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Premiar a jueces de conducta ejemplar

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25 de octubre de 2002  

No hay ideal más elevado que el de la Justicia. De ahí la responsabilidad moral que pesa sobre los jueces, que asumen la dignidad de impartirla en la Tierra.

Para ejercer con equidad esa excelsa función, los magistrados deben someter sus pasiones y a veces hasta sus criterios y creencias personales a una normativa más alta que la de cualquier sistema meramente formal de valoración de las conductas. A lo largo de la historia, las virtudes del buen juez se han mantenido inmutables, pero la forma en que la sociedad las percibe se ha ido tornando cada vez más compleja. En medio de una creciente confusión de valores, obligados a moverse en un territorio muchas veces cenagoso, en el que lo impersonal del procedimiento escrito se suma a un exigente escenario de formalismos, fueros e instancias, los jueces enfrentan desafíos cada vez más severos.

Días atrás brindamos nuestro aplauso desde esta columna editorial a una valiosa propuesta del Foro de Estudios sobre la Administración de Justicia (Fores), a la que se ha sumado el Instituto para el Desarrollo Empresarial de la Argentina (IDEA). Estas prestigiosas instituciones han decidido instituir el Premio a la Excelencia Judicial, que ayer fue entregado por primera vez y que se otorgará todos los años a aquellos magistrados de la Justicia de la Capital Federal que se hayan destacado por sus virtudes éticas y profesionales. La iniciativa cuenta con el apoyo y el auspicio del Colegio de Abogados de la ciudad de Buenos Aires y del Banco Río.

Hoy corresponde que felicitemos desde aquí a los dos primeros ganadores de esta distinción anual. En efecto, el premio ha sido conferido, en su primera entrega, a la doctora Elisa Díaz de Vivar, titular del Juzgado Civil N° 19, y al doctor Juan Esteban Cicciaro, del Juzgado N° 20 en lo Criminal y Correccional de Instrucción. La sociedad debe volver los ojos hacia estos dos magistrados de trayectoria intachable y valorar el ejemplo que brindan diariamente en el ejercicio de sus altísimas responsabilidades.

Pero hay algo que interesa consignar y es que esos honorabilísimos jueces no son una excepción en el extendido territorio de la justicia argentina y que su selección distó de ser sencilla. Al contrario: el jurado que otorgó las distinciones debió hacer un gran esfuerzo para elegir a los mejores, debido al alto puntaje que muchos magistrados habían alcanzado.

Es importante conocer las pautas y los criterios que se toman en cuenta para el otorgamiento de estos premios. El jurado comienza por analizar detenidamente de qué manera y en qué plazos cumplen su cometido los diferentes juzgados de la ciudad. También utiliza como guía o referente los resultados de una encuesta cuidadosamente confeccionada y reservada, para la cual se convoca a opinar a magistrados, fiscales y abogados.

La decisión es compleja, pues no se pueden dejar de considerar los gravísimos problemas que aquejan a la Justicia, aquí y en todo el país. No obstante, el trabajo que el jurado realizó permitió verificar que, aun vapuleados, carentes de equipamiento y de medios técnicos y afectados injustamente por un sentimiento generalizado de descrédito, hay muchos juzgados que honran la función que la sociedad les ha encomendado con dedicación, esfuerzo y dignidad manifiesta. Esta comprobación constituye una muy buena noticia en medio de las tribulaciones que padecemos los argentinos.

Importa destacar, asimismo, la participación de algunas relevantes instituciones ajenas a lo específicamente jurídico, que con su empuje y compromiso ayudaron a concretar la iniciativa. Sin la colaboración de esas entidades, la distinción hubiera quedado como un estímulo limitado a los confines de la comunidad judicial y no se habría perfilado como un pronunciamiento del conjunto de la sociedad. A la vez, ese aporte proveniente de otros ámbitos constituye una señal reveladora de la profunda convicción que anida hoy en el mundo de las empresas acerca de que sin un Poder Judicial prestigioso, independiente y eficaz será imposible dejar definitivamente atrás los males que aquejan a la Argentina.

Mostrar los buenos ejemplos y corroborar que un buen número de magistrados, funcionarios y empleados de la Justicia son, efectivamente, honestos y diligentes, constituyen un aporte de inestimable valor al fortalecimiento de nuestras instituciones.

Es imperioso recrear el tiempo en que las conductas intachables eran lo habitual en el ámbito tribunalicio y en que era común que la mención de ciertos jueces moviese a respeto universal y encendiese deseos de emulación en quienes se iniciaban en la judicatura, a la vez que establecía una pauta de incontrovertible autoridad ante la ciudadanía y aun entre los abogados litigantes.

Compartían, además, esos hombres de derecho una altísima consideración social, pese a sus estilos de vida generalmente austeros. Figuras señeras como las de Tedín, Bunge, Tobal, Salvat, Colmo y tantos otros, eran vivos ejemplos en un Poder Judicial -es verdad- más restringido y en el que había más oportunidades de ser conocido, del mismo modo que, en una etapa más cercana y más semejante a la actual, lo fueron Chute o la doctora Argúas.

" Ese señor es un juez ", decían con unción los padres a sus hijos, intentando transmitirles el respeto con que debe verse a alguien a quien se ha confiado la excelsa tarea de administrar justicia. Eran los tiempos de una República en la que se reverenciaban los valores del espíritu. Son justamente esos valores los que hoy intenta recuperar el premio instituido. Es de esperar que año tras año se haga cada vez más difícil seleccionar a los jueces que mejor honran su investidura.

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