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Recuerdos de una infancia austral

Néstor Kirchner

Los amigos de la niñez, que aún lo llaman "Lupo" por su semejanza con un personaje de historieta, recuerdan al presidente electo como un joven efusivo cuyo carácter fue forjado por las limitaciones de una región que se siente olvidada
Laura Rocha
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18 de mayo de 2003  

RIO GALLEGOS

La casita de madera, a tres cuadras del moderno centro de Río Gallegos, hace tiempo que no está en pie. Era un chalet sencillo, pero que sabía resistirse a los helados vientos patagónicos, aquellos que moldearon el carácter de la ciudad a la vera de la ría, así como a una sociedad de pioneros que aún en el siglo XXI se siente olvidada por el resto del país.

Allí nació Néstor Kirchner, el "nuevo héroe patagónico" como lo llama su viejo profesor de Educación Física del secundario, Emilio García Pacheco. "No era el líder ni el caudillo, sí era bastante efusivo", lo recuerda hoy.

Pero llegar a este punto no fue fácil para el hombre al que aquí todos llaman "Lupo". Primero tuvo que superar ese sentimiento sureño de confinación y olvido, y sus propias limitaciones.

De sus bisabuelos paternos heredó sangre alemana y suiza. Su abuelo Carlos fue el primero de la familia en nacer en aquel páramo del Sur. Allí conoció a Margarita Cšnning, que había llegado con sus padres. Se casaron y levantaron un almacén de ramos generales que llevaba su apellido y que abastecía a todo el pueblo. Del matrimonio nacieron Néstor Carlos, Delia, Arturo y Zulema.

Cuando terminó sus estudios, Néstor Carlos Kirchner (padre) ingresó en el Correo como empleado, lo que le prometía un futuro promisorio. También continuó con las representaciones comerciales del almacén heredado, que su hijo, años más tarde, le ayudaría a administrar.

Romance en código

El padre del futuro presidente argentino era una persona muy querida en el lugar. Formaba parte de la segunda generación de nacidos y criados (los llamados "nyc") en aquel inhóspito lugar. Y fue durante sus años de trabajo en el Correo cuando conoció a María Ostoic. Ella vivía a 300 kilómetros de distancia, en la chilena Punta Arenas. Descendiente de croatas, hija de Mateo Ostoic y de Antonia Dragnik, formaba parte de una familia conservadora y también trabajaba en el sector de las comunicaciones. Fue precisamente a través del telégrafo, y en Código Morse, que intercambiaron sus primeras palabras. Alguna de ellas sedujeron a Néstor y lo llevaron a la ciudad chilena para conocer a María. Después de un año de noviazgo llegó a la conclusión de que ella era la mujer con quien iba a formar su familia y con quien iba a tener sus hijos. El 25 de agosto de 1946 se casaron y se mudaron a Río Gallegos.

Dos años más tarde, nació el primero de los tres hijos que tendría el matrimonio. Era una mujer, Alicia. María se dedicaba plenamente a su hija y al hogar y al poco tiempo nació Néstor (h) que desde los primeros pasos se transformó en un compañero inseparable de Alicia, que sería su compañera de juegos y de salidas y que más tarde lo acompañaría en la política.

"Con nuestros amigos jugábamos y compartíamos todo. Nos criamos de una manera muy libre, en un lugar donde los chicos éramos los dueños del pueblo", recuerda María Rita Drisaldi de González, una amiga de la infancia de los Kirchner. Ella vivía a una cuadra de la casa Néstor y sus padres también eran amigos. Es que en Río Gallegos todos se conocían. "Mi madre iba todos los días después de almorzar a la casa de ellos. Se pasaban horas hablando", cuenta.

Mientras eso sucedía, los chicos se reunían en alguna esquina o en el patio de alguna de las casas. El frío y el viento no los detenía. Por el contrario, eran sinónimo de diversión. Cuando helaba, cada rincón del pueblo que se llenaba de agua hacía las veces de pista de patinaje. "Patinar era la gran diversión. Y, si no, andar en trineo", relata Alicia Kirchner, la hermana.

La bajada de la calle Alberdi era el lugar preferido. El nutrido grupo de chicos formado por primos y amigos de los Kirchner se turnaban para deslizarse en un gran trineo marrón que les había regalado el abuelo Carlos. "Era la envidia del barrio. Hasta al almacén nos íbamos en trineo", recuerda Drisaldi.

En 1955, los Kirchner se mudaron a la casa que aún hoy habita María (81), la madre del presidente electo, en 25 de Mayo al 400. Un chalet de una planta adornado con muebles modernos.

Un alumno callado

En septiembre de aquel año marcado por la caída de Perón, Néstor empezó primero inferior en la Escuela N° 1 Fernando de Magallanes. Al revés que en el resto del país, el ciclo lectivo en la zona se extendía desde ese mes hasta mayo para evitar que los alumnos tuvieran que caminar entre la nieve durante el invierno, cuando las dos cuadras que separaban la escuela de la casa de Néstor Kirchner se hacían eternas. "Para sentarse eligió el banco del medio de la fila del medio. Bien en la mitad del aula", recuerda Digna Martínez de Pérez, su primera maestra. "Era callado y muy observador. Y ya traía rudimentos de lectura y escritura que había aprendido en su casa. No había jardines de infantes, menos acá", dice la maestra.

En 1960 llegó un nuevo miembro a la familia Kirchner: nació María Cristina, "Macri".

Al año siguiente, Néstor ingresó al secundario. El Colegio Nacional República de Guatemala fue el escenario en donde vivió su adolescencia y donde su altura y su postura desgarbada le ganaron pronto un apodo que aún perdura.

"En aquella época leíamos mucho. No había televisión y nuestro único divertimiento eran las historietas. Una de ellas, Lupín, que venía en la revista Rico Tipo, era de nuestras preferidas", recuerda Luis Peloso, uno de los amigos íntimos de aquellos años.

El personaje creado por el dibujante Guillermo Guerrero les dio a sus amigos su mote: desde ese momento, Néstor sería Lupín. "Era igual. Ya en primer año lo llamábamos así. Obvio que cuando creció el personaje creció con él y lo rebautizamos Lupo", agrega Carlos Tuñón, compañero del colegio y del equipo de básquet.

"A Néstor no le gustaban las bromas pesadas. Se enojaba. Pero con el sobrenombre no tuvo problemas", recuerda Drisaldi.

Las bajas temperaturas, que en el invierno llega a los 20 grados bajo cero, no lograban amedrentar a estos adolescentes en sus horas de Educación Física. Aquellas horas se transformaban en una gran diversión. Fue allí donde conocieron al profesor García Pacheco, que además de maestro fue su amigo y su compinche.

"Además del profesor yo era el entrenador del equipo de básquet del colegio. En ese momento se paraba el pueblo para ver los clásicos del Nacional contra el (Colegio) Salesiano -relata a LA NACION- Néstor formaba parte del equipo. No era de los más hábiles para el deporte, pero la altura lo ayudaba. Su función cuando entraba era recuperar los rebotes en defensa y después volcarla en el ataque."

"Era el personaje del equipo. Cuando estábamos abajo en el marcador siempre entraba para calentar el partido", agrega Tuñón. Una vez el rival era el chileno Socor y hasta el último minuto estaban empatados. En ese momento, uno de los contrarios se escapaba para anotar. "Ahí, Néstor saltó del banco y le hizo un tackle para evitar que nos ganaran. ¡Se armó un lío! Se suspendió el partido, pasó de todo...", recuerda divertido.

Primera militancia

En cuarto y quinto año comenzó a insinuarse su perfil político, cuando fue elegido presidente del centro de estudiantes. Pero la política terminaba a la salida del colegio. Néstor ayudaba a su padre a repartir los productos que le llegaban y colaboraba con su tío en una librería. Allí llegaban las codiciadas revistas de Buenos Aires.

Los saldos, que su tío no devolvía, eran para Néstor. "Lupín iba a unos quioscos del centro que se los compraban a menos precio y los vendían como números atrasados. Con lo que juntaba hacía una vaquita y salíamos todos", cuenta Peloso. La "barra" estaba formada por Luis Peloso, Juan Carlos Metaza, Darío Guerrero, Oscar Vázquez y Archibaldo "Archie" Esmar. A veces se sumaba el profe García Pacheco que los llevaba a pasear por el centro en su descapotable.

Al ritmo de Los Wawancó, Cuco Sánchez y algo de los Beatles, pasaban horas con amigas de Alicia y Rita en Mónaco, el boliche local.

Pero Néstor también pensaba en su futuro. A los 15 años, había decidido que sería docente. Sin embargo, su problema de dicción, sumado a algunas dificultades de conducta en el aula, le generaron su primera frustración. "En ese momento se exigía que los maestros no tuvieran problemas de dicción. Pero a Néstor no le afectó tanto porque, en verdad, su verdadera vocación no era la de docente", cuenta Drisaldi.

Sin embargo, el profesor García Pacheco recuerda que ése fue un momento "bravo" para él. "Sentía que tenía un fracaso en su vida académica. Me acuerdo que le llevé un libro de Piaget y le expliqué que nadie es más que nadie. Lo que logremos depende del esfuerzo que pongamos. Años más tarde me escribió una carta desde La Plata, cuando ya estaba en segundo año de Derecho, y me agradeció por aquella charla", rememora.

Efectivamente, el tiempo y el esfuerzo personal borrarían en Néstor Kirchner aquel sentimiento de fracaso.

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