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Lebensohn, un radical intenso y olvidado

Fue el máximo ideólogo de la UCR
Jaime Rosemberg
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15 de junio de 2003  

"Volveremos, volveremos a dictar la constitución de los argentinos", gritó aquel hombre macizo y corpulento, y se encaminó, ignorando insultos, hacia una de las salidas del recinto, llevándose consigo a buena parte de sus colegas de bancada.

El entonces convencional radical Moisés Lebensohn se hizo famoso aquel 3 de marzo de 1949 con aquel gesto que intentó frenar, sin éxito, la reforma constitucional con clara intención reeleccionista que impulsaron los legisladores leales al entonces presidente Juan Domingo Perón. Pero la vida y la militancia de aquel hombre intransigente y apegado a sus convicciones habían comenzado bastante tiempo antes.

Nacido en Bahía Blanca en 1907, Lebensohn heredó de su padre médico la vocación por el bien común. Luego de un breve paso por el Partido Socialista, se afilió a la Unión Cívica Radical de Hipólito Yrigoyen, creyendo que de ese modo defendería mejor sus ideales de nacionalismo en lo económico, justicia social y liberalismo político.

Recibido de abogado, Lebensohn comenzó a combinar la actividad política con el periodismo: en 1931 fundó, en la localidad bonaerense de Junín, el diario Democracia, desde el cual defendería, durante dos décadas, los principios del yrigoyenismo.

Hacia fines de la década del treinta, el partido estaba, al igual que hoy, frustrado y confundido. "Los jóvenes no encontrábamos el rumbo, en un partido que consentía el fraude, o colaboraba con él", recordó días pasados Alejandro Gómez, entonces joven militante y más tarde vicepresidente durante la gestión de Arturo Frondizi.

Dirigidos por Amadeo Sabattini y Roque Coulin, los jóvenes Ricardo Balbín, Arturo Illia y Crisólogo Larralde se sumaron a Gómez, Frondizi y Lebensohn para dar forma, en mayo de 1942 y en la localidad de Chivilcoy, a un congreso juvenil donde se sentaron las bases de la "revolución" que intentaron imponerle al partido. "Nos propusimos hacer las cosas honestamente, y bien", rememoró Gómez, de 94 años, durante una entrevista con LA NACION en su casa de Belgrano.

Contra Perón

Lebensohn, que ya había cumplido cuatro años como concejal en su localidad, gritó a los cuatro vientos que a la UCR le faltaban "ejemplos morales y coraje para hacer reformas vitales de justicia social, que afectan intereses económicos".

Tres años más tarde, los jóvenes del Movimiento de Radicales Intransigentes consiguen aprobar el "programa de Avellaneda", un intento nacido de la pluma de Lebensohn por reconquistar a las masas populares, ya entonces atraídas por el discurso de Perón. "Se intenta un sinuoso planteo: o vieja política o fascismo pseudorrevolucionario. Pero no es así: queremos una democracia con sentido humano", escribió el bonaerense.

El nuevo presidente hizo suyas, a partir de 1946, algunas de las banderas históricas del yrigoyenismo, en lo que hace a los avances en materia social. Pero poco respetó las formas de disenso democráticas y la libertad de expresión, dos consignas irrenunciables de Lebensohn y los jóvenes radicales. "Este pueblo era nuestro pueblo", se quejaba amargamente el entonces titular del radicalismo bonaerense, el más poderoso del país.

Hacia 1949 llegaron la intención reeleccionista y la reacción de la UCR. Después de aquel episodio, y a pesar de todo, muchos radicales intransigentes se sumaron al gobierno justicialista. Lebensohn, al igual que otros políticos opositores, fue perseguido y encarcelado casi en forma periódica, aunque creyera que algunos aspectos de la gestión peronista debían sostenerse.

"El régimen caerá, tarde o temprano. Antes de eso hay que hablar con Perón para salvar las conquistas sociales", repetía a sus correligionarios.

Muchos de quienes lo aplaudían comenzaron a recelar un pacto secreto con el líder del peronismo y lo acusaron de "traidor" a la UCR. "No aguanto más", le confesó, angustiado, a Gómez, poco antes de aquel 13 de junio de 1953, cuando su corazón dijo basta.

Sus restos fueron despedidos en una Junín con negocios cerrados y tristeza a flor de piel. Se iba el incansable orador, el terco defensor de las libertades civiles, el hombre austero que llegó a prohibirle a su sobrino Miguel Dana participar en política mientras él estuviera vivo, porque "estaba en ventaja en relación con otros jóvenes". A 50 años de su muerte, la UCR y el país siguen extrañando su ejemplo.

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