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"Zorba", un canto a la esperanza

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25 de mayo de 2003  

"Zorba", con libro de Joseph Stein, música de John Kander, canciones de Fred Ebb, con adaptación de Alejandro Romay. Intérpretes: Raúl Lavié, María Rosa Fugazot, Miguel Habud, Marcelo Trepat, Andrea Mango, Roberto Fiore, Rubén Ballester, Julia Zenko y elenco. Coreografía: Elizabeth de Chapeaurouge. Escenografía: Valeria Ambrosio y Ana Repetto. Vestuario: Julio Suárez. Iluminación: Marcelo Cuervo. Sonido: Gastón Briski. Dirección musical: Gerardo Gardelín. Arreglos y dirección vocal: Gabriel Giangrante. Dirección: Helena Tritek. Producción: Alejandro Romay. Duración: 140 minutos, con un intervalo incluido. En El Nacional. Estreno: 24 de mayo de 2003.

Nuestra opinión: bueno

¿Cuál es la mejor filosofía de vida? ¿Vivir el presente proyectando el futuro o disfrutar el hoy con las pequeñas cosas que aparecen en el camino? Esta es la disyuntiva que presenta "Zorba" al confrontar a los dos protagonistas de la pieza.

Niko, el estudiante, se ve obligado a viajar a Creta para hacerse cargo de una herencia: una vieja mina de carbón que desde hace tiempo permanece cerrada. Como contrafigura está Alexis Zorba, un trashumante que tiene por hogar el lugar a donde llega.

Uno, estudiante, es el ser pensante, introvertido, tímido y falto de espontaneidad. Para él, la vida gira alrededor de los grandes pensadores de todos los tiempos. En cambio, Zorba, un hombre ya mayor, es un ser vital, visceral y expansivo para quien el amor es el impulso vital y los odios y los rencores sólo sirven para envenenar la existencia y separar a los hombres.

Estos dos hombres se encuentran y parecen complementarse, pero sólo en forma aparente. Lentamente, el más viejo, cuyos únicos conocimientos son empíricos, enriquecidos por experiencias personales, pasa a ser el gran maestro del joven.

Y alrededor de estos protagonistas se desarrollan otros dramas, otras pasiones.

En un clima de intimidad

Es una historia chiquita, pero no exenta de ternura y calidez, y la inversión que realizó Alejandro Romay se ve justificada en cuanto a los logros en materia visual, sonora e interpretativa.

La atmósfera que se encuentra en la novela original de Nicos Kasantzakis ("Zorba, el griego") y que se traslada al film de Michael Cacoyannis (1964), se recrea en el escenario de El Nacional.

Para lograrlo, "Zorba" cuenta con la actuación de Raúl Lavié, quien confiere al personaje la sencillez y bonhomía que son necesarias para definir la personalidad, al mismo tiempo que se luce en el canto y en el baile.

Se suma María Rosa Fugazot, quien obtuvo la primera ovación de la noche, al conferir a su criatura, Hortense "Bubulina", una ternura e inocencia conmovedora, al mismo tiempo que se luce por su agilidad y destreza corporal en el baile, como lo demostró en el número "No bum bum", uno de los momentos más logrados de la noche.

Es correcto el trabajo, tanto en la actuación como en el canto, de Miguel Habud, como Niko, aunque es una de esas interpretaciones que puede crecer satisfactoriamente con el correr de las funciones si se libera de algunas tensiones que escapan al personaje.

El resto del elenco refirma una vez más los valores concretos que manifiestan los jóvenes que deben encarar el canto y el baile, demostrando estar en el nivel de las grandes producciones mundiales.

No es menor el aporte de los veteranos como Pochi Ducasse y Roberto Fiore, quienes con su sola presencia jerarquizan la producción.

Una mención aparte merece Julia Zenko por las características de su personaje, creado para la versión escénica. Más allá de sus valores como cantante, Zenko demostró que su voz es valiosa para la comedia musical porque establece un rico contrapunto cuando se integra a los coros.

Pero lo interesante fue que ella compuso a una figura enigmática que puede pasar de ser relatora a convertirse en un espectro que parece regir los destinos del pueblo, o un hada que estimula los sentimientos nobles. Lo interesante, en todo caso, es la dificultad de identificarla con precisión. El punto de reflexión está en que su aparición por momentos sorprende y en otras resulta muy obvia, sobre todo cuando se la ve subir la escalera del campanario, secuencia que se repite perdiendo esa condición enigmática que resulta inquietante.

Dentro de una puesta acertada en vestuario, en la escenografía, porque resuelve con efectividad las demandas espaciales del texto, enriquecida por la iluminación, el reparo que se podría apuntar a la dirección de Helena Tritek es la pérdida del ritmo, puntualmente en las secuencias en que se recurre a las narraciones donde la acción dramática parece suspenderse y en consecuencia también la física. Probablemente, con el ejercicio de subir a escena diariamente, ese reparo quede subsanado.

Como contrapartida, hay escenas de interesante resolución estética, por la coreografía, como son la danza de las varas, la escena de los cuervos y el esperado final, donde todo el elenco baila el reconocido tema de "Zorba, el griego".

Es una de esas propuestas que, sin falsas pretensiones espectaculares, logra el cometido de emocionar entreteniendo. Y en estos tiempos que corren, de por sí es un gran logro.

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