Guillermo A. Borda

El sepelio
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25 de julio de 2002  

Fuerte consternación en el mundo del Derecho produjo el fallecimiento del doctor Guillermo Antonio Borda, un reconocido jurista que, desde la cátedra, la función pública y la suprema magistratura de la Corte dejó una huella imborrable en su disciplina.

Borda había nacido en esta ciudad en 1914. Casado, tuvo tres hijos, con quienes finalizó sus días dedicándose al ejercicio de la abogacía, desde que se retiró de la actividad pública. Pero se recuerda sobre todo su brillantez en la Justicia y en la cátedra. Fue profesor de derecho civil en las universidades de Buenos Aires (UBA), Católica Argentina (UCA) y del Salvador. Era miembro de la Academia de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires.

Borda se graduó de abogado en 1937, en la UBA y se especializó en derecho civil. Allí se inició en una disciplina que él mismo terminaría por transformar. “Error de Hecho y de Derecho” fue su temprana tesis doctoral. La bibliografía se enriqueció en forma inestimable con su “Tratado de Derecho Civil”, una magnífica obra de diez tomos que se convirtió en referencia obligada tanto para estudiantes de derecho como para cualquier profesional.

Desde la función pública, como ministro de Interior (1967-1969) durante el gobierno de facto de Juan Carlos Onganía, impulsó la reforma del Código Civil, introduciendo una profunda y duradera transformación en la obra de Vélez Sarsfield, que incorporó nociones como la imprevisión, el abuso de derecho, la lesión y la función social de la propiedad.

Ya había recorrido un largo derrotero en la administración pública y en la Justicia. Se desempeñó como abogado del ferrocarril Central de Buenos Aires (1939/1945); ministro de Hacienda de San Luis (1945); secretario de Obras Públicas en la Municipalidad de Buenos Aires (1946/1949); este último año fue designado juez civil de primera instancia.

Cuando fue ascendido a vocal de la Cámara Nacional de Apelaciones Civil en 1958, se lo criticó por haberse desempeñado cerca del justicialismo. Pero su profundidad teórica, que supo conjugar con un espíritu práctico -se nota también en sus libros- y su sobrio pero fuerte sentido de la justicia basada en el derecho natural fueron la garantía para que Borda llegara a ser, como aún hoy lo recuerdan juristas de nota, uno de los mejores jueces que haya tenido el país. Y nadie olvida los debates de alto nivel jurídico que mantenía con su compañero en la Cámara Civil, Jorge Joaquín Llambías, otro jurista de la misma talla. Ocupó un sitial en la Corte Suprema entre 1966 y 1967, cuando pasó a ser ministro de Interior.

El sepelio se efectuó en la Recoleta.

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