Enrique Santos Discépolo y Tania

El poeta del tango y la célebre cantante se amaron a contrapelo de casi todos. El autor de Los que llegamos más lejos evoca ese romance
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23 de febrero de 2003  

Ella era la estrella del Follies Bergère, un cabaret de Diagonal Norte por cuya puerta escondida se colaban, en la tarde, oscuros empleados y, por la noche, ministros y aristócratas. A eso de las 24, cuando salía a escena, larga boquilla en una mano y en la otra un abanico de plumas de avestruz, y empezaba a cantar Fumando espero al hombre que yo quiero, los viejos verdes se tusaban los bigotes manubrio, los niños bien se escabullían a dejarle un regalo en la taquilla –un anillo, un mitón de zorro, y hasta un cheque los más desorientados– y el enamorado de turno, consumido por los celos y la usura, pedía otro whisky para ahogar su pena cruel. Fumar es un placer/ genial sensual, cantaba Tania Mexican repatigando en la chaise-longe un cuerpo pequeño, exuberante y delicadamente descarado; y la mezcla exótica del ritmo del tango con su acento español hacía olvidar por un momento a las bellísimas coperas, milonguitas sometidas por el dueño del local a una vida de esclavas que ella, Tania Mexican, la inconquistable, había conseguido rehuir.

José Razzano, el célebre partenaire de Carlos Gardel que al perder la voz se había vuelto una especie de Nosferatu obeso y alcohólico, fue quien una noche de esa temporada de 1927 llevó al Follies al tímido autor de Esta noche me emborracho, el tango que, popularizado por Azucena Maizani, cantaba todo Buenos Aires. Enrique Santos Discépolo, Discepolín, como le decían todos, era un hombrecillo esquelético, de enorme nariz y ojos febriles cuya timidez se quebraba de pronto en carcajadas eléctricas o en chistes típicamente porteños. Por principio de anarquista se había negado siempre a pisar un cabaret, pero esa noche Razzano quería que Discepolín comparara la versión de la viril Maizani (“ciento veinte kilos de mujer embutidos en un solo traje de compadrito”) con la grácil y elegantísima Tania, que al cantar con voz atiplada sobre las milongueritas, sobre su futuro de soledad y miseria, sabía bien lo que decía.

Antes del acorde final, Discepolín se había enamorado para siempre, con un romanticismo de novela rosa que Tania Mexican aceptó divertida, apenas como un juego de chico. Pero con ese juego, Discepolín se ganó lo que ningún bacán: Tania lo invitó a pasear al otro día en su Buick, el auto que, según se dice, le había regalado un Anchorena, y con el que escandalizaba por las tardes la familiar Avenida de Mayo.

Dicen que la Gallega, como la bautizó Discepolín, le había hecho recordar a una noviecita de infancia adecuadamente muerta de tisis. A Tania, en cambio, Discepolín no le hacía recordar a ningún otro hombre. A diferencia de sus célebres festejantes, el muchacho “feúcho”, del traje arratonado y el sombrero Panamá con mil abolladuras, no vivía de rentas ni tenía trabajo estable, vivía al día de lo que ganaba como actor en Mustafá, la obra de su hermano Armando representada por un grupo “filodramático y maximalista” que a Tania le parecería “la viva imagen de la rascada”.

¿Y qué eran los pitucos del Follies, en quienes Tania seguía poniendo los ojos menos por deseo que por cálculo de futuro, sino unos irrecuperables haraganes, para los que el futuro era uno y siempre el mismo? Discepolín, a los gritos (“¿te imaginás, Gallega?”), enumeraba proyectos alzando al cielo las manos anoréxicas, como si reclamara que hiciera llover ya los tangos que quería escribir, las películas que quería filmar, la revolución social de la que iba a participar, despistado y tirabombas, pomposo y adorable.

Pero había más: Discepolín –a quien Tania descubría de tanto en tanto echándole “intensas y culposas miradas de hombre”– la miraba también con un respeto de mujer, o mejor, sí, un respeto que sólo había visto en sus compañeras de la noche, y que era, también, un respeto de artista a artista. Al terminar aquella tarde de paseo en el Buick, por ejemplo, y para no separarse de ella, Discepolín la invitó a la tertulia literaria del Café Tortoni, donde Tania, que había olvidado hacía siglos el significado del esplín, se aburrió “como una ostra entre todos esos cráneos”.

Incómodos ante esa mujer a la que estaban muy dispuestos a conocer íntimamente, pero no a reconocer en público, los cráneos fueron acaso los primeros en desautorizar la moral sexual de Discepolín. Pero había un cráneo de sombrerito, mofletes de manzana y vocecita de ratón, divertidísimo ante los impromptus con que Tania desafiaba a los demás: era Alfonsina Storni. Y como correspondía a una poetisa de esa época, Alfonsina, con mirada cómplice, hizo entender a la Gallega que “aquel flaco fané y descangayado era, sin duda, el hombre de mi vida”.

Discepolín, el "bohemio" que, en el fondo, se aterraba ante la perspectiva de un noviazgo barrial, de salón y madre con carabina; Discepolín, que por "temor a la cachada" ("ese vicio nacional") callaba como tantos una iniciación traumática con una prostituta, "descubrió lo que era la vida" el lunes siguiente, en un no identificado hotel de citas, y gracias a la sabiduría sexual de Tania Mexican, a la que él correspondió con algo que tampoco ella, quizás, había conocido muchas veces: "el misterio de dar", la "entrega absoluta". Cuando la siempre práctica Gallega decidió que era más barato alquilarse un departamento a medias que seguir prolongando aquel turno de hotel que llevaba una semana, marchó a su departamento a hacer las valijas y llamar un camión de mudanza. Y Enrique, que sólo debió sacar un bagayito de su cuarto en la tiránica casa familiar, tan pronto pasó el umbral sintió que entraba en el período más pleno y productivo de la vida de ambos. En ese departamento, “centro de bohemia”, durante más de diez años, él compuso sus mejores tangos y ella aprendió a cantar como nunca había cantado, hasta volverse los artistas más venerados por el público de esa década infame, y acaso, también los más apreciados en el exterior, donde se los llamaba los reyes del tango.

¿Y fue en las noches melancólicas de esos viajes por España y Francia, por México y por Chile, en que Tania al fin se animó a contar sus historias más tristes (las primeras giras en una compañía de actrices que “comerciaban amor”, tonadilleras opiómanas, un amante guitarrista golpeador y una hija muerta a los dos meses de nacer)? ¿Fue en esas noches en que también Discépolo moría de nostalgia porteña cuando ambos concibieron el fatal proyecto de asentarse en un caserón de las afueras, como para perpetuar el ya viejo noviazgo bajo la forma de un matrimonio burgués? Quizá.

Pero la muerte de toda pasión se rodea de misterio, y apenas si sabemos qué siguió a la mudanza a La Lucila, a principios de 1941. La leyenda más conocida, la de “esa vampiresa que ya había agotado al buenazo del poeta y ahora, en cuanto podía, se escapaba al Centro en busca de nuevas víctimas”, puso a todo Buenos Aires de parte del patético Discepolín, quien al mismo tiempo que afirmaba “si me vieras desnudo la entenderías a la pobre”, la escrachaba sin piedad ni pudor alguno en tangos célebres: sin palabras esta música va a herirte/ donde quiera que la escuche tu traición.

Pero es una leyenda que, aun con su parte de verdad, ya no conforma. La distancia, por el contrario, enriquece sugerentemente la figura de Tania que, privada por la vida de los peligros de la autocompasión y de la tentación de prometer nada, siempre fiel a su deseo, permaneció junto a Discepolín hasta que éste “se dejó morir de tristeza” en 1951, abandonado por los amigos que no perdonaron su adhesión al régimen peronista, culposo él mismo de haber abandonado a un hijo natural para seguir al lado de su Gallega, abismado ante ese vínculo que se le aparecía, como el mundo, cada vez más rico, misterioso, inconquistable.

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