Cómo amotinar a los niños

La historia del argentino que triunfó en México dando vuelta los códigos tradicionales en materia de espectáculos infantiles
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9 de agosto de 2002  

"Desde que me fui tuve claro que quería volver."

Dice Luis María Pescetti, el hombre que volvió al país para quedarse después de diez años de sólida carrera como autor, actor, cantante y compositor de espectáculos infantiles en México.

"En la Argentina hay una combinación entre sensibilidad e inteligencia muy estimulante. No en todos los países existe la producción que existe acá para chicos, ni siquiera en España o Italia. Pero es difícil hablar de estas cosas, porque parece que uno quiere decirle a la gente que no todo está mal, y el "todo está mal" está muy fundamentado en la Argentina. De todos modos, me acuerdo de una pintada que leí hace mucho tiempo, que decía "Tolerancia o muerte". Ese juego de la exageración es muy argentino y no deja lugar a nada en el medio: está todo bien o está todo mal. Pero acá hay cosas que funcionan bien."

Y tras los pasos de las cosas que funcionan bien, volvió. Dejó atrás un país donde es ídolo mayor de pequeños cuates y desembarcó a lo grande, acompañado por el lanzamiento de su último libro, "¡Buenísimo, Natacha!", editado por Alfaguara, un nuevo disco -"Cassette pirata", primer lanzamiento musical en la Argentina y punta de lanza de futuras ediciones para el sello Music, del Grupo Prisa-, un programa de radio - "Vampiro Negro", todos los domingos, de 13 a 14, en Radio Nacional- y un nuevo espectáculo - "Boca Sucia"-, que presentará pasado mañana en la sala A-B del Centro Cultural General San Martín y en el que despliega, una vez más, todas las formas políticamente incorrectas (y deliciosamente disfrutables) en las que pueden hacerse cosas para chicos.

"Que terminan siendo cosas para adultos, porque a los niños los llevan los adultos."

Sus espectáculos, libros y discos son capaces de arrancar gorgoritos a un nene de dos y carcajadas a señoras de cuarenta. No hay allí zapatitos que aprietan ni medias que dan calor, sino chicos locos de amor por niñas que no les dan ni cinco, maestras con bigotes y monstruos con sarampión. Pescetti incita a reproducir ruidos impresentables, se burla de las exageradas precauciones adultas contra el frío y canta trabalenguas imposibles que los chicos repiten con unción. Es, de a ratos, un showman tirano que exige a su respetable público que se ría aunque no le cause gracia y no se cansa de ser el mal ejemplo. El más terrible de la cuadra. Pescetti: el peor.

"Hay un folklore de lo que deben ser las cosas para chicos. Si es para niños, luz y color, música y movimiento. Yo soy varón, y tengo una relación de papá grandote, de oso peleador con los chicos. Les digo que no me empiecen a molestar pidiendo canciones, y eso es más o menos inusual en los espectáculos infantiles, donde se les dice: "Amiguitos, pídanme lo que quieran". Yo, en cambio, les digo que no me empiecen a molestar. Y los pibes se sacan ."

El plan B

Lo adoran por eso. Por no condescender a todos sus caprichos. En el comienzo de su espectáculo "Cassette pirata", registrado en el disco del mismo nombre, Pescetti se acerca al micrófono y, como un matón, grita:

"¡No!"

Los chicos, en malón, en contra, gritan infaliblemente:

"¡Sí!"

"Es que está en su naturaleza oponerse. Una vez me preguntaron qué era el humor para mí y dije que era la primera manera de viajar. Es como el primer libro, o el primer telescopio, o el primer boleto de viaje. Pero hoy no hay espectadores ingenuos. Cuando un chico va al teatro ya vio veinte millones de horas de televisión y cientos de obras de teatro. Es un espectador entrenado. Hay una cantidad impresionante de cosas para chicos. Hace diez años había un video, un libro, y el chico no estaba al tanto de todas las cosas de la casa. Hoy es el que más entiende de botones, el que maneja la computadora y el control remoto, y tiene un mundo del que los adultos no están al tanto. Yo juego con eso."

Dice este hombre que de chico no leía demasiado -apenas algún cuento de Andersen- y que tiene, todo para sí, el raro mérito de no haber comenzado nunca sus espectáculos con el repasado "hola, amiguitos" ni haber recurrido en el escenario a la compañía de algún ser gigante, fucsia y de peluche.

"En realidad, lo que pasó fue que cuando iba a montar el espectáculo pregunté el precio de los muñecos de peluche y estaban carísimos. Así que dije: "Plan B"."

Y ésa es la historia, el credo de la vida de Pescetti. El credo del plan B.

Musicoterapeuta de profesión, maestro por necesidad y showman por casualidad. Eso, así, sería un buen resumen de su vida.

"Me recibí de musicoterapeuta, era 1979, no había trabajo y surgió la posibilidad de trabajar como maestro de música. Le fui encontrando el gusto mientras de noche hacía espectáculos para adultos en cafés concert. Digamos que la vocación golpeó a mi puerta, pero preguntaba por otro. Siempre me gustaron la escena y escribir. Pero nunca había pensado en el público infantil. Hasta que me invitaron a hacer mi show para adultos en el teatro Acapulco, de La Habana, y tuve que actuar más tiempo del que tenía previsto y se me acabó el espectáculo. La única otra cosa que sabía hacer eran unos juegos de campamento que hacía con los chicos, en la escuela. Dos mil trescientas personas y yo haciendo juegos de campamento. Y se murieron de risa. Yo fui el primer sorprendido."

En 1989, cuando se mudó a México después de perder el empleo en el Plan Nacional de Lectura, desbaratado después del gobierno de Alfonsín, sus espectáculos viraron hacia lo infantil, y dentro de lo infantil hacia lo absurdo. Por poner un ejemplo, "Angelina", un tema de "Cassette pirata" -el disco- cuenta la historia de un niño loco de amor por una nena, Angelina, que se cae al agua. El nene, en vez de rescatarla, la mira desde la orilla y canta: "Se cayó con tanta gracia, con donaire y elegancia/ cada gesto de "¡Auxilio!" era algo digno de ver/. Prendado por su belleza quedé absorto, sin reacción/, no quise interrumpir esa sublime visión". La historia no termina bien.

"Me interesa romper con el estereotipo de niño frágil e inocente, porque son mucho más fuertes de lo que uno cree. Me interesa llamar la atención sobre esa fuerza que hay en ellos y establecer una relación más realista, ponerme a jugar con una pelea y que la convención de nuestra comunicación sea, en vez de "hola, queridos amiguitos", una pelea. Rompe una estética y uno se relaciona sin careta y el chico no tiene que estar traducido, que es una cosa que agota y una de las razones por las que estar fuera del país cansa: hay que traducir ya no del alemán al español, sino de una cultura a la otra, y uno se cansa de traducir y de vivir traducido. Por lo general, a los chicos se los hace vivir muchísimo en traducido. Y eso es agotador."

Libros y radio

Este mes viajará para presentar su nuevo libro, "¡Buenísimo, Natacha!", en México, protagonizado por una nena que le saca canas verdes a su mamá. Dueña de un perro al que llama el Rafles, Natacha monta con su amiga Pati un servicio de redacción de cartas de amor y, dice Pescetti, más allá de algunos ajustes en el slang, el libro funciona igual de bien con chicos mexicanos o porteños.

"La diferencia es mayor entre un chico de una ciudad y uno del campo, aunque sean del mismo país, que entre un chico porteño y uno del DF. La gente está convencida de que el chico de Buenos Aires es un chico acelerado, un adolescente temprano que parece refractario a cualquier cosa infantil, y no es cierto. El problema es que no hay una oferta para sus matices. Un nene que sólo se engancha con cosas para adolescentes no tiene nada que le alimente sus cosas de pibe. Si una campera que te compraste te queda muy grande es probable que la tengas porque era la única que había y no porque vos no te hayas dado cuenta de que tu brazo quedaba muchísimo más corto que la manga."

"Si los chicos saltan del elefante Trompita a Bandana o los Backstreet Boys -dice Pescetti- es porque el mercado, en el medio, no sabe no contesta. Y el mercado -dice Pescetti- es un caballero con el que hay que tener cuidado si de chicos se trata."

"Si uno escucha sólo la campana de los chicos termina escribiendo cosas efectistas, que los hagan reírse y reaccionar a cada rato. Hay que poner de todo, cosas que enganchen, cosas que no tanto, y a veces cosas que los aburran, porque uno también quiere decir esas cosas."

El domingo pasado, Pescetti le puso voz a su nuevo programa de radio en la Argentina. "Vampiro negro", se llama, y va en vivo por Radio Nacional, todos los domingos, de 13 a 14. "La radio es bárbara. Es una novela que se va corrigiendo a sí misma. La gente llama y dice: "Ey, ¿por qué no pasa tal canción?". Al novelista no lo llaman para decirle: "Dígame, ¿por qué mató a tal personaje?". "Vampiro negro" es una semblanza de música infantil de distintas partes del mundo, que puede saltar del rap al rock y de ahí al jazz y la música clásica. La idea es decirles a los chicos: "Hay cosas que te pueden gustar que ni conocés. Seguí, no te quedes. Si te quedás quedate porque elegiste quedarte, no porque no supiste". Más de una vez me preguntan: "¿No se aburren los chicos a veces con su programa?" Y la respuesta es: "Sí, ¿y?" Qué importa que se aburran cinco minutos si el rédito es que escuchan algo que de otro modo no iban a escuchar nunca. Cuando uno hace cosas para chicos no tiene que estar pendiente del rating, porque si el rating es la única brújula va a terminar haciendo una bazofia."

Hablando con mamá

Fragmentos de "El campamento", canción incluida en el disco "Vampiro negro".

"Hola mamá te estoy llamando de

muy lejos,

ya llegué al campamento

no me hables que es muy caro, por

favor.

Nunca me baño y la casa de

campaña huele a peste

que los moscos se mueren al entrar.

Mis pantalones ya se paran y caminan

y si vieras mis calzones, son como un

arma nuclear.

El comedor del campamento está

negro

y los cacharros tienen grasa de otros

grupos

que pasaron por aquí.

Pero los baños, eso sí que es

sorprendente,

uno siente, de repente, que si entra

va a morir.

(...)

Como te digo, esto es bien padre,

paso frío,

toda mi ropa está húmeda y perdí mi

sleeping bag.

Las excursiones son geniales y es

probable

que si encuentran al perdido

regresemos pronto allá.

¡Chau, mamá!"

Historia con premios

También escribe novelas para adultos

Nació en San José, Santa Fe, en 1958. Es miembro fundador del Movimiento de la Canción Infantil Latinoamericana y del Caribe. Grabó los discos "Vampiro negro" y "Cassette pirata". Escribió "Natacha", "Frin", "El pulpo está crudo", "Caperucita, tal como se lo contaron a Jorge" y "¡Buenísimo, Natacha!", publicados por Alfaguara. "Caperucita..." y "Frin" recibieron el premio The White Ravens (en 1998 y 2001, otorgado por la Internationale Jugendbibliothek). Es autor de la novela para adultos "El ciudadano de mis zapatos" (Premio Casa de las Américas 1997). Escribió "La vida y otros síntomas" con Rudy; "Copyright, plagios literarios y poder político al desnudo", con Jorge Marona, y es responsable de "La Mona Risa", antología de relatos de humor. Actualmente escribe otra novela para adultos y un libro de relatos de viaje con Rudy, "Con lo bien que estábamos en casa".

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