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Las raíces de la identidad nacional

La memoria de los ancestros tuvo su espacio en el ex Desembarcadero y Hotel de Inmigrantes
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27 de noviembre de 2000  

El 20 por ciento de los argentinos, según una reciente encuesta de Gallup, se quiere ir del país. Importantes diarios, como The New York Times, reflejan esta realidad y dicen que crecen, día tras día, las colas en las embajadas de Italia, España y los Estados Unidos.

El dato, duro de por sí, golpea con más fuerza cuando se lo confronta con números de hace 90 años, cuando los inmigrantes que llegaban al puerto de Buenos Aires, con la esperanza de un porvenir ilimitado, se contaban por millones.

Qué pasó en estas nueve décadas es algo que sociólogos, politólogos y analistas de toda clase no terminan de develar, pero hay una clave para situarse en la piel de aquellos hombres y mujeres esperanzados que se bajaron de los barcos y dieron el puntapié definitivo a la Argentina moderna.

Esa claveestuvoen el Desembarcadero y Hotel de Inmigrantes, el aspecto sin duda más logrado, y también menos difundido, de la 17» edición de Casa FOA, la muestra de diseño y decoración más importante del Cono Sur -meritoria iniciativa de la Fundación Oftalmológica Argentina-, que después de recibir durante dos meses a 100.000 personas cerró ayer sus puertas en laDársena Norte.

Ciertamente, la Argentina tuvo una clase dirigente y un proyecto de país. "Gobernar es poblar", dijo Alberdi.

Un extensa y rica nación requería de muchas manos para hacerla crecer. Por eso, desde los tiempos de la Organización Nacional se había estimulado la inmigración, que tuvo su mayor impulso a partir de la promulgación de la ley 817, de 1876.

Esta legislación intentaba atender a los inmigrantes desde el reclutamiento en los lugares de origen, la recepción, el alojamiento temporario, la colocación laboral, el registro y la asistencia alimentaria y de salud, lo cual significó toda una política de Estado, que fue concurrente con la consigna sarmientina de "educar al soberano".

El clima logrado en el ex Desembarcadero, que actualmente pertenece a la Armada Argentina, así como en la Calle Histórica -por donde transitaban los recién llegados, que se alojarían temporariamente en el Hotel de Inmigrantes- y la puesta en escena de los ambientes del edificio inaugurado por Roque Sáenz Peña en 1912,evocaron una Argentina hoy virtualmente inasible, la del progreso infinito.

"Estaba todo organizado; nosotros no hacíamos nada por nosotros mismos; todo estaba programado. La recepción fue muy buena. Parecía que los argentinos querían que nosotros viniéramos",decía, a poco de ingresar,la voz en off de Anatolio Yasiuk, un inmigrante polaco.

Todos los testimoniosallí presentados fueronconmovedores. Lo mismo que las gigantografías en sepia que tapizaban las paredes de los distintos ambientes y mostraban a los inmigrantes desembarcado, o en un comedor que servía tres turnos diarios de 700 personas cada uno, o esperando su momento para informarse o para buscar empleo. Porque uno de losservicios más importantes que ofrecía el Hotel de Inmigrantes era la colocación laboral y la instrucción básica de algunos oficios.

El extranjero disponía dediversos mediospara familiarizarse con su nuevo hogar: salas de lectura, grandes mapas de la República y sus provincias, libros descriptivos de la riqueza nacional, exposición de máquinas agrícolas para su aprendizaje, charlas y proyecciones en la sala de conferencias, cursos de idioma y clases de adiestramiento para el uso de máquinas aplicables a la economía doméstica. Todo estose podía leer en los frisos descriptivos a lo largo del recorrido.

La comparación con el presente es inevitable, cuando se piensa en los miles de inmigrantes de países limítrofes y de países tan extraños a nuestra cultura como Corea, China, Taiwan, Ucrania o Croacia, que ingresan anualmente para quedarse, en forma legal o ilegal, sin que los contenga o asista política inmigratoria alguna, y moviéndose a fuerza de coraje en una sociedad que hoy resulta no poco hostil hasta para con sus hijos nativos.

La muestra histórica de Casa FOA, emplazada en un predio que fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1990, se basó en un exhaustivo trabajo de investigaciónrealizado por la historiadora Virginia Agote, con el asesoramiento del profesor Jorge Ochoa de Eguilor yde Jorge Luis Farjat.

Se completó con la exposición "Buenos Aires, 1910, memorias del porvenir", patrocinada por la Fundación IRSA, donde se destacó -con objetos e imágenes provenientes de más de 30 archivos públicos y privados- la riqueza y el poderío de una ciudad en el momento culminante de su historia moderna, a principios del siglo XX.

Todo elrecorrido tuvo un valor pedagógico, de rescate de nuestro pasado y de nuestra identidad nacional, y un ansia de indagación acerca de la vocación, ahora bastante esfumada,de un país que en otros tiempos supo dar"por sus virtuosas leyes,hogar a todos los humanos", en versos deRubén Darío.

En tiempos en que los argentinos pareceríamos estarperversamente obstinados en la autodenigración, bien valesubrayar el valor y la calidad de lo que Casa FOA y sus colaboradoreslograron con esta muestra.

Nacimiento de un nuevo país

Desde 1857, y especialmente desde la promulgación de la ley 817, en octubre de 1876, llamada de inmigración y colonización, hasta 1920, la Argentina fue el segundo país de América que más inmigrantes recibió. Sólo fue superada por los Estados Unidos.

Tan fuerte y variado fue el volumen inmigratorio que marcó indeleblemente la realidad actual del país, influyendo en las características de su población y, según distintos estudiosos, en las fuertes y perdurables dificultades para su integración.

Dos nacionalidades se destacan numéricamente en este torbellino inmigratorio: la española y la italiana. De los 5.481.276 inmigrantes llegados en ese período, 2.341.126 eran italianos y 1.602.752, españoles. En orden decreciente les siguieron los franceses, los rusos, los suizos, los portugueses, los belgas y los holandeses.

El 6,4% restante está representado por otras nacionalidades en volúmenes inferiores al 0,10% de esa primera gran oleada inmigratoria.

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