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El riesgo: pactar con el pasado

Joaquín Morales Solá
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15 de mayo de 2003  

Néstor Kirchner parece tener el destino de los pioneros patagónicos: logra concretar todos sus propósitos, pero la historia le reclama, a cambio, un esfuerzo casi titánico. Será a partir del 25 del actual presidente de la Argentina (tal como se imaginó cuando ni sus vecinos creían que podría lograrlo), aunque será también el presidente con menos votos de la historia argentina.

Carlos Menem es el arquitecto aturdido y veleidoso de esa debilidad inicial del próximo presidente. En la tarde de ayer, el ex presidente concretó su boicot al sistema electoral y, por lo tanto, a las normas básicas de la democracia.

La historia política de Menem ha terminado peor que mal. Enceguecido por su pelea con Duhalde, incapaz de reconocer que lo derrotaría un hasta hace poco desconocido gobernador de la Patagonia remota, prefirió dejar sin respuesta a los casi cinco millones de argentinos que lo votaron en la primera vuelta y al 65 por ciento de la sociedad que quería sufragar el próximo domingo, según las encuestas de última hora. Menem se arrogó el derecho de negarles a esos millones de argentinos la posibilidad de concluir el proceso electoral como mandan las leyes. Las denuncias de fraude se hacen ante la Justicia o no se hacen. Las acusaciones de manipulación se hacen públicamente, en tiempo y forma, o no se hacen. Todos los argumentos que esgrime ahora serán inútiles para explicar una precipitada fuga hacia el último peldaño de la decadencia.

Salvo su feudo de La Rioja, nada le queda del peronismo, cuyos dirigentes aspiran a alejarse cuanto antes de la asfixiante pelea entre Menem y Duhalde. Además, es palpable que mucho antes del 27 de abril, una mayoría notable de la sociedad había tomado una decisión política: decirle "no" al regreso de Menem. Ha concluido así, entre fracasos y deserciones, el papel protagónico que tuvo en la política argentina de los últimos tres lustros.

Empieza el futuro. El presidente electo, Kirchner, tiene pocos votos concretos y un grado inédito de votos virtuales. Las encuestas aseguraban que el domingo lograría un número de sufragios mayor al que tuvo Juan Domingo Perón en 1973, cuando regresó del exilio convertido más en un mito que en un político. Ese resultado no hubiera sido obra del carisma de Kirchner ni de la solvencia de sus propuestas electorales, sino más bien de aquella decisión social de impedir el regreso de Menem. Pero no hay que quitarle méritos al presidente electo. Hizo una campaña mediocre hasta el 27 de abril. Luego echó mano a la moderación de sus gestos y de sus palabras y se mostró con la austeridad que se nota hasta en los trajes gastados por el uso. Así fue construyendo un notable contraste con su contrincante.

Sin caudillismos

Por segunda vez consecutiva, la sociedad se inclina por un presidente carente de las condiciones carismáticas y caudillistas que tuvieron los dos primeros mandatarios desde la restauración democrática, Alfonsín y Menem. El primero en carecer de esas características fue Fernando de la Rúa, pero su experiencia fue mala. La sociedad podría haber vuelto a los líderes mesiánicos, pero optó por insistir en un hombre común y corriente.

¿Intentará Kirchner emular a aquellos presidentes épicos? "Los presidentes épicos nos han dejado un país en injusta bancarrota. Prefiero ser un presidente que trabaja y decide todos los días", responde. Deberá optar, entonces, entre caer en brazos del enorme aparato duhaldista de la provincia de Buenos Aires o enhebrar nuevos consensos, tanto internos, dentro del peronismo, como externos, con las fuerzas políticas no peronistas.

Una cosa hubiera sido un Kirchner triunfante en el ballottage por un amplio margen y otra cosa será el Kirchner debilitado, que Menem le dejó a la Argentina como su última herencia política. En principio, el único beneficiario de la fuga menemista es Duhalde, que cumplió el sueño completo de derrotar a Menem y de contar, al mismo tiempo, con un presidente dependiente de él. Pero la política es más compleja. Hace poco le preguntaron a Kirchner qué haría ante un duhaldismo eventualmente duro e intransigente, o ante un Congreso con esas características. "Primero trataré de hacerme entender y comprender, pero no dudaré, en última instancia, en hablarle a la opinión pública y contarle mis problemas", respondió. Esto es: ni el Congreso ni Duhalde saldrían mejor parados de un eventual fracaso de Kirchner.

Duhalde está, en rigor, en medio de una insoportable contradicción política, si, como dicen sus amigos, aspira a volver al poder nacional en 2007. Una frustrada administración de Kirchner lo arrastraría al propio Duhalde, que lo potenció como candidato. En cambio, si el presidente electo condujera un gobierno con relativo éxito, ¿por qué sería Duhalde y no el propio Kirchner el candidato para dentro de cuatro años?

Los consensos externos al PJ lo sorprenderán a Kirchner, en cambio, con dos dirigentes, López Murphy y Carrió, que han hecho del respeto por las instituciones su propia religión.

En su primer acto como virtual jefe de la oposición, López Murphy se mostró ayer, al contrario de Menem, más preocupado por la serenidad de la República que por su propio destino.

Desde el menemismo y desde expresiones aisladas de sus propias filas lo tentaron a López Murphy en las últimas horas para que se explorara una fórmula que lo obligara a Kirchner a competir con el ex ministro en el ballottage, tras la renuncia de Menem. López Murphy no se dejó tentar: la ley es clara, dijo, y Kirchner debe asumir la Presidencia.

En medio de las previsibles disidencias políticas que habrá entre ellos, Kirchner y López Murphy tuvieron ayer una coincidencia a la distancia. El líder de Recrear acusó a Menem y a Duhalde de irresponsabilidad por la crisis institucional de los días recientes y de urdir pactos espurios entre los dos. Pocos minutos después, Kirchner lanzó una frase llena de significados: "No he llegado hasta acá para pactar con el pasado".

Le hablaba a Menem, pero lo miraba a Duhalde.

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