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La medicina simpática

Nora Bär
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22 de noviembre de 2000  

Hace un par de días, un integrante de mi familia que frecuenta con fruición librerías de viejo me sorprendió con el delicioso ensayo de Luis Gudiño Kramer -escrito hace casi 60 años-, Médicos, magos y curanderos (Emecé Editores, 1942), que pasa revista a los orígenes de la medicina rioplatense.

A la luz de la tecnificación actual, cuesta imaginar que, hace apenas más de doscientos años, la atención de los enfermos estaba en manos de un sinnúmero de personajes algo heréticos: los hechiceros, astrólogos, adivinos y magos que ocupaban el lugar del médico antes de que los jesuitas comenzaran a introducir los rudimentos de la medicina científica. Según cuenta Kramer, en esas épocas se practicaba todo tipo de ceremonias y rituales para ahuyentar a los espíritus malignos. "Los médicos y pacientes tenían una credulidad absoluta en medicinas como la triaca , el polvo de momia y el de unicornio raspado ", escribe. Tanto es así que la farmacopea de esos tiempos incluía desde yuyos, hierbas, especias, joyas pulverizadas y excrementos hasta alas de mosca, hormigas, barro y arcilla. Las piedras bezoares , que eran cálculos que se encontraban en el estómago de guanacos, llamas o vicuñas, y que se creía servían como remedio infalible para ciertas enfermedades, llegaron a convertirse en un suculento negocio. (Según la leyenda, la piedra bezoar era... ¡una lágrima cristalizada de ciervo que había sido mordido por una serpiente!) Por un lado, se creía que había que dar de comer a la enfermedad , y para ello se preparaban cataplasmas de dulce de membrillo o se aplicaban pedazos de carne cruda a heridas y quemaduras. Pero por otro se sustentaban enfoques contrarios: Don Andrés, célebre en el norte de Santa Fe, sostenía la teoría de que en enfermedades como la tuberculosis, lo que había que hacer era mermar la ración al enfermo y así debilitar al bacilo. ("Don Andrés curaba los dolores de garganta atando una media de mujer a esa parte de la anatomía del enfermo -escribe Kramer-. Vaya a saber qué relación encontraba entre las enfermedades de la garganta y las medias de mujer.") Hoy, semejantes prácticas pueden parecer dislates, pero es innegable que el brujo y el curandero tenían algo admirable: dedicaban su vida al cuidado del enfermo y entendían su tarea con el ánimo despojado de quien cumple un deber de solidaridad social. En cambio, como se dijo en el ciclo de mesas redondas del Hospital Interzonal de Agudos Eva Perón, en nuestros días, "En los hospitales, a veces la gente se muere con hambre de piel". Ya lo pintó Picasso, en su época azul: es bueno que la ciencia se alíe con la caridad .

Por: Nora Bär
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