El último suspiro de un galán inquietante

Fue un grande del cine, el teatro y la TV
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11 de enero de 2003  

José María Gutiérrez, que falleció ayer, a los 82 años, era un actor de indudable talento dramático que supo dotar a cada uno de sus innumerables personajes teatrales, cinematográficos y televisivos de una personalidad alejada de los fáciles efectismos y de las pinceladas livianas.

Su rostro casi siempre adusto, que él sabía dotar de un carisma que oscilaba entre la ternura, el patetismo o la mueca maliciosa, lo alejaba de la imagen de los galanes de moda que, en los años cuarenta y cincuenta, inundaban las historias cinematográficas.

Había nacido en el barrio porteño de Constitución en 1921 y, poco después, se trasladó con sus padres a Banfield. En su amplia vivienda familiar, él solía recordarlo, se había convertido en un niño algo miedoso y meditativo que jamás jugó al fútbol. En principio deseaba ser escritor, pero atraído por su aficción a disfrazarse, se decidió por la actuación. A los 16 años integró el elenco del teatro Ariel, de Lomas de Zamora. Seguro ya de que su futuro estaría en el escenario, estudió con José Squinquel, un maestro francés de origen belga, y poco después ingresó en el Conservatorio Nacional, donde fue alumno de Antonio Cunill Cabanellas. Su voz profunda y modulada le abrió las puertas del radioteatro, un género de moda en esa época, e intervino en obras de El Mundo, Splendid y Belgrano. Pero el teatro era, para José María Gutiérrez, una pasión inclaudicable y su debut profesional no pudo ser más auspicioso: intervino, con la dirección de Orestes Caviglia, en "Vida, pasión y muerte de Silverio Leguizamón", de Bernardo Canal Feijóo, y a partir de allí su carrera se amplió a través del cine, en el que se inició en 1945, en un papel menor, en "Allá en el setenta y tantos...".

El cine, la popularidad

Dos años después, y ya con un enorme bagaje de experiencia en numerosas obras teatrales, volvió al cine con "Albéniz", y desde ese momento su presencia en la pantalla cubrió los más disímiles papeles en tramas románticas, dramáticas y policiales.

Fue el galán de Fanny Navarro en "Mujeres que bailan" y protagonista masculino, formando pareja con Olga Zubarry, en dos films de Julio Porter: "Marianela" y "Concierto para una lágrima". Durante los años cuarenta, cincuenta y sesenta actuó junto a las más rutilantes actrices del cine argentino en películas de fácil memoria: "María de los Angeles", "Por ellos... todo", "La cuna vacía", "María Magdalena", "La procesión" y "Todo sol es amargo", entre otros títulos.

En los setenta tuvo participación en dos films de valor ya antológico: "La mafia", de Leopoldo Torre Nilsson, y "La Patagonia rebelde", de Héctor Olivera. Fue, además, uno de los intérpretes de la controvertida y prohibida "Operación masacre", de Jorge Cedrón, y en "De la misteriosa Buenos Aires" intervino en el episodio "El hambre", dirigido por Alberto Fischerman.

A estas apariciones en la pantalla grande, que le valieron no sólo el respeto del público y de la crítica, sino varios galardones, se agrega su notable composición para "Noche sin lunas ni soles", de José Martínez Suárez.

Su labor cinematográfica, alternada por varias intervenciones en TV y teatro, lugar al que siempre volvió, se fue haciendo cada vez más espaciada y entre sus últimos títulos figuran "La conquista del paraíso", de Eliseo Subiela; "La cruz invertida", de Mario David, y "Diapasón", de Jorge Polaco.

La siempre digna trayectoria de Gutiérrez puede resumirse en una frase que él dijo durante un reportaje: "El arte no es poner, sino sacar. El actor debe descubrir la forma oculta que se encuentra en el bloque, en la piedra". Sus restos fueron inhumados ayer en el Panteón de Actores de Chacarita.

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