Gian Maria Volonté, el camaleón

Fernando López
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7 de enero de 2003  

Al principio costaba reconocerlo. Parecía que era la primera vez que veíamos en la pantalla ese rostro moreno, redondo y sanguíneo, el del corrompido comisario de "Investigación de un ciudadano sobre toda sospecha", modesto provinciano que había accedido al poder por la vía burocrática -la única posible para un pequeño burgués venido del Sur- y estaba tan entusiasmado con él que ahora ponía a prueba su impunidad, que creía infinita. Costaba asociar esa figura maciza y exuberante con la del enjuto y oscuro delincuente, eterno fugitivo, que habíamos visto poco antes moviéndose en las sombras entre la banda de ladrones de "El círculo rojo". Sin embargo, el nombre estaba ahí y desechaba cualquier equívoco: Gian María Volonté.

* * *

No sabíamos entonces -inicios de la década del 70- cuántas otras prodigiosas transformaciones nos tenía reservadas, pero bastaba hacer memoria para recordar algunas muestras anteriores de esa condición camaleónica. Por ejemplo, era el mismo actor que había peregrinado con los estrafalarios cruzados de "La armada Brancaleone" y había mostrado su ferocidad y su rudeza en el polvoriento Oeste de Sergio Leone ("Por un puñado de dólares", "Por unos dólares más"), si bien en la primera de esas aventuras memorables había aceptado un nombre postizo más acorde con el western: John Wells.

Faltaba aún mucho de lo mejor que aportaría a la historia del cine este excepcional actor italiano nacido en Milán en 1933, egresado de la Academia de Arte Dramático de Roma en 1957 y fallecido tempranamente en Grecia, durante la filmación de "La mirada de Ulises", en 1994. Faltaba, por ejemplo, la larga etapa en que, fiel a sus convicciones, prefirió concentrarse en un cine de fuerte compromiso social y político.

En 1972, Cannes sumó a la Palma de Oro otorgada ex aequo a dos de esos films ("El caso Mattei", de Francesco Rosi, y "La clase obrera va al paraíso", de Elio Petri) una mención especial al trabajo de su protagonista. Era justo: Lulú Massa, el operario alienado de la primera, y Mattei, el controvertido funcionario público que impulsó una política nacional de energía y murió en un accidente rodeado de misterios, son seguramente dos de las grandes creaciones de Volonté, concretadas en el mismo año en que también compuso al avieso jefe de redacción de un periódico en "Violación en primera página", de Marco Bellocchio. Pero hay mucho más, desde la recreación de personalidades históricas (el monje rebelde de "Giordano Bruno", el anarquista Vanzetti de "Sacco y Vanzetti", el estadista asesinado por la guerrilla de "El caso Moro") a la de personajes concebidos para el cine o salidos de la literatura como el juez de "Puertas abiertas", de Gianni Amelio; el padre de la Marguerite Gauthier real de "La verdadera historia de la dama de las camelias", de Bolognini; el intelectual confinado de "Cristo se detuvo en Eboli", de Rosi, o el alquimista Zenon imaginado por Marguerite Yourcenar en "Opus nigrum", de André Delvaux.

Si el virtuosismo técnico de Volonté deslumbra (volverá a hacerlo seguramente en el ciclo que desde pasado mañana le consagrará la Cinemateca) lo que más impresiona es su formidable versatilidad, esa capacidad para inventar máscaras y voces y desaparecer bajo sus personajes. Como hacen los grandes actores de verdad. No estamos seguros de que a los otros, a esos que suele considerarse "intérpretes de un solo papel" (quizá porque apenas saben representarse a sí mismos) corresponda llamarlos igualmente actores.

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