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Absurdos de la vida y la muerte

DUELO POR MIGUEL PRUNEDA Por David Toscana-(Sudamericana)-219 páginas-($ 25)
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16 de marzo de 2003  

Miguel Pruneda cumple treinta años de trabajo intachable en la misma oscura oficina y planean homenajearlo. Lejos de sentirse halagado, una sensación de futilidad lo invade, mientras traga dificultosamente en su casa el poco apetecible sándwich que le ha preparado su esposa como cena. Esta novela que lo tiene de protagonista había comenzado por rememorar un episodio recurrente de su niñez: las visitas al cementerio en compañía de su amigo Faustino (nombre con obvios ecos fáusticos), junto a quien se divertía imaginando historias sobre los muertos. Su vida en retrospectiva le parece ahora más semejante a la que los muertos llevan efectivamente en el cementerio que a las que solían atribuirles imaginariamente con su amigo. Desde la mañana siguiente, el empleado irreprochable falta a la oficina.

Entretanto, un joven y nuevo compañero de trabajo lo visita con el fin de recabar datos para un discurso de homenaje y un vecino peluquero descubre por la ventana que está muerto otro vecino, un anciano que había pedido no ser enterrado en el cementerio sino dejado en su propio departamento. Desde ese momento, las historias de difuntos proliferan, junto con las retomadas visitas de Pruneda al cementerio.

Una de las historias es la del anciano descubierto casualmente por el peluquero. Había matado a un profesor estadounidense en 1969, cuando se cumplía un aniversario de la antiheroica caída de Monterrey (donde nació el autor en 1961 y transcurre la acción de la novela), durante la guerra que significó grandes pérdidas territoriales para México a manos de Estados Unidos, y el viejo amigo del protagonista, Faustino, que ahora trabaja en un diario, aporta ejemplares de la época del asesinato, mal resuelto. Allí mismo surgen datos de ese entonces que se vinculan, además, con otras dos vecinas del edificio: el marido de una de ellas había sido una de las víctimas de un accidente de aviación en que murió también, sospechosamente, un político prominente que amenazaba con crear su propio partido e imponerse en las siguientes elecciones; la hija de la otra desapareció para siempre a los quince años, un día en que se fue sola al cine, historia semejante a la que Pruneda imaginaba para explicarse el origen de una bolsa con huesos que había hallado en una cripta abandonada. Las andanzas de todos estos personajes, más la bella novia del empleado joven y un hombre sin piernas que se mueve en una "carriola" por el cementerio, giran pues en torno a muertes pasadas (a las que se agregará la noticia falsa del fallecimiento del propio protagonista) y al modo de disponer de un cadáver y una bolsa con huesos.

Nada hay de lúgubre, sin embargo, en este libro. Por el contrario, está teñido de cierto humor negro muy peculiar, rayano en lo disparatado sin cruzar la frontera, pariente del absurdo pero extremadamente sobrio, sin regodeos morbosos ni estruendos. La prosa es engañosamente sencilla. Se lee con fluidez, incluso en sus esporádicos arrebatos líricos casi declamatorios, ligados generalmente al discurso del heroísmo (en tanto imposibilidad). Pero ese fluir es producto de una precisión en la densidad, desarrollada con soltura en frases en su mayoría breves, distribuidas en los largos párrafos sin punto y aparte que conforman cada capítulo, en los que los diálogos no llevan más marcas que las verbales ("dijo", etcétera). Por ese cauce, donde la vida y la muerte y sus absurdos participan de una misma sustancia, la tensión narrativa discurre con ritmo sostenido.

El mexicano David Toscana había publicado antes de ésta otras tres novelas y un volumen de cuentos, algunos de los cuales fueron traducidos al inglés, alemán, italiano, griego y árabe.

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