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Memoria: entrevista con Stalin

Poco antes de su muerte y pese a su costumbre, el dictador soviético concedió al embajador argentino Leopoldo Bravo -enviado de Perón- una sorpresiva audiencia, cuyo contenido sale, cincuenta años después, por primera vez a la luz
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11 de mayo de 2003  

El 7 de febrero de 1953, una noticia llegada desde Moscú sorprendió a las cancillerías europeas y americanas. Leopoldo Bravo (tenía 33 años por entonces), joven embajador argentino del régimen peronista ante la URSS, se había entrevistado con el todopoderoso jerarca soviético Josef Stalin, ante la vigilante mirada del canciller ruso, Andrei Vishinsky. Esta inusual reunión despertó todo tipo de especulaciones políticas y un inventario de las supuestas intenciones aviesas, tanto por parte de Perón como del mismo Stalin, que mereció inclusive una opinión adversa del canciller norteamericano John Foster Dulles.

Pero vamos por partes. ¿Qué hacía Bravo en Moscú? Leopoldo Bravo era un joven abogado sanjuanino -nacido el 15 de marzo de 1919-, afiliado desde su juventud al Partido Bloquista. Como diplomático, había llegado a Moscú a fines de 1946, cuando se establecieron las relaciones diplomáticas con la URSS, desempeñándose hasta 1949 como consejero de la embajada argentina en ese país, y luego en carácter de encargado de negocios. Como enviado especial y ministro plenipotenciario había recorrido otros destinos detrás de la Cortina de Hierro, tales como Rumania y Bulgaria, hasta que el 16 de enero de 1953 presentó ante el Kremlin sus cartas credenciales como embajador de la Argentina en Rusia.

Pocos días después de haberse acreditado ante el gobierno soviético, el recién llegado Bravo conmovió a las cancillerías occidentales. El 7 de febrero, Radio Moscú hacía saber que el embajador había sido recibido ese día en audiencia por el propio Stalin, que conversó con el diplomático argentino durante 45 minutos. Conocida la proverbial reticencia de Stalin a la hora de conceder entrevistas (por lo general contestaba preguntas que se le enviaban por escrito) y en un momento en que sus largos retiros en su dacha de Kuntsevo provocaban crecidas sospechas acerca de su salud, los ambientes diplomáticos quedaron azorados por el encuentro. Ya en un artículo del 10 de febrero, La Esfera de Caracas, Venezuela, registraba que informaciones de fuentes extranjeras afirmaban que en la entrevista de Stalin y Bravo se había conversado sobre "la posibilidad de la guerra o de la paz", obligando al embajador argentino a declarar a France Presse que sólo habían tratado en la entrevista asuntos que interesaban a la Argentina. Según Bravo, ésta sólo se trató de una visita de cortesía, haciéndole llegar a Stalin los saludos del presidente Juan Domingo Perón y los deseos de éste de acrecentar el comercio entre ambos países.

En aquella edición del 10 de febrero, La Esfera de Caracas insistía con el tema asegurando que a Bravo, Stalin le "causó la mejor impresión posible, y que físicamente parece gozar de la mejor salud". El diario venezolano venenosamente sugería la intención aviesa de Stalin, insinuando que sólo había tenido tan inusual reconocimiento al diplomático argentino para estimular la posición antinorteamericana de Perón. Reseñaba el diario que Stalin vestía en el acto chaqueta verde y sólo ostentaba la condecoración de Héroe del Trabajo Socialista.

Una rareza

Un poco más mesurado, el Manchester Guardian se refería al tema el 10 de febrero y afirmaba que constituía una rareza que Stalin recibiera a un representante extranjero, por lo que podría interpretarse como de especial significación su entrevista con Bravo. Al mismo tiempo, el diario aseguraba que el diplomático argentino mencionó el deseo de incrementar las relaciones económicas entre los dos países como el motivo de la reunión, afirmando que "no hay razones para dudar de sus palabras". Claro que luego, el diario británico se volvía suspicaz al recordar las denuncias de Perón contra el "imperialismo norteamericano".

El 3 de marzo, el Excelsior, de México, citaba a un supuesto diplomático argentino (que se reservaba su nombre) que afirmaba que la entrevista descolocó al gobierno de Perón, que estaba empezando a cambiar su tradicional política hostil -al menos en forma declamatoria- frente a los Estados Unidos. Señalaba el periódico mexicano que "la publicación de la entrevista causó mal efecto en los Estados Unidos, donde el nuevo canciller John Foster Dulles había dicho que el comunismo y el fascismo se unían para atacar a los Estados Unidos y que dicha unión era perjudicial para el desarrollo de la política de buena vecindad."

Citando al diplomático argentino que se reservaba su nombre, el Excelsior aseguraba que era significativo que "desde que llegó a la asamblea de las Naciones Unidas, el canciller rojo Andrei Vishinsky demuestra cierta deferencia hacia la delegación argentina. En años anteriores, Vishinsky clasificaba a los argentinos entre lo que él llama "los aduladores de los círculos imperialistas de Wall Street".

Por décadas, el contenido de este encuentro que tantas expectativas generó en el enrarecido clima de la Guerra Fría se mantuvo en reserva, salvo las explicaciones formales que el embajador Bravo había dado en su momento. Recientemente, al cumplirse cincuenta años de la muerte de Stalin, por primera vez se publicaron en Rusia, por parte de la Nezavisimaia Gazeta, los archivos oficiales de esta conversación, que se produjo justo en el tiempo en que Stalin se regocijaba por haber aplastado el supuesto "complot de los médicos asesinos".

En la entrevista que hoy conocemos al detalle quedaba bien en claro el motivo económico esgrimido por Bravo en su momento. Stalin le preguntaba entonces: "¿Cuál podría ser el objetivo fundamental de las relaciones comerciales entre la Argentina y la URSS? ¿Qué podría la Argentina vender a la URSS y que quisiera comprar?". "El Ministerio de Relaciones Exteriores de la Argentina -contestó Bravo- le hizo entrega en Buenos Aires al embajador de la URSS, Rezanov, de un memorando que contiene la lista de los productos que Argentina quisiera comprar en la URSS y de los que podríamos vender. En primer lugar, Argentina quisiera comprar equipos para perforación petrolera, petróleo y maquinaria para la agricultura. Por nuestro lado, la Argentina podría ofrecer cuero, lana, aceites y una gran cantidad de productos agrícolas".

A esta afirmación, el camarada Stalin contestó: "El gobierno soviético va a estudiar esta oferta. La URSS está interesada en tener las mejores relaciones comerciales con la Argentina".

Luego vendría una serie de diplomáticas adulaciones de Bravo a la URSS, que afirmaba: "Desde niño estuve interesado en la URSS" a la vez que alababa la modernización de la industria de ese país. Luego vendría el consabido elogio al régimen justicialista por parte del embajador, que afirmó que Perón "empezó el movimiento por la independencia del país". Seguramente con esa falsa ingenuidad y el aire campechano que a veces desplegaba, Stalin se preguntó: "¿Ahora la Argentina no es un país independiente?". A ello, Bravo contestó: "La Argentina es una nación independiente, pero había muchos monopolios que dominaban en las esferas de la economía. El presidente Perón realizó su campaña por la nacionalización de las empresas extranjeras y ya nacionalizó algunas. Sin la independencia económica no hay soberanía política". Stalin asintió a la exposición de Bravo y agregó: "Estoy de acuerdo. Para la Argentina será bueno si su independencia económica se consolida".

Intercambio deportivo

Bravo, que a lo largo de la entrevista se refería a su interlocutor como "Generalísimo", pasó a mencionar el deseo de acrecentar las relaciones culturales y deportivas con la URSS, hablando sobre la posibilidad de que ambos seleccionados de fútbol se visitaran próoximamente.

Luego, Bravo mencionó que la Argentina poseía una industria petrolera nacionalizada, que pertenecía al Estado, rica en sus pozos de petróleo, pero que carecía de equipo de perforación, quejándose a la vez de la explotación del capital británico sobre la industria de la carne. Stalin se hizo eco del tema y señaló: "Antes, en los tiempos del zar, toda la industria de Leningrado y toda la flota del Báltico consumían el carbón inglés, pero ahora la situación ha cambiado porque echamos a los ingleses. Por eso ellos están molestos y nos están regañando". Agregó luego el dictador: "A los anglosajones les gusta explotar a los demás. Tenemos que acabar con esto".

Curiosamente, el mismo déspota cuyas divisiones blindadas ahogaban hasta el más leve espíritu de independencia en Polonia, Hungría y los otros países que se hallaban detrás de la Cortina de Hierro afirmó en la entrevista con Bravo: "Cada nación, aunque sea muy pequeña, quiere vivir su propia vida".

Posteriormente, Stalin le preguntó al embajador argentino por las posibilidades de crear una unión de países latinoamericanos, a lo que el embajador argentino contestó: "Parece que los países latinoamericanos tienen este deseo, pero en cuanto algún país empieza a luchar por la independencia económica, los Estados Unidos abren una campaña hostil en la prensa contra ese país intentando acusarlo de connivencia con el comunismo y de estar bajo la dependencia de la URSS" (tal vez, Bravo tenía en mente no sólo a la Argentina de Perón, sino a la Guatemala de Jacobo Arbenz). Stalin, por su parte contestó: "Esto demuestra solamente la pobreza de los argumentos de las administraciones de los Estados Unidos, quienes tienen mucho dinero y muy poco en la cabeza. Normalmente a los presidentes norteamericanos no les gusta pensar, prefieren usar la ayuda de los "trust cerebrales", en particular, en los casos de Roosevelt y Truman".

Terminando ya la entrevista, manejada siempre en un plano llano y cordial, Bravo entró otra vez en el terreno de las adulaciones, para afirmar: "Me alegro de ver al Generalísimo Stalin, sano, joven y fuerte". Astuto como siempre, Stalin se preguntó entonces, con falsa modestia: "¿Qué represento yo para que un hombre joven como usted esté alegre de verme?". Concluyendo enseguida: "Unos me alaban, otros me regañan, por ejemplo, Winston Churchill". La entrevista había terminado, y la polémica se había instalado. Hoy sabemos que Leopoldo Bravo, que luego seguiría una prolongada carrera política y diplomática (volvió a ser embajador en la URSS y Mongolia entre 1976 y 1981), no faltó a la verdad en las declaraciones que hizo tras este singular encuentro, allá por los tiempos más duros y sombríos de la Guerra Fría.

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