Suscriptor digital

Guillermo Kuitca disfruta de una retrospectiva en el Reina Sofía

La prestigiosa sala exhibe la obra que produjo desde 1982
Alicia de Arteaga
(0)
8 de febrero de 2003  

MADRID.- Guillermo Kuitca vivió un gran día. Por primera vez, el artista argentino con mayor reconocimiento y cotización internacional ha podido ver reunidas en un museo sus obras de los últimos veinte años: desde 1982 hasta 2002.

Lo que no sucedió aún en Buenos Aires ocurrió en la capital española, que recibió con sol primaveral la llegada de las obras de Kuitca al Centro de Arte Reina Sofía. Más de cien trabajos, entre dibujos, óleos y una formidable instalación de 52 camas con mapas, permiten trazar un recorrido por la producción del artista, que a los 42 años tuvo el halago de la crítica, de los museos y del mercado.

La muestra comenzó a gestarse hace tres años y se concreta en un momento de singular "fervor argentino" en la escena cultural madrileña.

A Kuitca no le sorprende que la Argentina viva este renacimiento cultural: "El arte que se hace en mi país no refleja la pobreza que hay. La creación es prodigiosa en la Argentina", dice el hombre que más ha contribuido en los últimos años a la formación de jóvenes talentos. La institución de las Becas Kuitca, apoyadas sucesivamente por las fundaciones Antorchas y Proa, por el Centro Cultural España de Buenos Aires y por el Fondo Nacional de las Artes, fue un cauce informal y el camino que encontró Kuitca para cristalizar un proyecto colectivo.

El sueño del artista

Para el artista, ver reunidas sus pinturas en este luminoso palacio de paredes altísimas es mucho más que el sueño cumplido. Es aceptar, también, la prueba de revisar, junto con la obra, la vida misma.

La serie del Mar Dulce, los mapas, los teatros, la Tablada Suite, las cárceles, los planos de departamentos, las portadas de discos inspiradas en las óperas de Wagner y las camas -tema recurrente porque "es el lugar de todos los combates: de la vida, del amor y de la muerte"- están presentes en la exposición.

Por las salas del palacio Velázquez han desfilado el embajador argentino Abel Parentini Posse y el director del Museo Reina Sofía, Juan Manuel Bonet, generoso artífice de esta retrospectiva que recibió el primer impulso de la empresaria y mecenas Frances Reynolds Marinho, presidenta de Arte Viva.

También recorrieron las salas Juana de Aizpuru, decana de las galeristas de Madrid; Rosina Gómez Baeza, directora de la Feria de Arte Contemporáneo -ARCO, que abrirá sus puertas la semana próxima en el Parque Ferial Juan Carlos I-, y el británico Kevin Power, catedrático de la Universidad de Alicante y de la Universidad de Tucumán, en nuestro país, designado hace pocos días subdirector del Reina Sofía.

Reacción de asombro

Es lógico que la reacción primera del público haya sido el asombro.

Asombro al ver reunida una obra que se conoce en forma fragmentaria, porque las pinturas de Kuitca tuvieron siempre un destino itinerante. Esa singular diáspora elevó los costos de traslado de manera astronómica -los cuadros estaban en Bélgica, México, Holanda, Estados Unidos y Venezuela-, sin contar el elevadísimo precio de los seguros, que han tocado la cota más alta de la historia por la guerra de Bush, que divide en dos a Europa.

La última exposición de Guillermo Kuitca en Buenos Aires fue en 1986 y la primera ventana internacional fue Madrid. Aquí llegó por primera vez en 1987, de la mano de Julia Lublin, su galerista entonces, para exponer en ARCO. Pocos días antes de la inauguración, esta cronista lo cruzó caminando por Serrano. Era un joven de veintipico, vestía de cuero negro y estaba en la peligrosa cornisa que supone el éxito temprano. Pasó la prueba construyendo su universo expresivo con un rigor casi obsesivo. Una serie lleva a la otra: Kuitca es un creador de códigos, de mensajes cifrados.

Uno de sus últimos cuadros, propiedad del tenista John McEnroe, está formado por diminutos dibujos que reproducen los clásicos aparatos de un gimnasio, sólo que uno de ellos tiene la forma de una K. La referencia autobiográfica es parte del mensaje cifrado.

Contaba el coleccionista Jorge Helft, durante el almuerzo íntimo que siguió a la inauguración, que Kuitca tenía 18 años cuando fue invitado por aquél a exponer en la Fundación San Telmo. Era compañero de colegio de su hijo Daniel y tenía a todos sorprendidos con su don. Pintaba cuando los gurús del arte anunciaban la muerte de la pintura. Desde entonces ha recorrido un camino atípico.

Se hablará mucho de Kuitca en Madrid en las próximas semanas. El palacio Velázquez será un centro de atracción para los miles de visitantes que vienen a ARCO y convierten por unos días a Madrid en la capital cultural de Europa. La retrospectiva seguirá viaje al Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), donde será inaugurada en junio, según confirmaron Marcelo Pacheco, director del la sala, y Eduardo Costantini (h.), representante de la fundación que dirige el museo de la avenida Figueroa Alcorta.

Para Kuitca, "volver a Buenos Aires de la mano del Reina Sofía es la mejor manera de volver".

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?