Voces del recuerdo

Amadeo Carrizo

"Uno de los más grandes número 10 que tuvo el fútbol argentino. Siento una pena muy grande. Yo lo enfrenté por primera vez en 1945, en el partido posterior a mi debut. Tenía una técnica muy depurada, un pase preciso y era un gran goleador también. Lo recuerdo como uno de los mejores de la historia."

Juan José Pizzuti

"Como jugador, fue indiscutido en una época en la que había grandes cracks. En Montevideo barrió con todo y en Italia triunfó también. Su historia deportiva es muy rica. Yo lo enfrenté siendo muy chico, cuando él estaba en el final de su trayectoria. Excelente muchacho, gran persona y gran jugador."

Roberto Telch

"No lo vi jugar, por la diferencia de edad, pero siempre iba a la cancha de San Lorenzo y sufría como un loco con el equipo. Hace unos días lo vi en el Nuevo Gasómetro y estaba lo más bien, a pesar de sus problemas, Era un hombre sencillo, siempre muy callado. Los hinchas lo van a extrañar mucho."

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