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La emoción: el Monumental despidió a Astrada como a un ídolo

El partido con Racing y la parafernalia de los festejos pasaron a un segundo plano ante el hecho más sentimental de la tarde: el retiro del volante, que recibió el tributo por su gran legado futbolístico y el dolor de tener a su padre secuestrado
Claudio Mauri
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7 de julio de 2003  

Se sabe que una de las propiedades del fútbol es provocar emociones, cultivar sentimientos, conmover fibras íntimas. Por eso es mucho más que un deporte; entra en la dimensión de hecho cultural, social. En la programada celebración de River hubo fuegos artificiales, colorido y coreografías varias, pero nada llegó tanto al corazón ni resultó tan sensible como la despedida de Leonardo Astrada. Se mezclaron el reconocimiento y el dolor; el apoyo y la angustia. Todo con el tono genuino que da lo espontáneo, la respuesta epidérmica instantánea.

El retiro de la profesión de toda una vida representa por sí solo un momento especial, que en el caso del volante de River está rodeado además por una de las circunstancias privadas más difíciles, como lo es tener secuestrado a su padre desde hace diez días. Es cierto que, desde ese momento, el fútbol pasó a ser algo secundario para Astrada. Ya tenía decidido retirarse, pero la contingencia familiar lo tenía alejado de las canchas. Y su presencia no estaba anunciada ante Racing.

Por iniciativa del presidente José María Aguilar, de su amigo y compañero Eduardo Coudet y Horacio Ameli, el Jefe tuvo su espacio. Importante, inmenso, como lo merece su trayectoria futbolística y una calidad humana siempre reconocida en la familia riverplatense. Faltaba menos de una hora para el comienzo del partido y Claudio Husain, en los corrillos de vestuario, lanzó el rumor sobre la presencia de Astrada.

En la formación entregada a la prensa y anunciada por los altoparlantes no figuraba su nombre. La omisión era premeditada. La verdad se supo con el ingreso del equipo, mientras el locutor Luis Fuxan informaba que River bautizó este título 31° como Leonardo Rubén Astrada.

Comandó la vuelta olímpica previa, con una remera que llevaba la foto suya y la inscripción "Papa te estamos esperando". A paso lento, seguido por sus compañeros como sus fieles acompañan a su cacique, Astrada se dio el baño de cariño y estímulo que le entregaron más de 60.000 personas.

Los cánticos "olé, olé, olé, olé, Negro, Negro..." y "que de la mano, del Negro Astrada, todos la vuelta vamos a dar" tuvieron la fuerza de un himno. Hombre duro, tallado por batallas futbolísticas que lo elevaron a la estatura de líder, a Astrada se le estrujó el corazón como pocas veces. Lo delataba la mirada vidriosa, la congoja interna arropada por el afecto de una multitud.

Los jugadores de River se pusieron una remera con el N° 5 y la inscripción "Fuerza Leo" y posaron con una bandera que llevaba la misma frase. En la popular local, otro trapo reflejaba gratitud: "Gracias por defender y querer tanto esta gloriosa camiseta". Se multiplicaron los abrazos con compañeros y futbolistas de Racing.

Después sí, el último acto oficial: se despidió como titular. Sus 12 minutos quedaron como un símbolo de una trayectoria inolvidable. Patrullando esa zona central que siempre fue su teatro de operaciones, el Jefe dio algunos pases, recuperó un par de pelotas y con el gesto de la mano levantada hacia Pellegrini decidió ponerle punto final a su carrera. Antes de que lo reemplazara Coudet, su testimonio final fueron dos pases a D`Alessandro y un remate al arco que se fue desviado. Le entregó la cinta de capitán a D`Alessandro, que siempre reconoció que semejante distinción y responsabilidad quedaba mejor sobre el brazo experimentado de el Jefe. Al sustituirlo, Coudet lo levantó con uno de esos abrazos del alma. Mientras, el estadio volvía a convertirlo en el personaje de la jornada, en el más querido. Se trataba, ni más ni menos, que el retiro de un ídolo de River, el que en la línea sucesoria le siguió a Enzo Francescoli, con quien compartió una filosofía de vestuario que resultó un pilar en varias conquistas millonarias.

Estuvo sentado unos pocos minutos en el banco de los suplentes y después se fue a vivir al vestuario esos últimos minutos imborrables como jugador activo. No se va como una de las columnas de este River campeón, pero esa circunstancia, en apariencia negativa, engrandece su figura. Porque mayormente le tocó sumar desde el banco de los suplentes o ni siquiera en él. Y lo hizo sin vanidad ni egoísmo, defectos que a veces germinan fácilmente en alguien que ocupó papeles estelares dentro de un equipo. Su voz y sus consejos no sólo eran respetados, sino también bienvenidos. El trajín de Claudio Husain, la fortaleza de Guillermo Pereyra y el empuje del promovido Ahumada le fueron recortando lugar dentro de la cancha, pero él supo ser útil desde ese intangible tan esencial que los jugadores denominan genéricamente "grupo".

Cuando se lo recuerde con el cinco en la espalda, habrá que decir que Astrada representó los valores de un muy buen futbolista que todo equipo necesita. La naturaleza no le dio talento y el gol fue acontecimiento expecional en su carrera, pero él tenía otras virtudes preponderantes para una función tan especial como la del volante central: marca, solidaria, sentido para ir a los costados, visión de juego, gran intuición para dar el primer pase en la salida, ubicación para equilibrar a formaciones de River que históricamente se descompensan hacia el ataque. En resumen, fue un operario calificado en la sala de máquinas. De los que contribuyen en buena medida para que el producto salga bien.

No es de extrañar que un trabajador de esa naturaleza se haya convertido en el jugador con más títulos en la historia riverplatense. Para llegar tan alto no alcanza sólo con la inspiración. Hacen falta constancia, humildad para que los triunfos no malcríen al ego, espíritu colectivo. Leo Astrada encarnó todo eso porque siempre supo que el suyo es un puesto para gente generosa, abnegada. El destino quiso que el día del punto final a su carrera lo encuentre transitando la página privada más angustiante. Demostrándole a la vida que un luchador de su talla no se retira nunca.

"Fue la despedida que quería mi viejo"

Reconfortado por el afecto del público y con el gesto preocupado que lo acompaña desde hace más de una semana por el secuentro de su padre, Rubén. Así se retiró Leonardo Astrada del Monumental, tras jugar 12 minutos y mientras aún se disputaba el primer tiempo de River-Racing.

-Viviste un momento muy especial.

-Sí, fue un momento especial, porque era lo que se merecía mi viejo. Esta era la despedida que mi viejo quería que yo tuviera.

-¿Qué pensás de la ovación de la gente?

-Este es un momento difícil, pero yo dije en todo momento que la gente de River siempre se comportó muy bien conmigo.

-¿Esto te da más fuerza?

-Hoy tengo más fuerza que nunca. Esto va a terminar bien. Sé que dentro de muy poquito voy a tener a mi papá conmigo nuevamente.

El más ganador

Leonardo Rubén Astrada, a los 33 años (nació el 6 de enero de 1970), se retira como el jugador de River que obtuvo más títulos en la historia millonaria: 12.

Estos fueron sus hitos:

  • Torneo 1989/90
  • Apertura 1991, 93, 94, 96, 97 y 99.
  • Clausura 1997, 02 y 03.
  • Copa Libertadores 1996.
  • Supercopa 1997.
  • Entre torneos locales e internacionales, disputó 454 partidos oficiales en la primera de River (11 goles)
  • Debutó en primera división el 12 de julio de 1989: River 1-Deportivo Español 0 (ingresó a los 35 minutos del segundo tiempo por Gustavo Zapata). DT: Reinaldo Merlo.
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