Problemas del siglo XXI

En su nueva novela Puerto Apache (Sudamericana), el autor de La máquina de escribir pinta la mezcla de delincuencia y corrupción en la que se mueven los habitantes de los asentamientos, ex miembros de la clase media convertidos en villeros ilustrados
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22 de septiembre de 2002  

"El insulto llegó en lengua desconocida. Vitriólico, indudable. Era un día de invierno vulgar y silvestre en Buenos Aires -cuenta Juan Martini- y estábamos con mi mujer tomando un cafecito en Puerto Madero. Llovía. Por esas veredas que están entre el agua y las terrazas pasaban pibitos. Limosneros. Eran muy rubios, bandas, grupitos que iban pasando y cada tanto, cuando los mozos y la seguridad de los bares se descuidaban, subían a las terrazas y pedían en las mesas. Y vi de qué manera actuaban los mozos y la seguridad: los van rodeando, sin tocarlos, y los van como empujando para obligarlos a bajar, pero no los tocan. Y los pibes los van insultando, pero tampoco los tocan. Entonces -dice Martini en su departamento del Botánico, roble de eslavonia en el piso, perfectas, prolijas y varias bibliotecas- llegó el insulto. Era una nena."

Así -ahí- llegó la primera idea de su última novela, Puerto Apache (Sudamericana). "Era una nena de once años que insultaba de una manera tan alevosa, en no me preguntes qué lengua, al tipo que la echaba, con una furia, como diciéndole `pero ¿quién te creés que sos para echarme de esa manera?´ En esa escena absolutamente cotidiana en Buenos Aires, hace ya unos años, tuve el germen de esta novela que, si se hubiera leído hace dos años, cuando empecé a escribirla, podría aparecer hoy como una novela anticipatoria. Porque... ¿a quién se le iba a ocurrir? Si la Rata ha resistido a esa debacle de diciembre es porque ha percibido algo... algo que en aquel momento iba en camino."

Entre dos mundos

La Rata no se llama la Rata, sino Pablo. Pero todos le dicen Rata. Y los que no, le dicen gorrión, nene, pichón, Ratita. Si los protagonistas de las dos novelas anteriores de Martini ( El autor intelectual y La máquina de escribir ) eran escritores, éste es un varón cruel de a ratos pero siempre noble, veintinueve años, loco de amor por una mujer que no es la suya, padre de un par de críos con otra, hijo de un padre oscuro y de una madrecita buena pero enferma que vive en Rosario.

El asentamiento donde vive la Rata se llama Puerto Apache y está frente a Puerto Madero, en el lomo de la Reserva Ecológica de Costanera Sur, frente al lujoso reflejo del Dique 4. Allí, en la orilla opuesta a los docks del puerto, una noche de otoño del año 2000, la Rata y otras veinte personas tomaron la tierra. ("Entramos acá porque la gente necesita un lugar donde vivir. Somos legales, nosotros. Tenemos fulerías, como todo el mundo, y por necesidad. Pero somos legales", afirman).

Las fulerías de la Rata incluyen pasar pedidos de sustancias duras en un código que no deja rastros, entre el dueño de un restaurante de Palermo -el Pájaro- y el de un almacén de ramos bien particulares. Además, está loco perdido por Maru, una belleza que conoció a los 17 y por la que muere desde entonces. Ahí las cosas se enredan: Maru es amante de la Rata pero algo así como la preferida del Pájaro. La Rata vive con Jennifer, una brava con la que tiene un par de críos. Mientras Jennifer lava ropitas pobres en Puerto Apache sin un ápice de sumisión, la Rata se escapa al dúplex de Maru en Puerto Madero a darse atracones de sábanas de lino y de la mujer que más quiere en el mundo, pero que no es ni la mitad de lo buena que parece.

El tampoco es sublime. Puede entrar porque sí a un departamento y cometer destrozos porque le dio la gana, o negarle una moneda a un chico de la calle pero, en cambio, ofrecerle un cigarrillo. La rara Rata: sabe dónde quedan las islas Fidji, aprecia el cine, usa celular, tiene auto, ahorra fuerte. Sus compañeros le dicen "villero ilustrado". ¿Cómo se hace para que un personaje así resulte creíble? Vive en un asentamiento pero sabe quién es Berni o Versace, dónde quedan las islas Fidji...

"Este personaje no tiene nada de sofisticado -explica Martini-. La televisión ha abierto los lugares más recónditos a un público amplio, pertenezca al nivel al que pertenezca. Este personaje se entera de las cosas por la calle y por la televisión. Vive en uno de estos nuevos asentamientos que se están estableciendo en Buenos Aires, pero tiene una conexión laboral con un sector de mucho desarrollo como es la gastronomía, ligada a barrios de moda. La Rata es como una marioneta de lo que sucede. Por ejemplo, lo están matando a golpes, y se da cuenta de que, según lo que diga, zafa o lo matan. Pero no sabe qué tiene que decir."

Tampoco sabe por qué le pegan. Ni quién manda a los que le pegan. En periplos que lo llevan de Palermo a Plaza Italia y a San Telmo, del restaurante del Pájaro a hoteles de pasajeros, este antihéroe del bajo fondo, enredado en amor y mafia, descubre qué hilos lo mueven. Pero eso le llevará la novela entera, dos escenas de sexo, varias de sangre, una visita al corpulento almacén de un dealer , noches sin dormir, peregrinajes al nido de un amor esquivo y altiplano, un viaje a Rosario para robarle diez mil dólares a su santa madre querida, una sórdida vigilia junto al lecho de su padre.

"Desde el punto de vista de la escritura, la operación más complicada fue darle a este personaje una voz propia y verosímil, una voz capaz de contar la totalidad de esta historia, capaz de hacer reflexiones que no sean cultas pero que dejen percibir cómo la corrupción y la política se van metiendo en Puerto Apache -comenta el novelista-. La Rata es un tipo de la calle pero un tipo con cierta obsesión por las palabras. Un tipo que quiere escribir algo pero no quiere ser Borges ni Macedonio ni Rodolfo Walsh. El quiere escribir el graffitti que escribió su amigo Cúper." Ese graffitti , que adorna la entrada Oeste del asentamiento, dice así: "Somos un problema del siglo XXI".

La vida a dos aguas

"Hace cuatro o cinco años que la miseria se ha convertido en cartonera -dice Martini-. Creo que lo que mucha buena conciencia no termina de digerir es cómo nos hemos convertido en esto. Me pareció interesante trabajar con ese asentamiento instalado justo frente a Puerto Madero, uno de los lugares emblemáticos de la reconversión de Buenos Aires producida en los años 90. En un momento tan crítico, tan demoledor, los escritores no nos podemos hacer los distraídos. A mí se me mete la realidad por todos lados desde hace dos o tres libros."

La Rata vive entre dos mundos. No es el peor el de Puerto Apache. El Puerto tiene un Palacio, donde se reúne la Primera Junta y allí vive, también, el padre de la Rata: un jefe de jefes, proxeneta retirado, por el que la Rata destila rencores minuciosos. En ese Palacio funciona, también, un hotel prostibulario. Parte del dinero que produce el hotel sirve para darles de comer a los que no tienen nada.

"Hay una ilusión un poco utópica de darle a ese asentamiento una forma de hacer las cosas un poco más justas y autónomas -afirma Martini-. Lejos de toda ingenuidad, lo que no quería era plantear la cuestión de estos nuevos asentamientos en figuras de criminales o delincuentes pesados. En esta novela los que caen del sistema ya no son personas de las clases sociales más humildes, sino la clase media deteriorada. Son personas que se vinieron abajo. Cayeron."

Y antes del final estaba esto, el eslabón perdido entre todo lo que ya no es y lo que puede ser peor. Un limbo donde suena el entusiasmo zumbón y deportivo de las canciones de Gilda. "No fue tan sencillo encontrar la música de fondo -cuenta Martini-. Primero pensé en Sandro. Después, en Rodrigo. Pero Rodrigo fue una gran decepción, porque más allá de su transmisión en vivo de una relación muy intensa con el público, no pasaba mucho. Cuando llegué a Gilda fue distinto... hay algo raro, feminista, no hay nada de sumisión en esas letras."

Llegó la televisión

Toti, un travesti a quien la Rata quiere con grandeza, dice que cuando Puerto Madero se llene, como la Recoleta, de prostitutas y ladrones, los bacanes "van a hacer lo que hacen siempre. Se van a ir. Los que ya están hechos se van a ir a Miami. Y los que todavía tengan cuentas por cobrar, laburos negros, estafas pendientes, se van a ir a barrios privados, a ciudades privadas, a palacios con murallas, ejércitos de seguridad. Cuando terminen de afanar, cuando ya no quede nada, nada de nada, entonces ellos también se van a ir".

"Los negocios prostibularios y los de la droga están tramados sobre una red social y política que está fuera de Puerto Apache -sostiene Martini-. No es casual que los personajes elijan un lugar aislado y que intenten darse una organización progresista. Hay en la mente de quienes imaginan esta ocupación la idea de armar algo un poco más justo, a salvo de lo que se está cayendo a pedazos."

Y tan justo y llamativo es Puerto Apache que un día llega la televisión. Allí, entre productores que intentan entender las reglas del juego, una conductora que pregunta una y otra vez lo que no debe y un arreglo económico entre las partes, la Rata esparce una mirada nada inocente: "Graban todo: casas, ventanitas, bicicletas viejas, caras de pibes, de mujeres. Canillas públicas, charcos, un Peugeot 403 blanco descascarado, con una rueda pinchada frente al barcito de López".

Dos semanas después los habitantes de Puerto Apache se reúnen a ver el programa y se dan cuenta de que nadie aparece más de un minuto, de que mientras uno habla, aparece la cara de un chico rubio, un caballo, una canilla que gotea, un Peugeot 403 blanco. Uno pregunta cómo hacen eso. Y otro le contesta que eso -cortar, mezclar, borrar, superponer, cambiar- se llama editar . "Ah -dice el que preguntó-. Así que somos una edición."

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