Suscriptor digital

Los escudos humanos argentinos ahora luchan desde Jordania

Dejaron Irak tras el inicio de la ofensiva
Silvia Pisani
(0)
29 de marzo de 2003  

AMMAN.- El domingo último, Juan Ferrari caminaba por un mercado de Bagdad, similar al que 72 horas después fue destruido desde el aire. Había soportado cuatro días de bombardeo aliado como voluntario por la paz, tarea que -dijo- nació con más voluntad que organización. Esa tarde tomó la decisión de dejar el país en guerra, cuatro horas después la puso en marcha y con eso terminó la presencia de "escudos humanos" argentinos en Irak.

"Quería preservar mi integridad física. Todo se había vuelto arriesgado. Con los bombardeos se acabaron las actividades como pacifistas y pensé para qué arriesgar la vida por un mensaje que había dejado de emitirse. Yo ya no era nada, no era escudo, no era periodista, carecía de todo aval. ¿Qué estaba haciendo allí?", dice.

De los cuatro argentinos registrados como escudos, Juan fue el último en partir y el único que estuvo bajo bombardeo. El anterior fue el modelo Rodrigo Doxandabarat, quien lo hizo el martes 18, cuando todo indicaba la inminencia del ataque. "Es largo explicar por qué me fui. Pero tras 45 días en Irak y viendo lo confuso de nuestra presencia allí, decidí que no me quedaba para las bombas", explica a LA NACION.

Del relato de ambos surge que Francisco Ciavaglia y Diego Nakazone partieron todavía antes y que ya no se encuentran en la zona de conflicto. De modo que la charla es con Juan y con Rodrigo. Parte de ella transcurrió entre los bastonazos policiales con los que concluyó una marcha pacifista en esta ciudad, donde ambos permanecen a costa propia, del mismo modo en que financiaron su pasaje y estada en Irak.

"Nadie nos pagó nada por ir, todo sale del bolsillo de cada uno. Yo lo hice convencido de que así ponía un granito de arena. Duele ahora ver lo que se dice contra los escudos y peor es pensar que por errores se pierda el entusiasmo de movilizarse contra la guerra. Si hubiésemos sido 10.000 en lugar de 150; si hubiésemos hecho las cosas mejor, estoy seguro de que esta bestialidad no se producía", afirma Rodrigo.

Cuentan que las complicaciones empezaron a poco de llegar a Bagdad. Lo primero fueron los sitios habilitados para actuar como escudos: lejos de los hospitales y escuelas con que soñaban, se encontraron con refinerías y centrales energéticas "que se convertirían en blancos". Lo segundo, que el fundador del movimiento -un ex marine- se fue antes de que todo empezara. Y que entonces la atomización fue total.

Acusaciones y desorden

"Nos quedamos sin cabeza y, al final, éramos satélites haciendo lo que podíamos. Dentro del grupo había quienes querían sumarse a la jihad, otros que querían pelear por Saddam. Mucha voluntad, pero cada uno defendía su bandera y eso atomizó el mensaje. Sobre todo, cuando los organizadores en Irak dijeron que la única forma de ayudar era haciendo lo que ellos pedían. Desde fuera se nos acusó de colaboracionistas con el régimen. Eramos pocos, todo estaba desordenado, no tenía sentido arriesgar la vida por un discurso que no existía", dice Rodrigo.

Lo del desorden se advierte apenas se entra en el modesto hotel donde se aloja buena parte de los voluntarios que aún están en la zona. El sitio parece un estudio de "Gran Hermano" pero internacional, donde la actividad despunta poco antes del mediodía. "Ya es hora de ir a la marcha. ¿Quién viene?", pregunta en pleno hall Peter, un norteamericano con pasta de líder.

"¿Estás a cargo de esto?", pregunta LA NACION.

"Nadie está a cargo. Aquí cada uno hace lo que quiere", explica.

Un grupo se moviliza lentamente. Son mexicanos y dicen llamarse "comando Chiapas". Dos alemanes se desperezan y Peter aparece de nuevo para avisarles que hay periodistas de un diario de Francfort. "¿De cuál?", pregunta uno de ellos. "Lo siento, pero no sé", se disculpa el joven. Al final, uno de los interpelados se pone de pie. Son las doce y la marcha está por empezar.

Al igual que los dos argentinos que allí se alojan, todos ellos regresaron de Irak, donde llegaron a ser 400. Pero con las semanas, las deserciones deshojaron el número como una margarita hasta el medio centenar de escudos que permanece allí. "Nosotros no supimos parar la guerra. Pero eso no significa que las personas no seamos capaces de hacerlo", suspira Juan. Si por algo ruega junto con su colega es que no haya otra nuevamente. Y que si desgraciadamente existe, la organización para impedirla supere a la de quienes la declaran.

ADEMÁS
Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?