Brillante puesta de "Alceste"

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10 de septiembre de 2002  

Drama lírico "Alceste" , de Christoph Willibald von Gluck, sobre libreto de Ranieri de Calzabigi, basado en "Eurípides", versión con texto en francés del Barón F Le Blanc du Roullet. Elenco: Virginia Correa Dupuy, Gustavo López Manzitti, Fernando Núñez, Enrique Gibert Mellá, Leonardo Estévez, Clodomiro Form y Puig, Alejandro Di Nardo, Alberto Jáuregui Lorda y María Rosa Hourbeigt. Escenografía: Milan David. Director escénico: Roberto Aguirre. Vestuarios: Horacio Pigozzi. Iluminación: Nicolás Trovato. Coreografía: Omar Saravia y Ballet Estable. Dramaturgia: Daniel Suárez Marzal. Director del Coro Estable: Eduviges Picone. Orquesta Estable. Director de orquesta y concertador: Carlos López Puccio. Teatro Argentino de La Plata. Próxima función: hoy, a las 20.30.

Nuestra opinión: excelente

Tuvo muy alta calidad la versión de "Alceste", de Gluck, en el Teatro Argentino de La Plata y, teniendo en cuenta las dificultades propias de la obra y la novedad que significa para nuestros país montar una creación del notable compositor, se trata de un acontecimiento trascendente, acaso de los mejores llevados a cabo por elencos nacionales.

Varios aspectos convergieron para el éxito. En primerísimo lugar la excelencia lograda por Carlos López Puccio en la preparación de la orquesta y de todos los factores relacionados con la faz musical. Fue una verdadera concertación general desde el trabajo inicial de los ensayos, en el criterio de unidad impuesto a las escenas de ballet y a toda la intervención del coro, que es realmente protagónico.

En este sentido el músico argentino contó con la superlativa labor de Eduviges Picone como directora del coro, pero que además es una maestra preparadora de fuste.

Todos los integrantes reiteraron una vez más que pertenecen a una de las mejores agrupaciones del país, no sólo por su ductilidad y equilibrio sonoro entre las diferentes voces, sino también por el entusiasmo que emana de su actuación y su palpable contracción al trabajo, que incluye la participación como verdaderos actores para el bien de la puesta escénica.

Claro está que fue López Puccio el responsable mayor del triunfo. Porque dio en la tecla con el estilo gluckiano, con una tendencia a no dejarse influir por cierta tradición que concibe su música almibarada y lánguida. Remarcó precisamente los ideales del autor, escritos en el prefacio de esta obra, en el sentido del equilibrio de la música y el texto, la importancia de los pasajes corales y de la danza formando parte del contenido del drama.

Voces según personajes

Otro factor que habla de la autoridad musical de Carlos López Puccio se trasunta en la elección del elenco que actuó en esta primera representación, porque se logró buen rendimiento en aspectos a veces dejados de lado, como el carácter de las voces según los roles, la claridad de la dicción, hacer predominar el cómo encarar los pasajes musicales más comprometidos por sobre las cualidades canoras. Bien se sabe a estas alturas de la historia de la ópera que es más valioso hacer música antes que exhibir sonidos exultantes, huecos y aparatosos.

Por eso fue la distinguida mezzosoprano Virginia Correa Dupuy una muy buena protagonista, porque encaró su actuación a partir de un canto noble, sin efectismos y buscando respetar las inflexiones de las palabras. Es cierto que Gluck creó un personaje protagónico extenuante por las exigencias de un registro amplio, tanto en la zona aguda como en la grave, y realmente largo en tiempo real de canto. Probablemente, uno de los factores que han contribuido a que "Alceste" no pueda ser ofrecida con mayor regularidad en el mundo.

Del mismo modo, en cuanto a las dificultades vocales, acontece con el personaje de Admeto, el rey esposo de la protagonista, que vive el drama de saber que, por amor, ella debe ofrecer su vida a los dioses. El personaje fue asumido por el tenor Gustavo López Manzitti con valentía, arrojo, sin escatimar predisposición para resolver los problemas que impone una tesitura excesivamente alta para todo tenor, aun para los más consagrados.

Fernando Núñez fue un buen Evandro, en tanto que cumplieron con absoluta dignidad vocal y actoral Enrique Gibert Mella, como el gran sacerdote de Apolo y Hércules; Leonardo Estévez, como el Heraldo; Clodomiro Form y Puig, como Apolo, y Alejandro Di Nardo como el Oráculo y Tanatos, y María Rosa Hourbeigt como mujer.

También fueron destacadas las intervenciones bien timbradas de los coreutas en partes solistas, sobresaliendo notablemente por poseer una voz admirable y exquisita musicalidad, la soprano Soledad de la Rosa.

Puesta sugerente

En relación con el espectáculo visual, cabe señalar la riqueza de ideas, originalidad y economía de medios que trasuntó el montaje a partir de un dispositivo muy bien pensado por el escenógrafo checo Milan David, y por el apoyo técnico brindado por el sector a cargo de Juan Carlos Greco, la excelencia coreográfica para los bailarines del cuerpo, que cuenta con la solvencia de un director de la talla de Oscar Araiz y de los figurantes.

En líneas generales, la visión de un pasado remoto y a la vez mitológico y la fantasía de una acción en las puertas del infierno donde Apolo se hace presente ordenando que el mundo de tinieblas retroceda para que reine el amor, permite una libertad de creación infinita. De ahí que las ideas de movimientos, actitudes del pueblo y forma de llevarse a cabo el rito de las creencias y el comportamiento de los personajes quedan librados al criterio estético de los responsables, en este caso de un equipo que trabajó sobre la base de un concepto unificado.

Riqueza coreográfica

Fueron muy sugerentes y plásticamente interesantes los dos primeros actos, donde las tonalidades de la luz y del vestuario contribuyeron a plasmar un espectáculo atractivo y refinado, todo apuntalado por una riqueza de ideas admirable en la coreografía de la danza para personajes que, fieles a aquellos principios de Gluck, no son un agregado decorativo sino una parte fundamental de la acción.

Acaso se puede, hilando fino, no compartir totalmente el último acto, algo más recargado por la mayor cantidad de elementos (la estructura luminotécnica del escenario que generalmente es poco grata) y la quietud y disminución de aquel efecto de elegancia y volatilidad que se obtuvo en las escenas anteriores.

De todos modo, más allá de este aspecto de orden plástico, se vio y se escuchó en La Plata un espectáculo de teatro musical digno de figurar entre los mejores de la actual temporada, hecho posible por el talento, empuje y la pasión que pone Daniel Suárez Marzal para hacer, aun en las actuales circunstancias de carencias y zozobras.

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