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Los surfistas que nunca duermen en Praia Mole

La arena es blanca y hay pocos argentinos
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10 de enero de 2001  

FLORIANOPOLIS.- Después de una noche sin dormir, afilados jóvenes de piel dorada entran en el agua, esbeltos con sus trajes cortos de neoprene, y enfilan con sus tablas de surf hacia el vasto horizonte. Montan las olas, sienten la espuma salitrosa en la boca y, antes de volver a hundir la proa en el agua, elevan la cabeza para rendir culto al dios sol que, imperturbable, crece rojo e inmenso allí donde se funden el océano y el cielo.

En el Este, allí donde las aguas son más frías, pero acogedoras, Praia Mole virtualmente divide en dos a la " isla da magia ". Marca casi el paralelo de su exacto centro. No está lejos de las playas del Norte, convertidas por estos días en una suerte de little Argentina . Pero son pocos los argentinos: apenas los adoradores de olas y unos pocos con ganas de llevarse a casa una experiencia nueva.

Ayuda la geografía para crear en Praia Mole una atmósfera más rústica, aunque con estilo. Desde la arena, blanca, como es de esperar, aunque algo más gruesa que las del Norte, sólo se divisan los morros por sobre unas pocas estructuras de maderas, troncos y techos a dos aguas que hacen las veces de paradores o bares.

No se ven edificios de hoteles o condominios que recorten la exuberancia de la mata atlántica. Bahía privilegiada, Mole se cierra a la derecha en un promontorio cubierto de verde y piedra, y a la izquierda en un roquerío liso y gris que se convierte en un imán para los amantes de la calma.

El centro de la playa está repleto de gente. Casi todos tienen entre 20 y 35 años y son brasileños.

Hay una explicación: es la playa más cercana desde el estrecho en el que el viejo puente Hercílio Luz o los nuevos Colombo Salles y Pedro Ivo Campos comunican esta isla con el continente. Mole está a sólo 15 km del centro de Florianópolis, vía ruta SC 404; Canasvieiras, por caso, está a 27, al final de la SC 401, que cruza la isla de Norte a Sur por el litoral oeste.

Tanto es así que, en estos días en que sólo se habla de la invasión de argentinos, las patentes negras con letras y números blancos se cuentan con los dedos de una mano. Sobra el reggae y la música popular brasileña en los bares atendidos por jóvenes de indisimulable cultura de mar.

Balbuceos locales

Para los sedentarios, se alquilan cadeiras y guardasois. Nadie habla aquí de reposeras y sombrillas. Los locales entienden con buen semblante el español y esbozan una sonrisa ante el esforzado balbuceo en portugués. Hay menos estridencia, pero no menos movimiento que en Jureré, y poco que envidiar a Canasvieiras.

Puede bien tratarse de una cuestión de efecto visual, también: la banda de playa es más amplia que las del Norte. Y se nota una pendiente más pronunciada al ingresar en el agua, por la dimensión de la rompiente, signo de la fuerza misma del océano.

Cae el sol, las nubes aparecen detrás de los morros. Para el visitante del día es hora de emprender el retorno a la ciudad, al continente o al norte de la isla.

Ya no hay sombras sobre la arena. En el mar, eso sí, aún se ven esos espigados cuerpos enfundados en trajes cortos de neoprene, sobre tablas de surf que enfilan la proa hacia el horizonte.

Suben y bajan sobre las olas, sus figuras se recortan allí donde el cielo se funde con el océano. Siempre estuvieron ahí, nunca se fueron, nunca se van.

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