Horacio Molina, más allá de los prejuicios

10 de mayo de 2003  

Recital del cantante Horacio Molina. Con Jorge Giuliano en guitarra y músicos invitados. Los sábados de este mes, a las 20.30, en La Casona del Teatro, Av. Corrientes 1975.

Nuestra opinión: muy bueno

De haberse escrito la guía de los prejuicios musicales -quizás alguien se haya tomado alguna vez ese improductivo trabajo- allí diría que las voces tangueras no serán las más recomendadas para los boleros, y que los tangos cancheros y reos deberían quedar en gargantas vehementes, de estridente caudal canoro, preferentemente de registro barítono. También recomendaría la abstención de cualquier osado o entrometido que no cumpla con todos los requisitos ya que eso no aportaría más que desprestigio para el género.

Entre los eximidos a la fuerza por esta guía podría figurar con nombre y apellido Horacio Molina. Pero los prejuicios nunca se llevaron bien con la música; ni con el arte, en cualquiera de sus expresiones. Y Molina, con su decir tanguero y sin transformar esto en una cruzada, atenta contra todos los prejuicios. Está del lado de la música, con la sutileza que requieren los versos, la cercanía a la media voz, los mínimos toques de "decidor" muy bien ensamblados a la enorme capacidad para captar el melodismo de la mayoría de los temas. Con una dicción clara que colorea notas y palabras. Con muchos años de tangos cantados y escuchados que le dan los condimentos necesarios para la interpretación, pero desprovistos de los clisés más recurrentes. Además, su manera de hablar está muy emparentada al modo de cantar, lo que lo convierte en un producto genuino de sí mismo.

Ese es, a grandes rasgos, el cantor que se escucha los fines de semana de este mes en una sala de la avenida Corrientes; el que sube al escenario con guitarra en mano para comenzar a introducirse en las primeras piezas -el sábado último fueron "Fruta amarga", apoyada en el pulso de las bordonas y con fraseos levemente estilizados hacia la canción romántica, y enseguida "Absurdo" y "Caserón de tejas", sobre la métrica del vals-.

Minutos después aparece el guitarrista Jorge Giuliano y así llega la mejor parte del show, con Molina despojado del instrumento y concentrado en su voz. Cerca suyo tiene una lista de 50 temas que elige espontáneamente para armar el repertorio de la noche. Es una especie de tangos a la carta, aunque sólo él es quien propone el menú y se encarga de seleccionarlo. Habrá sugerencias del público que serán complacidas sólo si figuran preseleccionadas. "Tener más de cincuenta canciones anotadas me sirve para decir: ¿Y ahora con qué sigo?", explica en el primer recital del ciclo. El oyente más atento se adelanta con el pedido de "Malevaje". Pero ése no está en el inventario; sí hay otros que van apareciendo y que coinciden con la preferencia del público.

Giuliano es un excelente socio que cumple con todas las demandas del cantor para esta serie de presentaciones. Y el cantor trae "Jacinto Chiclana"; convierte la "Milonga del 900" en una canción campera; reexpone "Fuimos" y "Nieblas del Riachuelo" con lo mejor de su estilo y muestra algunas muecas del "Bailarín compadrito", "El que atrasó el reloj" y "Por qué soy reo".

El sonido y el lugar son ideales para seguir escuchando, pero se acerca el final de un repertorio que parece corto. "Candombe para Gardel" y "Naranjo en flor" son las yapas antes de dejar la sala libre. La cuota de calidad queda perfectamente cubierta, pero todos, público y músicos, se llevan las ganas de algunos tangos más.

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