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El emblema del candombe

Fernando "Lobo" Núñez es músico y luthier de tambores
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16 de enero de 2003  

"Casi todos los músicos de jazz son negros; casi todos los críticos de jazz son blancos". LeRoi Jones ("Música negra")

MONTEVIDEO.- Es el emblema del candombe en la ciudad del candombe. Fernando "Lobo" Núñez tiene una vida completamente relacionada con la música. Es luthier de tambores y un tamborilero que conoce los secretos mejor guardados de este género puramente local. "A Uruguay se lo conoce por el candombe. Es lo más uruguayo, pero uruguayo negro", dice el Lobo y sonríe fieramente en su casa de la calle Carlos Gardel, en el barrio Sur, el lugar, junto con el barrio de Palermo, donde nació este género único y aún poco contaminado por la modernidad.

En los barrios de Montevideo se vive la siesta. Ni un alma por los alrededores de la casa del Lobo. Sin embargo, esa quietud externa contrastada con la actividad que hay dentro de la casa del músico, un muestrario de madera y tambor, que tiene más de museo del candombe que de casa de familia, y un taller en el fondo que no deja rato sin fabricar tambor. Cuenta que cada uno de ellos necesita de por lo menos siete días de atención continua para tener el sonido original que el Lobo consigue en cada artesanía sonora y que cuestan entre 100 y 200 dólares.

Este músico y luthier posee una historia importante. Su familia llegó a la Banda Oriental hacia 1814 y se instaló en la casa en que aún vive en 1837, es decir, 165 años atrás los Ocampo (el Lobo es Núñez Ocampo) se mudaron aquí. Por cierto, no es poco para estos tiempos de mudanzas permanentes.

En la entrevista se muestra como un defensor de la tradición del candombe: "No sé si mis tambores son los mejores, pero sé que suenan como los originales" y "la historia de esta música esta acá, en esta casa, en este calle, en este barrio, sin embargo, son los blancos los que la cuentan. Ellos escriben de lo que yo vivo diariamente".

Lugar poco frecuentado, no es sencillo ingresar en la casa del Lobo. LA NACION pudo entrar gracias a que contaba con la recomendación especial de Hugo Fattoruso, que incluso hizo de nexo para el encuentro.

"Mi infancia fue feliz; en mi casa había artistas, pintores y músicos, como mi padre, que tocaba el piano, o mi tío Víctor Ocampo Bilasa, cuyos trabajos en lápiz enmarcados en las paredes de la sala muestran realistas escenas de reuniones de baile y tambor.

Núñez habla también de discriminación: "Después de los charrúas, a los que exterminó el blanco, los más antiguos somos nosotros. Somos un pueblo solidario que vive ayudando. Todo el que llegó a Uruguay para trabajar encontró ayuda de los negros. En otros lugares la comunidad no es solidaria. Aquí lo somos", dice.

Llegamos hasta él para hablar de música, pero él habla de conciencia. "El candombe es nuestro legado, por eso hay que cuidarlo de los peligros de la moda". ¿Cómo se toca? Con el corazón, afirma, pero no oculta que hay que prepararse.

Sostiene que la aceptación del candombe de parte de otras clases sociales lo puso de moda "y ahora hay que más profesores que alumnos y todos fabrican tambores", se queja el Lobo, cuyos hijos Noé y Fernando siguen la misma senda que él, como músicos y luthiers.

La cultura afrouruguya tiene muchos puntos en común con la afrobrasileña, en especial, la cosmovisión religiosa, que adopta desde hace años un evidente sincretismo. El Lobo no avanza sobre el tema religioso, prefiere hablar de libertad de conciencia.

"Me crié en un ambiente de tolerancia religiosa; cada uno tiene sus creencias. En la habitación del frente de esta casa mi abuelo alquiló un cuarto donde funcionó la primera sinagoga de Montevideo", recuerda.

En la habitación de al lado están tocando. Continuo y creciente, el ritmo parece ir ganando incluso la cadencia de la conversación. El Lobo se mueve con cada acento rítmico. No parece consciente de lo que le producen los tambores.

"No se qué esperan para darnos el lugar que nos ganamos. El ejército de Artigas estaba compuesto por negros, indios, mulatos y zambos. Fue nuestra sangre la que corrió en las luchas y cuando se mira los cuadros que recuerdan las batallas no hay un solo negro, son todos blancos. El único negro que está en un cuadro es nada menos que el sargento Manuel Antonio Lencinas `Ansina´, cebándole mate a Artigas. Ansina lo cuidaba en serio, era su guardaespaldas. Si Artigas vivió tantos años fue porque Ansina les rompía la cabeza a sus enemigos. No le estaba cebando mate", relata el Lobo.

Y vuelve sobre la música. Según el Lobo, la salud del candombe está garantizada no por la moda sino por la cantidad de jóvenes que se dedican al tambor en los barrios Sur y Palermo. "Es aquí donde se preserva", agrega.

Cuenta que ya no va mucho en las llamadas (paseo de cuerdas de candombre por la ciudad) porque el ambiente no es muy propicio. "Se compran un tambor y cualquiera se mete en la cuerda tocando de cualquier manera. Es el problema de estar en la calle. Creen que lo que se hace allí es de todos".

El 2 de febrero se tocará con la Orquesta Sinfónica de Stuttgart, para hacer un repertorio de Abel Carnevale. "Llevo el mensaje del tambor y fue por él que conocí el mundo", dice el Lobo.

Un tardío almuerzo lo reúne con sus hijos. Uno de los pocos momentos donde el tambor no suena.

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