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Revelan la historia del amante secreto de Wallis Simpson

Era un vendedor de autos casado
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31 de enero de 2003  

LONDRES.- Unas cuantas hojas de papel rescatadas del olvido bastaron ayer para convertir lo que en los últimos 70 años se consideró el "romance del siglo" en el "gran engaño amoroso de la historia".

Wallis Simpson, la mujer por la cual Eduardo VIII abandonó el trono británico, mantuvo una relación sentimental clandestina con un vendedor de autos durante toda su relación pre-matrimonial con el abdicante monarca.

Rumores sobre el insaciable apetito carnal de la dos veces divorciada han venido sazonando las conversaciones de la alta sociedad británica desde hace décadas -al punto de haberle otorgado el apodo de "atleta sexual"-, pero ésta es la primera vez que documentos oficiales confirman la mancha en su reputación.

A principios de 1935, no en vano temeroso de una crisis constitucional, el primer ministro conservador Stanley Baldwin ordenó a la división especial de Scotland Yard que vigilara celosamente al futuro monarca y a su inseparable amiga norteamericana. Fue así como la policía descubrió el affaire de Simpson con Guy Marcus Trundle, un hombre casado, "aventurero, encantador, muy atractivo, educado y excelente bailarín", aunque de escasos recursos, al extremo de tener que aceptar dinero de su ambiciosa amante para pagar las cuentas que no lograba cubrir con su sueldo como vendedor de la compañía Ford.

La generosidad de Wallis tenía, sin embargo, sus límites. "La señora Simpson teme perder el afecto de P.O.W. (Prince of Wales, es decir, el príncipe de Gales), lo que quiere evitar por razones económicas", escribió un superintendente al comisionado de Scotland Yard sir Philip Game en junio de 1935. "Por eso, es extremadamente cuidadosa y pasa tanto tiempo como puede con P.O.W. y mantiene a su amante en un segundo plano", añadió Game.

"Trundle fanfarronea diciendo que no hay mujer que se le resista. Se reúne con la señora Simpson de forma abierta en reuniones sociales informales como un amigo personal, incluso frente al príncipe de Gales, pero cuando se trata de relaciones íntimas se citan en secreto", precisó el informante.

En otro reporte, un policía describió, en tono alarmado, la visita a una tienda de antigüedades del heredero de la corona con su inseparable amiga norteamericana: "Los dos se llaman entre sí "darling" (cariño) y hablan con una familiaridad escalofriante. La opinión transmitida por el dueño del comercio después de la partida de la pareja es que la mujer tenía a P.O.W. bajo su dedo pulgar. Está totalmente dominado".

"Le habría perdonado todo"

El vínculo sentimental de Simpson con el vendedor de autos parece haber sido escondido no sólo del público, sino también del propio Eduardo VIII.

Algunos especulaban ayer con si la crisis constitucional de diciembre de 1936 podría haberse evitado de haberlo puesto en autos. "De ninguna manera -estimó Harold Brookes-Baker, historiador y amigo de la pareja-. El sabía perfectamente que Wallis nunca fue una santa y la adoraba tan enloquecedoramente como para perdonarle absolutamente todo."

En contraste, el segundo marido de Wallis, Ernest Simpson, estaba al tanto de todo y parece haber querido sacar ventaja de la situación. "En más de una fiesta ha hablado de su intención de convertirse en barón. Cuando bebe es demasiado elocuente", advirtió uno de los investigadores.

Eduardo abdicó en diciembre de 1936, tras reinar sólo once meses, para casarse con Simpson. El gesto de amor le costó la pérdida de toda influencia y lo empujó a un exilio que duraría hasta su muerte, en 1972. Trundle, en tanto, ganó varias medallas como piloto de avión durante la Segunda Guerra Mundial y murió en la más absoluta oscuridad en 1958.

Los documentos accesibles desde ayer en los archivos británicos también revelan cómo el premier Baldwin prohibió al monarca agregar a su discurso de abdicación transmitido por la BBC dos páginas escritas por su amigo Winston Churchill en las cuales pedía al pueblo británico que "comprendiera" y eventualmente apoyara su relación con Simpson con la esperanza de alguna vez poder retornar al trono.

En 1967, el gobierno británico ordenó que todos los archivos oficiales sobre la abdicación permanecieran secretos durante cien años. La medida fue revocada en 1999, cuando se dispuso que todo material que no contenga "detalles que pongan en peligro la seguridad del país" debe darse a conocer.

Pero no fue hasta después de la muerte de la reina madre (que se aseguró de que Simpson nunca lograse el título de Alteza Real por más de haber sido nombrada duquesa de Windsor) que Downing Street dio finalmente el visto bueno a la publicación.

"El gran silencio"

Varios de los documentos desclasificados muestran también hasta qué punto las autoridades controlaron a los medios de comunicación durante toda la crisis. Los directores de periódicos británicos, a diferencia de sus pares norteamericanos, mantuvieron la historia en secreto hasta que el propio Eduardo anunció su dramática partida al público.

El director del Morning Post, H. A. Gwynne, por ejemplo, escribió al primer ministro Stanley Baldwin en noviembre de 1936 preguntándole hasta cuándo debía continuar con "el gran silencio".

Susan Williams, consultora de la Oficina de Archivos Oficiales (PRO), estimó que el material puesto ahora a consideración del público "es significativo tanto por lo que dice como por lo que no dice".

"Los documentos no proveen ninguna evidencia, por ejemplo, para sustentar versiones según las cuales el duque y la duquesa de Windsor actuaron como traidores nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Lo único que sabemos es que, por medio de una amiga común, Eduardo conoció socialmente a sir Oswald Mosley, el líder fascista británico. Pero eso es todo", destacó.

Uno de los detalles más intrigantes es la ausencia de archivos del servicio secreto MI5, el cual se sabe mantenía en la década del 30 una activa red de espías dentro de la aristocracia británica. Esta omisión sumada a la persistente negativa de la familia real a dar a conocer toda correspondencia personal de la época dan pie a la sospecha de que el futuro deparará revelaciones aún más espectaculares.

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