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El hombre, la máquina y la salud

Por Eduardo San Román Para LA NACION
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11 de febrero de 2003  

Gracias a las nuevas tecnologías en la atención de la salud ya es posible usar la robótica para realizar operaciones a distancia superando barreras continentales. La nanotecnología (aparatos microscópicos) dará en breve avances casi inimaginables. Los descubrimientos en biología molecular cambiarán radicalmente las pautas tradicionales en las próximas décadas. Así las cosas, ¿qué lugar ocupa hoy el ser humano en todo el proceso del diagnóstico y tratamiento? ¿Ya ha sido reemplazado? ¿Podemos prescindir de la atención personal de los pacientes reemplazando el contacto directo por cámaras o por telemetría?

Es muy probable que si uno le hace esta pregunta a un empresario dedicado a vender nuevas tecnologías le conteste: "¡Por supuesto! ¿Cómo no se ha dado cuenta?" Sin embargo, si la pregunta se formula a un médico que, especializado en terapia intensiva, conoce perfectamente el alcance de las tecnologías actuales, la respuesta será un no rotundo. Aun hoy, a través del interrogatorio al paciente o a familiares que convivan con él, en un examen físico hecho por manos y ojos que saben lo que van a buscar, en la mayoría de los pacientes con enfermedades usuales se realiza el diagnóstico con alta presunción y certeza.

Echando una mirada a los programas de marketing de las instituciones que prestan servicios para la salud, casi sin excepción se encontrarán frases tales como: "Estamos dotados de tecnología de última generación", "Hemos incorporado sofisticados aparatos para el diagnóstico", "Somos el único centro que ha incorporado un tomógrafo capaz de..." En cambio, no se hacen referencias fácilmente comprobables en cuanto a la calificación y capacitación del recurso humano (en especial médicos, enfermeros, kinesiólogos) que esa institución posee, ni tampoco sobre sus niveles de organización. Tenemos aparatos, dicen, pero ¿quién está interpretando los resultados que de ellos provienen?

El paciente politraumatizado es quizás el más indicado para demostrar que el factor humano es crucial. Por más que un individuo acceda a un centro con los aparatos más sofisticados, si no es rescatado a tiempo de la escena del trauma, si no se toman las medidas que garantizan el soporte vital (atención inicial) y si no hay llegada a un lugar donde se puedan practicar las medidas urgentes (regionalización de la atención de la salud), este paciente bien puede morir en la mesa de un tomógrafo o resonador magnético.

En uno de los más exitosos centros para atención de traumatismos de los Estados Unidos, el Jackson Memorial Medical Center, en Florida, pude comprobar en 1990 que el recurso humano y la organización superaban con creces a la tecnología disponible, que era escasa y "antigua". El director, doctor J. Civetta, explicaba el éxito, reconocido en el mundo entero, de forma muy sencilla: "Hace veinte años que hacemos lo mismo, lo hacemos bien y tenemos control sobre los resultados".

Un estudio publicado recientemente en New England Journal of Medicine muestra que en los Estados Unidos la reducción del personal de enfermería para reducir costos ha incrementado en un siete por ciento las muertes. La misma publicación revela en otro estudio que en Canadá (quizás el país con los mejores estándares de atención) las emergencias durante los fines de semana son atendidas con menor eficiencia. Otro estudio reciente realizado en los Estados Unidos revela categóricamente que cuando una cirugía es realizada por un grupo de médicos con poca experiencia también los resultados son significativamente peores. En ninguno de estos estudios se pudo responsabilizar a la falta de tecnología por los fracasos.

¿Cuál será el motivo por el que las instituciones se resisten a mostrar su calidad de atención sobre la base del currículum de los profesionales con que cuentan? ¿Por qué no se comunica claramente la relación entre el número de enfermeros y el de pacientes en el momento de hablar de excelencia?

El recurso humano se debe organizar sobre la base de la acreditación de las especialidades. En nuestro país esto es un caos, ya que no existe una acreditación central. Cada municipio, colegio médico, ministerio de salud provincial o universidad otorga sus títulos habilitantes, sin uniformidad de criterios, en la mayoría de las especialidades. De esta forma, la oferta de recurso humano es despareja.

Inversiones y resultados

La primera medida que se toma cuando un nuevo grupo inversor se hace cargo de una institución es reducir el personal y buscar profesionales médicos más baratos. Esta modalidad de "invertir" en salud fue una situación frecuente en la última década y todos vimos desfilar a ejecutivos nacionales y extranjeros que se hacían cargo de instituciones de salud cuando en realidad su oficio era otro, por ejemplo la hotelería o la venta de gaseosas. Los resultados fueron, como era de esperar, malos.

En el nivel público las cosas no fueron mejores. Se equiparon hospitales enteros, pero el mal mantenimiento posterior de los aparatos los convertía en obsoletos y la capacitación para usar la tecnología adquirida no era suficiente. Sería bueno preguntarse por qué los últimos presidentes argentinos no recurrieron al hospital público cuando tuvieron que enfrentar problemas graves de salud, y tampoco usaron las instituciones que su obra social les ofrecía.

Ni lo público ni lo privado jerarquizaron el recurso humano ni hicieron de la tecnología una estrategia de progreso. Mientras tanto, aquellos que estamos convencidos de que es posible optimizar los recursos deseamos instituciones que puedan certificar que su personal está capacitado y que si hay tecnología de última generación, ésta no sólo debe servir para vender humo. Lo que sin lugar a dudas debe ser de última generación es el recurso humano.

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