El coronel Roca, arrepentido

Por la única sentencia de muerte que firmó en su vida fusilaron al inocente paisano Cabituna
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8 de diciembre de 2002  

Las luchas civiles que sacudieron a la Argentina a lo largo de todo el siglo XIX provocaron mayor cantidad de muertes y desastres que las guerras exteriores en las que se vio envuelto el país. La crueldad y el ensañamiento fueron moneda corriente, como si destruir al hermano que pensaba diferente hubiera constituido un mandato ineludible. El horror de los enfrentamientos entre unitarios y federales, en que abundaron los degüellos y todo tipo de vejaciones, no fue sinoun antecedente de otros episodios deplorables ocurridos más tarde.

Al estallar la rebelión nacionalista de 1874, en Río Cuarto, ocupada por las fuerzas rebeldes del general José Miguel Arredondo -que se alzó en Cuyo contra el presidente Sarmiento mientras el general Bartolomé Mitre lo hacía en la provincia de Buenos Aires- y después reconquistada por las fuerzas nacionales, el teniente coronel Salvador Maldonado mató a sangre fría al teniente Villamayor, con quien se había trenzado en una disputa acusándolo de traidor. No dudó en correr hacia donde estaba atado su caballo, sacó de la pistolera un revólver de grueso calibre, lo esperó junto a un tapial cuando intentaba alejarse por consejo de sus camaradas y le atravesó el cráneo. Se trataba de un joven oficial de brillante porvenir.

Durante aquella misma contienda fratricida, fue asesinado el general Teófilo Ivanowsky. El héroe de muchos combates cayó atravesado por las balas mientras le gritaba en su media lengua germana al comandante de la partida: "¡No me rindo, chancho, no me rindo!"

El paisano de apellido Cabituna -no se conocen más señas- llegó al campamento del coronel Julio Argentino Roca en La Dormida, montado en un espléndido pingo colorado y bien enjaezado. Dice Ignacio H. Fotheringham: "Llegó al campamento un paisano alto, lindo tipo de gaucho, elegante y altivo. Venía, decía, de Mendoza. Lo enviaba de chasqui el gobernador Civit. De la herradura sacó un papelito bien doblado y lo entregó al coronel Roca".

Con el joven y sagaz jefe, a quien ya algunos apodaban "El Zorro", se encontraban Arístides Villanueva e Isaac Chavarría, hombres conspicuos de la política mendocina, quienes contemplaron al recién llegado "con aire de recelo y desprecio". Enseguida se corrió la especie de que era un "gaucho ladino, travieso e intrigante".

Bastó ese juicio para que se lo considerara traidor. "Afirmaron que era imposible que llegase de Mendoza con caballo tan fresco; el papelito sin una mancha: un traidor enviado por Arredondo, un espía en plena convicción de criminal tentativa".

Roca, que pensaba dos veces las cosas, que difícilmente se dejaba influir y jamás había querido firmar una sentencia de muerte, se convenció de que Cabituna era culpable y debía pagar frente a un pelotón de fusilamiento. Quizá pensó en que por haberse producido centenares de deserciones, sus hombres necesitaban experimentar la tremenda pedagogía de la sangre.

Mandó formar un consejo de guerra sumarísimo, "sin más testigos que díceres, sin más prueba que un buen caballo resistente, un mensaje bien escrito y un gaucho de mala fama".

Fotheringham sugirió que se matase al caballo para saber si había comido o no recientemente, ya que su dueño juraba que hacía más de veinte horas que marchaba alejado de los caminos para no ser descubierto. Si se hubiera seguido ese temperamento, se habría salvado una vida.

Pero el consejo votó apresuradamente, "sobre el parche del tambor", por el fusilamiento. Al ser notificado, Cabituna sólo contestó: "Matan a un inocente". Antes de emprender la marcha hacia Santa Rosa, lo ubicaron a la cabeza de la columna, sonaron las cajas en fúnebre redoble y se oyó la voz seca de un oficial que ordenó: "¡Preparen! ¡Apunten! ¡Fuego!". El paisano cayó atravesado por las balas y todo el ejército desfiló en silencio ante sus despojos.

Cuando Roca llegó a Mendoza, el gobernador Civit ratificó lo dicho por Cabituna. El había enviado el mensaje y le había dado órdenes de marchar con un buen flete por sitios donde no pudiera ser visto. El coronel se sintió hondamente tocado.

Pocos días más tarde, vencía completamente a Arredondo en Santa Rosa y recibía el grado de general sobre el campo de batalla. Al frente de sus hombres volvió a la ciudad cuyana y se apresuró a visitar a la viuda de Cabituna, a quien le expresó su profundo pesar y le dio dos mil pesos, magro consuelo para quien había perdido a su compañero.

Lo sucedido dejó honda huella en el espíritu de Roca, quien a lo largo de su existencia -dos veces presidente y en varias ocasiones jefe superior de fuerzas militares en campaña- jamás puso un cúmplase en una sentencia de muerte.

El autor es presidente de la Academia Nacional de la Historia; este artículo será incluído en el libro Soldados y poetas , que la editorial Emecé publicará próximamente.

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