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Sobre la "garrafal brevedad de la vida"

Néstor Sánchez, recientemente fallecido, convirtió sus narraciones en novelas poemáticas que intentaban alcanzar el núcleo de una experiencia interior, muy cercana a la música y al misticismo
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13 de julio de 2003  

Néstor Sánchez no se cansaba de afirmar que la muerte era el "tema central de toda mi vida". En cada reportaje que dio desde su vuelta a Buenos Aires a fines de 1986 aparece el tema, como en todos sus libros. El pasado 15 de abril, la muerte lo sorprendió por fin, en el hogar de su infancia.

Había nacido en 1935 en el barrio de Villa Pueyrredón, hijo de un ferroviario, que murió siendo él apenas adolescente, y de un ama de casa, cuyos años finales compartió él hasta no hace mucho. Su juventud deslumbrada por el tango lo hizo bailarín exquisito, compañero de Juan Carlos Copes, cuando rondaba los veinte años. Mayor fue el siguiente deslumbramiento por la literatura, por la que dejó todo. Sus amigos y lecturas estaban en el mundo de la poesía: Francisco Madariaga, Edgar Bayley, Enrique Molina. Tras un libro de cuentos que él prefirió borrar por "demasiado pavesiano", y una de las novelas que "desdramatizó entre las llamas" (como haría su personaje Batsheva con sus propios papeles), escribió Nosotros dos , cuyo manuscrito envió a Cortázar en París y que, por recomendación de éste, publicaría Sudamericana en 1966.

En un capítulo de La vuelta al día en ochenta mundos , significativamente titulado "No hay peor sordo que el que", Cortázar manifiesta su escasa sorpresa ante las reseñas sobre la primera novela de Sánchez: "en el Río de la Plata están cada vez más Beethoven (léase `sordos´) en materia de estilo". El creador de Rayuela veía en Sánchez "una de las mejores tentativas actuales de crear un estilo narrativo digno de ese nombre, [...] un raro caso de personalidad en un país tan despersonalizado como la Argentina en materia de expresión literaria". Semejante aval fomentó un malentendido: el supuesto "cortazarianismo" de Nosotros dos . El parentesco es en verdad superficial: calles y vocabulario de una Buenos Aires periférica, el tango. Cortázar nunca llevó tan al centro mismo de la escritura la necesidad de un lector activo que su personaje postulaba.

La segunda novela de Sánchez, Siberia blues (Sudamericana, 1967), va aún más lejos de la mano del jazz: vuelve lengua en estado de gracia la improvisación sobre un tema dado, en este caso las vivencias de un grupo excéntrico o marginal en el limítrofe barrio de Saavedra. Ya se había ganado un lugar preponderante entre las promesas cumplidas de las letras americanas. En la Historia de la literatura argentina del CEAL (1968), Josefina Delgado y Luis Gregorich lo separan de los demás "nuevos", como Abelardo Castillo, Juan José Saer o Rodolfo Walsh, más interesados "en un equilibrio que en un acercamiento a los extremos del realismo puro o de la vanguardia radical", mientras que Siberia... es "notable por su intento de superar todas las retóricas novelísticas en boga". También se ocupan de él varios ensayos recogidos por César Fernández Moreno en América latina en su literatura (Siglo XXI, 1972); entre ellos el de Rodríguez Monegal, que lo considera uno de los cuatro máximos exponentes continentales de su generación: "logra crear una sola sustancia narrativa en que se mezclan presentes y pasados, todos y cada uno de los personajes, para subrayar que la única realidad central de ese mundo de ficción, la única aceptada y asumida con todo su riesgo por el narrador y sus personajes, es la del lenguaje".

Sería fácil colegir de tales afirmaciones el rótulo de "experimental"; pero Sánchez no experimentó, según estaba de moda, con estructuras, cronologías, voces, puntos de vista, cruces de géneros, elementos si se quiere periféricos, sino con el corazón del proceso de elaboración poético-narrativo. En sus "novelas poemáticas", como él las llamaba, no hay cruce con la poesía, sino transmutación del narrar en "poesía de largo aliento", expansión de la condensación de sentidos propia del poema. No hay casi anécdota, acción, tiempo, más allá de lo ineludible cuando intervienen las palabras. Hay exploración interior de la experiencia, o del modo en que la experiencia se inscribe en el lenguaje, lo marca y lo define, lo crea: corporizado en una sintaxis musicalmente envolvente, en palabras a veces inventadas pero nítidas y siempre exquisitamente seleccionadas y ubicadas, para que cada una sea "remerecida", como si nombrara por primera vez.

Pero el logro artístico no bastó a Néstor Sánchez. En busca de experiencias superiores, viajó a Perú y Chile y trabó contacto con seguidores de las ideas de Gurdief. De vuelta en Buenos Aires, escribió El amhor, los orsinis y la muerte , su novela más "experimental", por la variedad de registros y el entrecortamiento de los capítulos. Las variaciones sobre la excentricidad incluyen aquí el gangsterismo y la marihuana, de donde otro malentendido: lo que él había tomado de sus admirados beatniks como un mero instrumento de sondeo interior hacia una experiencia trascendente fue empleado para explicar una supuesta inconexión u oscuridad.

Cuando en 1969 Sudamericana publicó El amhor... , Sánchez estaba becado en la Universidad de Iowa, de donde huyó pronto porque, dijo, "me aburría como loco". En Caracas hizo para Monte Avila recordadas traducciones de Céline y Pavese, entre otros. Fue luego a Roma, y desde allí, sin recursos económicos, solicitó a Seix Barral de Barcelona una traducción. La respuesta superó largamente el pedido: además de darle traducciones, reeditaron sus tres novelas y le adelantaron derechos por la cuarta, Cómico de la lengua . En ella retoma, decantada, la fluidez "jazzística" de Siberia... , ahora en torno a sus andanzas peruanas. Escrita en Barcelona, apareció allí en 1973 y jamás en Argentina. Esa ciudad era entonces epicentro del boom , contra el que Sánchez no cesó de bombardear. Desdeñaba la narración de historias, "lo que se puede contar por teléfono", y el "compromiso" de una "conciencia histórica", lo que llamó "maldición escolar" en un reportaje que Héctor Bianciotti le hizo para La Quinzaine Littéraire en 1974. En ambos casos, al "escritor dios", que da cátedra, oponía el escritor que convoca a un lector igual a él, tan creador como él, que debe sumergirse radicalmente en sí mismo mientras lee, en cuerpo y alma, como el autor al escribir. Cortázar, en su reseña de esa novela, la contrasta con Cien años de soledad : aquélla es el buceo en la profundidad, ésta la bocanada de aire al regresar a la superficie.

Al salir Cómico... , Sánchez estaba en París. Fue lector de Gallimard, que publicó en francés la primera y la cuarta de sus novelas. La insuficiencia de la experiencia literaria y vital llegó a su pico: siempre en contacto con seguidores de Gurdief, quemó las naves, junto con una novela inédita. De a poco pasó a vivir como lumpen, en París y luego en Nueva York y Los Angeles. Fue enviando a su madre 58 sobres con notas para una novela que nunca llegó a concretar. Pero volvió para escribir aún los magníficos relatos de La condición efímera (Sudamericana, 1988), entre los que sobresalen el denso lirismo de "Adagio para viola d´amore" y la pavorosa observación de los efectos del "dios dólar" en "Diario de Manhattan". Tanto brillo solitario, sin halagar a nadie -ni aun a su benefactor Cortázar- y criticando mucho, y después un silencio tal que hasta se lo dio por muerto no facilitaron la recepción de su obra. Las editoriales temen reeditar libros que exigen tanto del lector. Sólo algunos incondicionales estuvieron cerca de él en sus últimos años.

Como Rimbaud, rescatado décadas después de su muerte por el surrealismo, Sánchez llegó a la cima demasiado pronto y eligió no repetirse. Pero por las cimas no se pasa indemne. Ultimamente solía llamar "enfermedad" a sus antiguas búsquedas iniciáticas, en las que imaginó, literalmente, que podía vivir 300 años. Su ausencia en librerías, universidades y novelísticas en boga es señal de que su apuesta estética sigue volando demasiado alto. Quizá por eso sus libros, que apuntaban "al silencio voluntario de todo lo obvio", alcancen entre los lectores cualitativos lo que "la estafa biológica", "la garrafal brevedad de la vida", no le permitió a su ser en el mundo.

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