Vigencia de la Paz de Westfalia

Por Armando Alonso Piñeiro Para LA NACION
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18 de octubre de 2002  

Una nota del International Herald Tribune, publicada recientemente en LA NACION, ha señalado que el nuevo orden internacional intentado por el presidente norteamericano George W. Bush "pondrá fin a un sistema de relaciones internacionales que rige desde el Tratado de Westfalia, de 1648".

Es cierto que la renovada doctrina militar de los Estados Unidos pone en peligro, con la eventual invasión unilateral o bilateral de Irak, el actual orden constituido desde hace tres siglos y medio. Pero el problema bien merece un examen más a fondo.

Con la Paz de Westfalia, consecuencia de la Guerra de los Treinta Años, aparecen los Estados modernos. El famoso tratado consagra el principio del equilibrio, ratificado inequívocamente por Utrecht en 1713, que en esencia implica el principio de que ningún Estado debe ser tan poderoso que esté en condiciones -solo o en unión de eventuales aliados- de imponer su voluntad a los demás. Se sustituía así la idea comunitario-religiosa imperante en el Medioevo por una noción moderna del Estado nación con todas sus implicancias de respeto a las soberanías territoriales.

Simultáneamente, se gestaba el "desarrollo de la conciencia nacional", como bien lo ha dejado sentado Juan Archibaldo Lanús en su libro El orden internacional y la doctrina del poder . Añade nuestro autor: "Aun cuando Inglaterra y España no hayan figurado entre las partes contratantes de los acuerdos de Westfalia, los historiadores asignan una importancia capital a este acto, pues fue en 1648 cuando la inviolabilidad territorial se erigió como un principio internacional que consagra la existencia de los Estados frente a la concepción feudal de que territorios y pueblos constituían un patrimonio hereditario. El nacimiento del Estado nación marcó, por esta razón, un punto culminante en la historia de las relaciones internacionales en Occidente".

Principios civilizadores

La civilización fue avanzando más aún y en 1928 el Pacto Kellog proscribió la guerra como instrumento de una política nacional, si bien preveía la contingencia de la defensa propia. Desde luego, tales preceptos fueron violándose al amparo de dictadores mesiánicos que provocaron diversos conflictos, entre ellos la Segunda Guerra Mundial. No obstante, la reacción de un grupo poderoso de naciones para doblegar tales excesos envolvía la supremacía de las doctrinas de Westfalia y de Kellog, en la medida en que, al oponer resistencia, se restablecían los fundamentos de la inviolabilidad territorial.

En 1945, la Carta de San Francisco representó la confirmación de esta larga serie de principios civilizadores a lo largo de lo que por entonces tenía una vigencia de tres centurias. Las Naciones Unidas están regladas por una carta constitutiva que en su artículo segundo posee siete principios, de los cuales nada menos que cuatro vuelven a las fuentes de Westfalia, con el nada desdeñable agregado de que por primera vez en la historia las más importantes naciones del mundo se confederaban y ponían su firma al pie del solemne documento.

Equilibrio del poder

El primer principio de la Carta consagra "la igualdad soberana de todos sus miembros". El segundo obliga a todos los Estados miembros a cumplir de buena fe "las obligaciones contraídas por ellos de conformidad con esta Carta". El tercero dispone que los miembros de las Naciones Unidas "arreglarán sus controversias internacionales por medios pacíficos de tal manera que no se pongan en peligro ni la paz y la seguridad internacionales ni la justicia". El cuarto principio, en un texto de singular claridad, obliga a las naciones a abstenerse "de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado".

El mundo se ha regido por el equilibrio del poder desde el Tratado de Westfalia. Esta armonía de potestades no puede ser sustituida por la intervención de un solo Estado, ni siquiera de un grupo de Estados, salvo que se anulen específicamente todos los documentos internacionales que garantizan las soberanías territoriales, desde Westfalia hasta la Carta de las Naciones Unidas.

En los tiempos que corren, signados por un conjunto de acuerdos jurídicos solemnes que caracterizan precisamente los perfiles de una civilización de costoso esfuerzo a través de los siglos, no es posible admitir la violación de principios fundamentales ínsitos en el progreso de la humanidad.

Aun cuando se produzca el quebrantamiento del principio de la soberanía territorial en el caso que obsesiona a los Estados Unidos, ello no implica la creación de un nuevo orden mundial, porque éste se establece mediante acuerdos multilaterales que sólo pueden discutirse en el seno de las Naciones Unidas. Infringir la Carta de San Francisco equivale a ponerse al borde del abismo.

Armando Alonso Piñeiro es director de la revista Historia.

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