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"Tumberos", con calidad y mucho rating

Marcelo Stiletano
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16 de octubre de 2002  

"Tumberos", miniserie dramática presentada por Ideas del Sur y América TV. Dirección: Israel Adrián Caetano. Producción general: Sebastián Ortega. Realización general: Marcelo Tinelli. Idea original: Ortega-Caetano-Tinelli. Autores: Caetano y Alejandro Maci. Producción ejecutiva: Pablo Culell. Dirección de fotografía: Julián Apezteguía. Elenco: Germán Palacios, Carlos Belloso, Belén Blanco, Roly Serrano, Daniel Kuzniecka, Diego Alonso, Alejandro Fiore, Adriana Salonia, Carlos Roffé, Daniel Valenzuela, Agostina Lage. Por América, los lunes a las 23.

Nuestra opinión: muy bueno.

Como el bar al que llega Freddy en busca de un destino mejor en "Bolivia" o la escenografía bonaerense con que se topa el personaje de Julio Chávez en "Un oso rojo", la prisión de "Tumberos" es un mundo que se sostiene sobre un equilibrio precario, tan inestable que un mínimo desplazamiento alcanzaría para desmoronarlo por completo.

Ese universo sórdido, incómodo y de pegajosa suciedad se sostiene sobre bases tan débiles como el ánimo de Ulises Parodi, que ni bien traspasa la primera puerta con barrotes ya comienza a perder su atildado aspecto de abogado acostumbrado a las luces, al éxito y a las causas resonantes con repercusión mediática.

Parodi está otra vez en la primera plana de los diarios, pero ésta lejos de cualquier elogio para su destreza en cuestiones de derecho penal. Ahora su imagen es la de un hombre derrotado, custodiado con celo excesivo por hombres de uniforme y confinado, después de una sinuosa gestión, en un cochambroso y minúsculo espacio que sólo a partir de una mueca de humor puede ser identificado como "sector VIP".

Acusado por un asesinato que se empeña en negar, Parodi trata de sostener sus convicciones y confía en que afuera, como siempre, habrá quien se las ingenie para sacarlo de esa emergencia. Hasta que vemos, junto a él, que su socio luce escasamente dispuesto a ayudarlo y que queda a merced de un micromundo cuyas amenazas intuye en cada mirada o en el gesto socarrón de quienes deben garantizar su seguridad.

Apenas sostenido (como Chávez, en "Un oso rojo", por el amor hacia su pequeña hija), Parodi se encuentra literal y simbólicamente casi desnudo frente a Willy, amo y señor del lugar, que como si fuera poco le recuerda con la mayor crudeza posible que si está allí fue por obra de sus buenos oficios de letrado.

Bien podría decirse que el primer encuentro entre Parodi y Willy, con el que se cierra el capítulo inicial, constituye a la vez el verdadero comienzo de "Tumberos". A partir de aquí seguramente se pondrán en juego, con los protagonistas frente a frente, los distintos modos de sobrevivir que enfrentan, como si se tratara de un destino inevitable, aquellos a los que les ha tocado en suerte habitar ese infierno ubicado en las márgenes.

Si por un lado es cierto que habrá que esperar para que este enfrentamiento -que indiscutiblemente está en el centro del relato- se desenvuelva en toda su magnitud, por otro hay que reconocer que Caetano sembró a lo largo del capítulo inicial la mayoría de las pistas y de los indicios con los que se propone construir una historia que se vislumbra más que prometedora.

Lejos del documental

En el momento en que el camión celular que traslada a Parodi ingresa en el penal y deja atrás un enjambre de cámaras y micrófonos, "Tumberos" renuncia voluntariamente al aparente registro documental que podía identificarse con algunos datos de nuestra realidad inmediata.

Ya en ese momento, Caetano comienza a insinuar que su camino escapa a los convencionalismos y está lejos de compartir la maniática búsqueda de explicaciones sobrecargadas y de gestos testimoniales vacíos que colocan al afán denunciador por encima de cualquier búsqueda narrativa.

Aquí no falta, por cierto, casi ninguno de los signos de estos tiempos duros en extremo (la corrupción, el individualismo, el abuso de poder, la impunidad). Y tampoco las múltiples manifestaciones de violencia generadas en estas circunstancias, que al mostrarse casi explícitamente generan por momentos cierta incomodidad.

Pero la mirada de Caetano rechaza cualquier regodeo o subrayado, así como se manifiesta en contra de cualquier declaración gratuita en favor de la marginalidad. En cambio, se inclina por una sucesión de pinceladas que, de a poco, enriquecen un viaje que se hace más y más incómodo y ominoso. Así lo muestra cada uno de los travellings con los que su diestra cámara viaja a través de los pasillos, los corredores y los pabellones de la cárcel.

Detrás de ese tránsito zigzagueante a través de sábanas colgadas, trastos apilados, pequeños comercios ilegales y una intensa carga de sexualidad contenida asoma una serie de retratos humanos y sociales de una gran riqueza dramática potencial.

Un par de filosas secuencias que prometen desenvolverse mucho más de aquí en adelante muestran que Caetano parece atento a esta posibilidad y dispuesto a aprovecharla. De lograrlo, no le costará mucho a "Tumberos" colocarse a la altura de un antecedente en la materia tan valioso como "Okupas".

Resuelto a la vez a consolidar un camino propio en su veta televisiva, Caetano enriqueció este capítulo inicial con aires pesadillescos ya insinuados en su adaptación de "La cautiva" y una especial atención sobre los restos de humanidad que todavía conservan personajes que resultan verdaderos prisioneros de la amoralidad.

Tampoco le costó al realizador sacar lo mejor de sus principales actores, aun sobrellevando algunas dificultades en el sonido directo. Del rostro de Germán Palacios asoma el gesto de quien se sabe derrotado y trata de conservar un mínimo de resistencia, en tanto Carlos Belloso directamente mete miedo en la impecable composición de su terrorífico personaje.

Hay también algunos papeles secundarios eficaces (Carlos Roffé y Adriana Salonia se destacaron por sobre los algo afectados Daniel Kuzniecka y Roly Serrano) y otras figuras clave (Belén Blanco, Alejandro Fiore) apenas esbozadas. Es que la historia acaba de ponerse en marcha, aunque lo hizo con los mejores augurios.

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