Un juez en el medio de la tempestad

Es uno de los ministros de la Corte Suprema favorables a la redolarización de depósitos, aunque ahora se echó atrás
Adrián Ventura
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9 de diciembre de 2002  

El ministro de la Corte Carlos Fayt está envuelto en una tempestad que jamás imaginó.

Hace siete días, argumentaba ante sus pares que el futuro fallo de la Corte sobre la redolarización de los depósitos atrapados en el corralón debería prever la devolución inmediata de los dineros a los ahorristas con depósitos de bajo monto, mientras que los inversores de altas sumas deberían soportar una mayor espera.

El había escrito ese argumento, no en el voto que, siendo el quinto en el mismo sentido, convertiría un proyecto en sentencia definitiva. Pero sí lo escribió en un memo, que le entregó a sus pares. Y para darle fuerza a sus dichos, sacó de su bolsillo un certificado que mostraba que su mujer estaba entre los "inversores", con un depósito en el Banco Nación por 200.000 dólares. En otras palabras, no pensaba beneficiarse con la sentencia que él estaba ayudando a pronunciar. Pero jamás pensó que se perjudicaría.

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Cuando Raúl Alfonsín asumió la Presidencia, uno de los cinco ministros que nombró en la Corte Suprema fue Carlos Fayt. Tenía entonces 64 años.

El mandatario y el flamante juez no se conocían, pero Carlos Alconada Aramburú, ministro de Educación y Justicia de esa gestión, había desempeñado ese mismo cargo muchos años antes, durante la presidencia de Arturo Illia y él sí había intimado con Fayt, desde la época en que compartían salones de profesores de la Universidad Nacional de La Plata.

Alconada vio en Fayt al hombre adecuado. Pesaban sus antecedentes y, también, el apoyo que, en momentos en que acababa de volver a la vida democrática, le daban varios grupos defensores de derechos humanos. Cuando Illia quiso llevar la composición de la Corte de siete a once miembros, decidió consultar a abogados e instituciones. Fayt, por entonces, era presidente de la Asociación de Abogados de Buenos Aires y fue uno de los preguntados. Incluso, le prometieron ocupar uno de los nuevos puestos. A pesar de ésto, Fayt se opuso a la modificación y, obviamente, perdió su posibilidad.

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Nació en Salta, en una familia de clase media, y si bien fue educado en el catolicismo, muchos lo creyeron judío converso. Pero él vivió como agnóstico y socialista.

Cuando tenía 24 años, por una de sus investigaciones, el tradicional Colegio de Abogados de la Ciudad de Buenos Aires lo distinguió con un diploma de honor, pero no lo aceptó entre sus miembros. Fayt, molesto, se fue a la Asociación de Abogados de Buenos Aires, que presidió en dos oportunidades y esto se convirtió en el mayor de sus orgullos.

El hombre, que hoy aparece cansado por los años, el peso de algunos errores cometidos de buena fe, y que no pierde su gusto por una conversación inagotable, siempre vivió una vida muy austera, virtud que aprendió en el socialismo que abrazó con fuerza hasta los cuarenta años.

Un departamento sin estridencias, sus ocasionales vacaciones en la costa y un vestuario de escasos tres o cuatro trajes que repite todo el año y matiza con corbatas pasadas de moda, muestran a un hombre que no gusta de lujos y cuyo único placer es la lectura. Organiza muy pocas reuniones.

Admiró al líder del Partido Socialista Nicolás Repetto y a Alfredo Palacios, y luego de la muerte de éste buscó ayuda para rescatar la biblioteca y la casa de la calle Charcas al 4000, que convirtió en museo.

Para entonces, desilusionado por la división del socialismo, en 1957, Fayt se había acercado al ala que encabezaban Carlos Sánchez Viamonte y Alicia Moreau de Justo. Las fracturas internas lo convencieron de distanciarse.

Una breve incursión en la vida política, a regañadientes, tampoco le había sonreído con los votos cuando, aquel mismo año, fue candidato a gobernador de su provincia por el PS.

Pero hacia fines de los cincuenta, Fayt irrumpe en la vida pública por otra vía: funda la Campaña de Educación Cívica, que lidera durante décadas y que fue una respuesta participativa a la veda que había imperado en los años del peronismo.

La consigna, que compartía con demócratas progresistas, socialistas y algunos radicales era enseñar en las plazas públicas de todo el país, para quien quisiera escucharlo, los valores del orden constitucional. Todos los domingos, a las 10.

Ese y el de la Asociación de Abogados fueron los ámbitos en los que este jurista se sintió más cómodo, especialmente luego de que abandonó la Universidad, donde era titular de Derecho Político y a la que renunció tras la "noche de los bastones largos", convencido de que no quería convivir con un régimen militar.

Pero desde fuera de los claustros escribió más de 30 libros sobre esamateria, historia del pensamiento político, varios títulos de derecho constitucional y otros tantos sobre libertad de prensa (La omnipotencia de la prensa; Los derechos hmanos y el poder mediático, económico y político; la Corte y 198 sentencias sobre comunicación y periodismo son varios de los títulos que muestran la dirección de sus ideas). "Sabe mucho de ideas políticas", reconocen quienes no lo aprecian tanto como colega.

Su autoestima también se creció cuando, en 1986, fue reconocido con el valioso premio Konex de Platino en Ciencias Políticas y, el año último, fue postulado por la Asociación de Magistrados para el premio Justicia en el Mundo.

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Ya en la Corte, Fayt siempre dijo, a quien le preguntara, que "a fin del año próximo" renunciará. Lo afirma desde que fue nombrado. Pero cuando enfrentó la posiblidad de tener que irse del tribunal, por aplicación de la cláusula constitucional introducida en la reforma de 1994, que limitó la inamovilidad en el cargo judicial hasta los 75 años -fue introducida ex profeso para provocar la renuncia de Fayt y la de Ricardo Levene y abrir dos vacantes en el cuerpo- demandó y obtuvo que la Corte declarase la nulidad de la reforma en ese punto.

Llegó a la Corte desde la profesión y mantuvo muy bajo perfil. Durante una comida que Carlos Menem, en la primera presidencia, brindó a los miembros de la Corte, se disgustó por el tono jocoso de la conversación.

Cuando la Corte le devolvió el agasajo al Presidente, directamente se levantó de la mesa cuando escuchó que un ex juez hablaba con Menem sobre la suerte de una causa judicial.

A partir de entonces, decidió nunca más participar de reuniones públicas ni actos oficiales y tomó distancia de casi todos sus amigos.

Durante estas dos décadas, en muchas ocasiones el juez le dio la razón a las posiciones del Estado, que con frecuencia reclama sacrificios sobre los derechos individuales. Basta con recordar su mano en el caso Peralta (plan Bónex). Es una consecuencia de sus creencias socialista. Pero, para él, ahora, el Estado, sacando los depósitos a la gente, fue demasiado lejos y avasalló la propiedad.

El pedido que el jueves formuló públicamente el presidente Duhalde para que renuncie lo convenció más de que debe seguir en la Corte.

Fayt, un hombre traicionado con frecuencia por su malhumor, está convencido de que no había motivos reales para apartarse. Lo hizo para no soportar la exposición pública que rehuye. No se imagina cómo sería su vida fuera de la Corte.

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