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Cómo se salvó Perón del ataque en Caracas

El general finalmente no subió al auto Opel en el que Sorolla había colocado una bomba, que estalló; no hubo víctimas
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31 de julio de 2002  

En 1989, el coronel Héctor Cabanillas narró al autor cómo sacó del país el cuerpo de Eva Perón y lo mantuvo oculto 14 años. En el capítulo anterior, el miltar contó cómo la orden de San Pablo ayudó al Ejército en esa tarea

En 1971 Sorolla fingió ser Carlo Maggi, hermano menor de la difunta enterrada en Milán -eso ya lo he averiguado-, pero lo que ahora me interesa es confirmar por segunda vez que también fue él quien puso una bomba en el auto de Perón en Caracas. "No le diré que sí ni que no", responde con parquedad. "A veces el coronel Cabanillas hablaba de más". Al lenguaje distante y cauteloso de los años 80 lo sustituye ahora una voz segura de sí. La muerte del coronel acaso lo ha liberado de una vida que no quería y el anonimato es ya para él una elección, no un acto de servicio.

"Sí, yo fui el de la bomba", admite Sorolla. En abril de 1957, después de su escandalosa fuga, viajó de Montevideo a La Paz y de allí a Lima y Bogotá, desde donde llegó en ómnibus a Caracas. Lo primero que hizo fue presentarse ante Perón. El general se había mudado entonces a una casa de varios cuartos en El Rosal, disponía de cocineros, mucamas y guardaespaldas. Sorolla le contó la historia que el SIE había fraguado para él y Perón le dijo que simpatizaba con su caso. "He venido hasta acá para ponerme a sus órdenes, mi general", se cuadró Sorolla. "Disponga de mí para lo que sea necesario. "¿Qué sabe hacer usted, hijo, aparte de pegar buenas trompadas?", le preguntó Perón. "Soy mecánico de coches y sé limpiar armas", respondió el fugitivo. "Entonces hable con Gilaberte", le indicó el general. "Lleva ya años sirviéndome de chofer y no tiene quién lo alivie. Quédese y trabaje con él."

Sorolla era comedido, silencioso y jamás se quejaba. En pocos días ganó la confianza de los otros domésticos y empezó a tomar notas cuidadosas de las rutinas de Perón, que rara vez variaban. Según los servicios de inteligencia de los Estados Unidos, quince custodios del ex presidente argentino vivían en un edificio situado al frente de su nueva casa. Cada vez que éste salía a dar un paseo, se apostaban a lo largo de la ruta e iban indicando si los cien o doscientos metros siguientes estaban libres de peligro. Aunque es posible que el embajador argentino en Caracas -un general llamado Carlos Severo Toranzo Montero, frenético antiperonista- haya tramado alguna conjura contra el incómodo huésped de El Rosal, la misión de Sorolla se hizo en absoluto secreto y sin el menor contacto con la embajada. Perón culpó siempre a Toranzo Montero de sus desgracias venezolanas y hasta mencionó a un mercenario yugoslavo conocido como Jack, que había roto un contrato con el diplomático para asesinarlo, seducido por la lucha de Perón en favor de los oprimidos.

La historia de Jack quizá sea otro de los actos de ilusionismo con los que el general solía enriquecer su mito, y el relato de los custodios sin duda es uno de los errores habituales de la inteligencia norteamericana. Sorolla, que era escrupuloso, no vio nada de eso en Caracas. El general se levantaba todos los días a las seis, y a las siete, luego de un desayuno frugal y de una ojeada a los titulares de los diarios, se hacía llevar por Gilaberte hasta el parque Los Caobos, para una caminata de 45 minutos. Su único guardián era entonces Sorolla, que iba armado con un revólver calibre .38. Después, Perón se daba una ducha y salía rumbo a sus oficinas de la avenida Urdaneta, en el centro de la ciudad, donde se encerraba a trabajar con el mayor Pablo Vicente, que lo asistía en aquellos meses. Los cambios de horario eran mínimos: los sábados y domingos empleaba más tiempo en leer los diarios, porque el tránsito de la ciudad era fluido y llegaba al centro en quince minutos. Sorolla tenía medido cada movimiento, calculado todo percance imprevisible, estudiada hasta la más ínfima desviación de la rutina. El 22 de mayo le llegó una bomba que estallaría al calentarse el motor del Opel junto con un mensaje de Cabanillas que decía, simplemente: "D-25". Significaba que el atentado debía perpetrarse el sábado 25, aniversario de la libertad conquistada por la Argentina en 1810.

Sorolla averiguó que el general festejaría la fecha patria con un asado en El Rosal, a la misma hora en que el embajador Toranzo Montero ofrecía una recepción. Supo también que Gilaberte había comprado ya vino, carne y chorizos para cincuenta personas. No se preveía, por lo tanto, ningún desplazamiento en la rutina. Esa tarde pidió hablar con el general. "He recibido un mensaje de Buenos Aires", le dijo. "Mi madre estaba muy enferma cuando la dejé y ahora me avisan que ha entrado en agonía. Quiero ir a verla sea como sea, y le ruego que me dé permiso para salir mañana mismo." "¿Tiene dinero para irse, hijo?", le preguntó Perón. "¿Con qué documentos piensa entrar en la Argentina?". "Tengo ahorrada la plata justa para un pasaje a Montevideo", mintió Sorolla. "De ahí voy en ómnibus a Carmelo, donde algunos compañeros peronistas van a pasarme en bote hasta la costa argentina, por la noche. Es un viaje seguro, mi general. Pienso estar de vuelta en pocas semanas. Lo que yo tarde en volver no depende de mí, sino de cuánto permitirá Dios que viva mi madre."

Esa noche, Sorolla se despidió de Gilaberte y le prometió limpiar las bujías del motor. "Mañana es 25 de mayo", le dijo. "El Opel tiene que andar como una seda."

El chofer recordaría la frase al día siguiente, cuando bajó a calentar el auto para llevar al general hasta el parque Los Caobos. Entonces sucedió algo imprevisto. Perón acababa de leer en el diario que a la recepción de la embajada argentina acudirían cien personas, y decidió él también aumentar el número de sus invitados. El día anterior, su amigo Miguel Silvio Sanz -jefe de Seguridad de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y uno de los hombres más perversos del régimen- le sugirió que invitara a su inmediato superior, Pedro Estrada, un funcionario de modales aristocráticos y cultura refinada, que había organizado la más temible red de espías y asesinos de la historia de Venezuela. El general se enorgullecía de esas amistades. Si Estrada acudía a El Rosal, la carne que hemos comprado va a ser insuficiente, le dijo a Gilaberte. Antes de que salgamos para Los Caobos, vaya por más asado y más chorizos.

Esa misma mañana de sábado, antes del amanecer, Sorolla había colocado una carga poderosa en el block del motor. Tres o cuatro décadas más tarde no recordará qué tipo de explosivo era. También Cabanillas lo ha olvidado. "Era suficiente para matar a Perón, eso sí tengo claro", dirá la segunda tarde, en la oficina de la calle Venezuela. "No sé por qué fallamos. La suerte estaba del lado equivocado, como siempre sucede."

Sorolla sabía muy bien qué hacer. La rutina de Gilaberte consistía en calentar el motor durante cinco a siete minutos, salir del garaje y esperar al general, que salía de la casa dos o tres minutos más tarde. El trayecto hasta el parque les tomaba trece a quince minutos. Según sus cálculos, la bomba debía estallar cuando el vehículo estuviera en la avenida Andrés Bello, a la altura de El Bosque, no lejos del primer domicilio de Perón. Pero aquella mañana, el chofer ni siquiera se inquietó por el motor. ¿Acaso el Opel no había quedado como una seda? Lo arrancó de inmediato y salió en dirección oeste. Estacionó en la esquina de Venus y Paradero, en la parroquia de La Candelaria, a diez pasos de la carnicería. Acababa de entrar en el comercio cuando la calle se sacudió y el aire se impregnó de humo y astillas de vidrio.

De todos modos, la bomba estaba mal colocada. Sorolla la había pegado al block de tal manera que el motor saltó hacia arriba y voló destrozado, pero el asiento trasero, en el que debía ir Perón, no sufrió daños. Un par de astillas de vidrio se incrustó en las mejillas de Gilaberte. La revista Elite resumiría esa semana que las únicas víctimas del atentado fueron los tres edificios que daban a la esquina de Venus y Paradero, a los que se les rompieron todos los cristales. Y el Opel, por supuesto, que se inutilizó para siempre.

A Perón no lo inquietó el percance. Ese mediodía celebró la fiesta patria con un asado que compartieron sus amigos de Caracas. Miguel Silvio Sanz y Pedro Estrada estaban allí, por supuesto. Sorolla se enteró de todo cuando el avión en que había huido esa mañana llegó a Bogotá. Ni siquiera tuvo la fortuna de que Gilaberte o Perón sospecharan de él. En todas las declaraciones, el general atribuyó la conjura al embajador argentino y a su agregado militar. En 1970, cuando me contó en Madrid la historia de su vida, Perón seguía pensando que todos los atentados contra su vida habían sido tramados por Aramburu. Yo no conocía entonces el papel que habían jugado Cabanillas y Sorolla, pero estoy seguro de que si hubiera preguntado por ellos, el general habría respondido: ¿quiénes? El ayudante de chofer que lo sirvió en Caracas durante dos meses se esfumó rápidamente de su memoria.

"El fracaso de aquel atentado fue una de las grandes decepciones de mi vida", dice ahora el coronel, mientras deja sobre el escritorio el tercer vaso de agua que ha bebido esa tarde y se apresta a partir. "Nos llevó meses de preparación y todo se vino abajo por un ramalazo de mala suerte. La historia de la Argentina sería otra sin Perón. Era temprano todavía para que se lo viera como un mártir, y era ya tarde para que el movimiento peronista, con todos sus dirigentes presos o dispersos, pudiera unirse. He cometido pocos errores en la vida y esos pocos me duelen. Tal vez ninguno me duela tanto como no haber podido matar a Perón."

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