Un profesor de anatomía de... 97 años

Fue alumno de Ricardo Finochietto y uno de los pioneros en cirugías cardíacas; los estudiantes se pelean por sus clases
Fabiola Czubaj
(0)
20 de abril de 2003  

"-Doctor Finochietto, quiero ingresar en su servicio.

-¿Cuánto tiene de recibido?

-Seis meses.

-¿Y qué más hace?

-Soy ayudante de anatomía. Ya hice la tesis. Es de anatomía de cuello, aponeurosis y láminas vasculares del cuello.

-Tráigamela mañana."

A días de cumplir 97 años, y con una sorprendente lucidez, el cirujano cardiovascular y anatomista Alfonso Roque Albanese recuerda su diálogo, 70 años atrás, con el cirujano Ricardo Finochietto a la salida del entonces Sanatorio Podestá, en Viamonte y Uruguay.

Profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires (UBA), Profesor Consulto y Maestro de la Universidad del Salvador, Maestro de la Escuela Quirúrgica de los doctores Enrique y Ricardo Finochietto y Maestro de la Sociedad Argentina de Cirugía, el doctor Albanese realizó unas 500 operaciones de corazón entre 1941 y 1962.

Considerado entre los pioneros de la cirugía cardiovascular en el país y en América latina, aclara, como al pasar: "Tengo algunas cosas anteriores que en Estados Unidos, como la biopsia de mediastino o la eventración. En eso fui primero en el mundo".

De impecable delantal blanco y con permanente buen humor, el "maestro Albanese", como lo llaman, cumple rigurosamente lo que considera un compromiso: la docencia. De lunes a viernes, de 10 a 16, da clases magistrales de anatomía y cirugía a los alumnos de primero a sexto año de la Facultad de Medicina de la Universidad del Salvador.

"Los alumnos se pelean por ir a sus comisiones", asegura a LA NACION el decano de la facultad, doctor Adolfo Lizárraga, mientras exhibe los dibujos de las operaciones de Enrique y Ricardo Finochietto.

Para llegar hasta el doctor Albanese hay que bajar al primer subsuelo de la facultad. Allí, en el sector de anatomía, está su territorio. Su oficina es pequeña y austera. La primera impresión es que abunda el conocimiento. Las estanterías están colmadas de libros que cubren las paredes por completo. Detrás de un escritorio de madera está el enorme sillón, reservado para el maestro.

Sin embargo, para relatar su historia prefiere su taller de trabajo en la sala de anatomía. Sin dificultad y con prisa cruza un corredor que da a la escalera y al ascensor que, a pesar de la insistencia de Lizárraga, prefiere no utilizar.

"Aquí es donde enseño", aclara Albanese ya en la sala de disecciones. En ese cuarto pequeño, pero más oscuro que su despacho, es donde se lo ve más cómodo. En un pequeño pizarrón hay anotaciones con tizas de colores. Más allá están los esqueletos cubiertos de hilos que representan los músculos. En esa aula no falta ninguna parte del cuerpo humano, que él mismo diseca para enseñar.

Músculos de colores

"Esto es para la clase de hoy", dice, mientras destapa una representación del mecanismo muscular que mueve nuestros brazos. "Esto no se enseña así en ningún lugar del mundo", aclara, en tanto señala sobre el modelo disecado las líneas de colores que nacen en la columna vertebral y que imitan el recorrido que siguen los músculos.

"Si lo muestro así, con colores, los chicos no se olvidan más", asegura. Para enseñar las articulaciones recurre a hilos y elásticos que reproducen las ubicaciones anatómicas exactas. "Si los alumnos ven el movimiento comprenden cómo funciona la rodilla", explica, mientras mueve una tibia y un fémur unidos con dos elásticos cruzados "para enseñar cómo es esa clase de ligamentos".

Su fascinación por la anatomía "fue un enamoramiento científico" no bien ingresó (con examen) a la Facultad de Medicina de la UBA, en 1925. La cátedra de Anatomía del doctor Joaquín López Figueroa en primer año "fue una revelación -recuerda-. Ahí me casé con el cadáver".

A partir de segundo año fue ayudante honorario hasta que un examen en el que disecó una órbita le hizo alcanzar su primer puesto pago.

La voz se le quiebra cuando habla de su familia, de su origen humilde y de la muerte de su madre en los años de facultad. Nació en Italia el 4 de mayo de 1906 y llegó a la Argentina cuatro años después. Hijo menor de una familia tipo, se recibió y fue médico de barrio "para poder pagar el alquiler en la casa de inquilinato", cerca de la Facultad de Medicina.

Viudo desde hace 11 años, se casó en 1933 después de diez de noviazgo. Sus dos hijos, Alfonso y Eduardo, siguieron su camino con diploma de honor y también son docentes. El doctor Albanese tiene siete nietos y cinco bisnietos; sólo uno es médico. "Vieron lo que padecimos y siguieron otras profesiones", dice, con humor.

Se refiere a la clínica que abrió en 1948 y que hasta los años 60 dirigió con la ayuda de sus hijos. Allí hizo todo tipo de cirugías cardíacas "entrando en el corazón sin detenerlo".

Su objetivo era lograr algo similar a la renombrada Clínica Mayo de los EE.UU. en la Argentina, aunque el devenir político lo obligó a regalar todo. "Ponga esto con grandes letras -pide-: mi fracaso fue no saber administrar ni dirigir." Ahora, cerca de los cien años, asegura que su gran riqueza está en el conocimiento que transmite y el afecto de sus alumnos. "En materia económica... Ah, tengo que esperar el sueldo", reconoce, con un guiño.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios