Las raíces del movimiento piquetero

Mariano Grondona
Mariano Grondona LA NACION
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9 de febrero de 2003  

El avance arrollador del movimiento piquetero suscita emociones tan intensas como contradictorias. Irrita a los ciudadanos, que ven cercenado su derecho de desplazarse libremente. Si cortar por la fuerza las rutas, los puentes y las calles es un delito tipificado en el Código Penal, algunos se preguntan por qué no se aplica a los piqueteros la ley, como a cualquier hijo de vecino. El Gobierno se hace eco tímidamente de este creciente estado de irritación, de indignación, porque teme que, si se pone verdaderamente firme, puedan repetirse trágicos episodios como la muerte de dos piqueteros en Avellaneda a fines de junio del año pasado, que precipitó el adelantamiento de las elecciones.

En la sociedad cunde por otra parte la sospecha de una manipulación corrupta de las columnas piqueteras por parte de políticos interesados en aprovecharlas. ¿Cuánto dinero de los planes sociales se desvía en favor de los dirigentes piqueteros? ¿Cuánto reparten éstos para "contratar" a sus seguidores? Los piqueteros, ¿son héroes sociales o pescadores de río revuelto?

Generador de irritación, indignación, temor y sospechas, el movimiento piquetero goza al mismo tiempo de una singular benevolencia de parte del Estado y de la sociedad. Reina en torno de él un vasto estado de paciencia. ¿Será porque un difuso sentimiento de culpa lo protege? Aquellos a quienes les va bien o no tan mal en la alicaída Argentina de hoy, ¿no sienten una aguda pesadumbre moral ante tantos desocupados, tantos pobres, tantos indigentes, en el país que hasta ayer exhibía con orgullo su condición de granero del mundo?

A todos aquellos que no participamos de él, el movimiento piquetero nos suscita una mezcla de irritación, indignación, temor, sospecha, compasión y culpa. Perturba nuestras conciencias. ¿Cómo ha caído sobre nosotros la degradación económica y social que nos envuelve? ¿No sentimos vergüenza por el espectáculo que ofrece la Argentina ante sí misma y ante el mundo?

En una pradera hasta ayer prometedora, se expandieron de golpe los cardos. En estado de alarma, algunos quieren cortarlos sin advertir que la poda podría renovar su energía. Otros, movidos por la codicia, quieren aprovechar su flor rica en aceite. Pero también hay quienes se preguntan por sus raíces.

De menor a mayor

Habiendo surgido en 1995, cuando la desocupación trepó el 18 por ciento, el movimiento piquetero tuvo sus primeras manifestaciones de envergadura en 1997, cuando la segunda presidencia de Menem corría hacia su ocaso, en las ciudades tradicionalmente petroleras de Cutral-Có, en Neuquén, y Tartagal, en Salta. En abril de ese año murió en Cutral-Có Teresa Rodríguez, que daría su nombre a una de las organizaciones piqueteras. En octubre de 2000 falleció Aníbal Verón cerca de Tartagal, dando su nombre a otra organización piquetera.

A partir de 1997, el movimiento piquetero no cesó de expandirse hasta inundar, como lo hace hoy, las calles de Buenos Aires. El hecho de que haya nacido en ciudades como Cutral-Có y Tartagal conecta su historia con YPF, ese gigante de la ineficiencia estatal que al privatizarse pasó de tener 55.000 empleados a los pocos más de 5000 con los que cuenta ahora.

Desde el punto de vista empresarial, la privatización de YPF fue un éxito rotundo. De perder empezó a ganar, aumentando su producción y generando exportaciones. La compañía pagó además las debidas indemnizaciones, alentando a los más eficientes de sus ex empleados a formar pequeñas y prósperas empresas proveedoras. Pero los despidos de YPF se sumaron a una oleada de desocupación de alcance nacional que provenía de tres fuentes: las privatizaciones de esas dadoras de empleos ficticios que eran las empresas estatales, el "adelgazamiento" de empresas privadas que, ya sin protección, debieron competir y la desaparición de miles de pequeñas empresas privadas que no pudieron competir con los productos extranjeros.

Aunque lo agravó un tipo de cambio cada vez más atrasado, el ajuste de las empresas para competir era, en sí mismo, necesario. También lo atravesó España cuando ingresó en la Unión Europea. Pero a la inversa de España, que supo aliviar el peso social del 24 por ciento de parados a causa de la reconversión económica mediante un seguro de desempleo (hoy España, todavía con una desocupación que sobrepasa el 10 por ciento, es la economía más pujante de la Unión Europea), la Argentina dejó a sus desocupados a la intemperie.

Pese a ello, y gracias al intenso crecimiento económico que la caracterizó hasta mediados de 1998, la Argentina pudo bajar el desempleo al 12 por ciento en ese año. Después, durante al año final de Menem y las presidencias de De la Rúa y de Duhalde, se instaló la recesión. Hoy el desempleo es del 22 por ciento según cifras oficiales, pero sería mucho mayor si se le agregaran los planes de jefes y jefas de hogares que apenas simulan dar empleo. Es de la desocupación que han derivado nuestras cifras aterradoras de pobreza e indigencia. De ella proviene que uno de cada dos argentinos sea pobre frente a una cifra histórica menor del 20 por ciento y que uno de cada cuatro sea indigente frente a una cifra histórica del 3 por ciento.

Esa raíz del cardo que es la desocupación, ha ido así de menor a mayor. También el movimiento piquetero. Más allá de la polémica que suscitan, un hecho es innegable: los piqueteros están cambiando la fisonomía de la Argentina.

Balance y salida

El movimiento piquetero argentino es único en el mundo. Hay que reconocer que, aparte de violar la ley y mostrar palos y capuchas, no desplegó actividades extremas de violencia como las que nos conmovieron durante los años setenta. Al ponerse al frente de las marchas y los cortes, los dirigentes piqueteros canalizaron de algún modo las tensiones sociales de una Argentina al borde del estallido social.

Ello no impide advertir los rasgos negativos del movimiento piquetero. Ha permitido, de un lado, la corrupción política que lo acompaña. Ha instalado, del otro, una corriente opuesta a la ética del trabajo. En un país fundado sobre el arduo esfuerzo de sus inmigrantes, donde el trabajo era la fórmula para progresar, se ha difundido la idea de que la dádiva podría suplantarlo. Más de dos millones de jefes y jefas de hogar se han acostumbrado a recibir aunque sea una miseria a cambio de nada, mientras miles de manifestantes recorren las calles como si hacerlo fuera, en lugar del trabajo productivo, su modo de vida. Si vuelve el empleo, ¿cuántos de ellos serán recuperables?

Una vez planteada la emergencia de la pobreza y la indigencia, la tarea más urgente era atenderla. Esta tarea la realizaron, con razonable eficacia, el presidente Duhalde y su esposa. También cuentan en el haber de Duhalde y de Lavagna los signos actuales de reactivación económica. Pero falta lo más importante: que además de reactivarlo el país vuelva a agrandar su aparato productivo gracias al crédito y la inversión, por ahora ausentes.

Hasta 1991, la Argentina era un país de pleno empleo improductivo . A partir de 1991, pasó a ser un país dividido entre el empleo productivo de algunos y el desempleo improductivo de otros. Debe llegar a ser un país de pleno empleo productivo . Lograrlo será el desafío de la próxima presidencia.

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