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Violento desalojo del edificio del ex Padelai: 16 heridos y 52 detenidos

Las 24 familias que vivían allí se negaban a irse; varios grupos de izquierda provocaron desmanes
Alejandra Rey
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26 de febrero de 2003  

El primer mazazo se escuchó a las 17 y sacudió el edificio. Cerca del efectivo de la guardia de auxilio de la comuna que golpeaba con decisión, dos nenas miraban cómo caían los ladrillos de lo que había sido su ruinoso baño. Ellas estaban allí esperando que sus madres, que habían usurpado ese edificio hace ocho años, terminaran de sacar las pertenencias del cuarto que hasta ayer ocuparon en el ex Patronato de la Infancia (Padelai), que fue desalojado.

Todavía olía a gases lacrimógenos cuando las nenas veían caer los escombros. Sus vecinas decían que habían sido golpeadas y que no les dejaban sacar sus pertenencias, lo que no parecía ser verdad: la propia comuna había facilitado camiones a los ocupantes para que pudieran irse, y a los que no tenían subsidios los llevaban al Gobierno de la Ciudad para que pudieran recibir el cheque.

Sí, el de ayer fue un desalojo anunciado, pero con graves incidentes, en los que hubo 16 heridos, tres de ellos policías, y 52 detenidos. Un desalojo politizado, tanto que los padres de esas dos nenas estaban presos por haber herido a un policía en un enfrentamiento que comenzó muy temprano en la mañana de ayer. Y, como bien dijeron dos vecinas de estas chicas de ojos grandes, "nosotros no pensamos que lo iban a demoler".

Y lo hicieron. Luego de que la secretaria de Desarrollo Social, Gabriela González Gass, y todo su equipo se presentaron en las inmediaciones de Humberto I y Balcarce para procurar que las negociaciones con las 24 familias que aún habitaban el ex Padelai se realizaran sin represión, sin heridos, lo que no pudieron garantizar. Pero se quedaron hasta el final, hasta que lograron tapiar la construcción para que nadie pudiera volver a ingresar.

Y así, con ese mazazo que sonó a las 17, finalizó un conflicto que comenzó en 1991, cuando el entonces intendente de la ciudad, Carlos Grosso, les dio a algunos usurpadores del lugar el título precario de propiedad. Y terminó también la vida útil de lo que fue uno de los edificios más bellos de la ciudad: tres informes -el más contundente, el de la cátedra de Construcción, de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires- aconsejan demoler el inmueble.

Un inmueble en el que llegaron a vivir 759 personas (un poco más de 120 familias), que ahora, merced a un acuerdo entre Desarrollo Social y las familias del ex Padelai, se habían reducido a 24: las demás habían cobrado un subsidio de hasta 15.000 pesos para dejar libre el espacio.

LA NACION ingresó ayer en el ex Padelai. Y vio la pobreza, el hacinamiento, las mafias que subalquilaban espacios mínimos por 20 pesos, techos que no soportan más el mínimo peso de una piedra, sobre techos, entrepisos fabricados sin normas lógicas ni estructurales, baños precarios, cuartos sin ventilar, escombros por doquier, nuevas construcciones donde nadie se imagina que una familia pueda vivir.

Comienza el desalojo

Todo comenzó en enero último cuando los informes de varios profesionales aconsejaron desalojar el ex Padelai. González Gass y su equipo estaban en plena negociación con las familias para lograr que se hiciera en forma organizada. Pero un amparo interpuesto por una de las habitantes frenó el desalojo y la poca gente que quedaba se negó a retirarse. Y hubo más: ex habitantes del predio, que ya habían cobrado el subsidio, volvieron al edificio porque les habían dicho que podrían hacerse del mismo dinero dos veces.

Luego, vino la feroz tormenta de enero y una viga cayó, poniendo en peligro la vida de los habitantes. Ayer, con la medida cautelar levantada, González Gass inició el operativo que ya les había anunciado a los habitantes en enero último.

Pero el procedimiento, con la Guardia de Infantería a la cabeza, no fue pacífico. Alrededor de las 6 se comenzaron a cerrar los accesos al edificio en Humberto I, Balcarce y San Juan, y desde el interior los ocupantes los recibieron con la amenaza de detonar garrafas de gas. Según dijo el abogado de los ocupantes, Eduardo Salinas, el gobierno porteño mantuvo las negociaciones durante dos horas. El plazo máximo estipulado para irse del edificio era el mediodía, pero nadie respetó la hora. Fue entonces cuando la infantería con perros entró en el predio.

Hubo gases lacrimógenos, imágenes de madres corriendo con sus bebes llorando y la huida en estampida de los habitantes.

Pero, a esa altura, ya varias organizaciones de izquierda habían visto las imágenes por televisión y comenzaron a agruparse en las inmediaciones.

"Entraron tirando gases y nos pegaban con palos en la espalda", afirmó un grupo de personas mientras salía. Luego, una ambulancia trasladó al hospital Argerich a Marcelo Ramal, secretario legislativo del bloque del Partido Obrero. Según se observó, el hombre iba esposado y tenía cortes en la cabeza.

Diez minutos después, y a pesar de la advertencia policial, los manifestantes apedrearon a los efectivos y comenzó el enfrentamiento. La policía respondió con gases lacrimógenos y balas de goma. La multitud recorrió dos cuadras, pero lentamente volvió al lugar.

Y los testimonios: "Hace 13 años que vivo acá, tengo dos hijos y no me voy a ir. Vamos a resistir", dijo un habitante del edificio.

Pero la realidad pudo más que su voluntad. Resistió hasta la tardecita, cuando los mazazos anunciaron el fin del ex Padelai.

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