Andrea Lucchesini, un gran pianista

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29 de agosto de 2002  

Recital de Andrea Lucchesini, piano. Beethoven: Sonata N°29, Op.106, "Hammerklavier"; Chopin: Preludios, op.28. Nuova Harmonia. Teatro Coliseo.

Nuestra opinión: Muy bueno

Cualquier pianista que toque en un nivel aceptable la "Hammerklavier" tiene garantizado el mayor respeto. Pero, al mismo tiempo, para poder acceder a los niveles de la admiración profunda hay que agregar, por arriba de todas las notas, de los más furibundos acordes y de los trinos más endemoniados, algún tipo de coherencia, una homogeneidad estilística y cierta lectura que se ajuste a una estética apropiada. Dicho de otro modo, Andrea Lucchesini es un gran pianista, poseedor de una técnica impresionante y, por lo demostrado en la segunda parte, con los Preludios de Chopin, un gran músico. En la "Hammerklavier" hubo perfecciones prodigiosas, pero que carecieron de una lectura unívoca y convincente.

Hubo demasiados claros en el Coliseo para recibir a este artista italiano que viene desarrollando una carrera brillante que incluye, tal como fue señalado en LA NACION, la integral de las sonatas para piano de Beethoven. En este sentido, la elección para abrir el recital con la Sonata N°29 de Beethoven era una invitación para poder cotejar sus interpretaciones con las que dejó Barenboim hace pocas semanas. Claro que el antecedente, por historia y por marco general, aparecían como demasiado gravosas para Lucchesini. Sin embargo, independientemente de los recuerdos que todavía siguen flotando en la memoria y de las comparaciones implícitas que de ellos pueden desprenderse, las lecturas del italiano dejaron planteadas algunas dudas que no provienen de ninguna confrontación.

Las enormes manos de Lucchesini arrancaron con los acordes iniciales de la "Hammerklavier" a pura potencia, como corresponde. Pero, inmediatamente, en la presentación del primer tema, entremezcló galanuras, un tanto anticuadas para una obra de esta envergadura y concepción, con fraseos demasiado románticos y rubatos exagerados. Por lo demás, la furia anunciada dio paso a ciertos cuidados que, en realidad, son parte esencial del discurso beethoveniano, un amante de los exabruptos rítmicos, de los procedimientos armónicos más inusuales y de cambios texturales y de registros que deben ser ejecutados sin anestesia. Tampoco pareció pertinente el recato de hacer funcionar a la mano izquierda como acompañamiento casi perpetuo de la mano derecha. En una sonata tan compleja, extraña y anormal como ésta, hay que encontrar, en cada pasaje, el balance justo entre los que tienen un claro protagonista y aquellos cuyos resultados deben ser la suma de varias y disímiles ideas simultáneas.

Tampoco lo ayudó el piano o la acústica del Coliseo o la humedad de este martes pegajoso. Sea cual fuere la causa, el piano sonó destemplado, con sus dos octavas más agudas particularmente penetrantes y sin resonancia. Con todo, y mucho más de estas consideraciones, es necesario recordar que Lucchesini tocó absolutamente todas las notas, tarea ciertamente de dificultad superior, con una solvencia técnica apabullante. Después de todo, hasta los más grandes artistas encuentran cierta ajenidad o extrañeza en algunos terrenos. En sentido contrario, con Chopin y sus Preludios, se sintió como el dueño de casa y pudo demostrar su inmensa capacidad musical.

Mucho más suelto, sabiendo perfectamente qué quería hacer con cada una de estas microescenas, que son cada uno de los veinticuatro preludios, Lucchesini presentó una interpretación estupenda, personalísima y contundente de una obra de enorme dificultad técnica y que requiere de un enorme esfuerzo de comprensión y disposición mental para pasar del mundo tan particular de cada uno de los preludios a otro absolutamente diferente en lapsos sumamente breves. Al mismo tiempo, labores que sólo producen los grandes músicos, la obra no fue un mosaico de veinticuatro piezas independientes y sucesivas sino un amplio ciclo de unidad invulnerable. Con distintos tipos de toques y colores, la poesía dio paso al virtuosismo, los cantos lentos a los pasajes más endemoniados y, en definitiva, hasta el piano pareció otro.

Fuera de programa, Lucchesini interpretó el primer movimiento de la Sonata "Claro de luna", de Beethoven, nuevamente con aproximaciones discutibles, y una Sonata en Sol mayor de Domenico Scarlatti, una miniatura en la cual exhibió todas sus dotes de notable virtuoso del teclado, aunque también un exquisito refinamiento, cierto humor y mucha musicalidad.

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