Hacha Brava: se fue una leyenda recia de Independiente

Rubén Marino Navarro, fuerte zaguero de los Rojos en las décadas del 50 y 60, murió a los 70 años; con Tomás Rolan formó una pareja inexpugnable
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15 de julio de 2003  

Rubén Marino Navarro, aquel zaguero de Independiente cuya reciedumbre le valió, en las décadas del 50 y 60, el apodo de Hacha Brava, murió ayer a los 70 años a causa de una prolongada enfermedad. Navarro, que había nacido el 30 de marzo de 1933 en La Banda, Santiago del Estero, estaba casado y tenía dos hijos y una hija. Sus restos eran velados en Uriburu 1149, Don Bosco, y serán inhumados hoy, a las 11.15, en el cementerio Iraola, de Berazategui.

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"Era rudo, pero no malintencionado. Chocar contra él era como hacerlo contra una pared. Fuerte, fibroso... Un roble", lo recordaba ayer Raúl Emilio Bernao, compañero suyo durante seis años en Independiente. La definición se ajusta perfectamente al estilo de Hacha Brava, un back derecho que suplió sus dificultades técnicas con un celo en la marca que lo erigió en una muralla impasable para los delanteros.

Imponer respeto fue su fórmula de siempre en la última línea de Independiente, ya desde su debut, en 1954, con 21 años. Había llegado desde La Banda cuando tenía 15; con la camiseta roja lo aguardaban un horizonte prolongado y una identificación perdurable con el perfil del defensor fuerte, inexpugnable.

Ya fuera por presencia física o por su constancia en la marca, su figura intimidaba. A sus primeros años en el fútbol mayor no les faltaron altibajos; desde que apareció en primera división hasta 1959, la suya no fue una presencia permanente en el equipo titular. Fue la etapa en la que se iba consolidando una personalidad futbolística avasallante y portadora de una gran ascendencia anímica sobre sus compañeros.

En 1959 estuvo a punto de dejar el club de Avellaneda por una transferencia que parecía firme. Sin embargo, el técnico Alejandro Galán, Jim Lopes , confió en él y le reservó un puesto en su formación. Navarro le retribuyó el espaldarazo con actuaciones en las que derrochó una firmeza rústica pero efectiva.

Desde entonces se convirtió en un jugador fundamental en la defensa de los Rojos. Y también por esos días nacía una sociedad temible para los atacantes que se animaron a enfrentarla: Hacha Brava Navarro y el uruguayo Tomás Rolan.

Un año después fue uno de los artífices en la conquista del título de 1960, con Roberto Sbarra como director técnico y Guillermo Stábile como asesor. Su rudeza contribuyó a la mística de conjunto que se alumbraba. Y su entrega extrema ya causaba asombro. Alcides Silveira, compañero suyo en la zaga, dijo una vez: "Nunca vi una persona tan fuerte física y mentalmente como él. Tenía intervenciones tan temerarias que asustaba a propios y extraños".

Una escena refrenda esa definición: una tarde, ante San Lorenzo, Navarro quedó en el piso y la pelota, servida para el remate franco de José Sanfilippo. Para tapar el disparo y defender su arco, Navarro, sin otro recurso, interpuso la cabeza. Ese acto de arrojo evitó el gol.

Quien seguramente no olvidará su vehemencia es el Bambino Héctor Veira, que fue objeto de una dura infracción en aquel insólito partido que cerró el certamen de 1963. En aquella jornada plomiza, Independiente venció por 9 a 1 a un San Lorenzo que nada hizo para evitar goles, en protesta por la pésima tarea del árbitro Manuel Velarde. A los Rojos, el triunfo les significó otro título.

Pero arriesgar tanto también le jugó en contra al recio zaguero: en 1964, jugando frente a Rosario Central, sufrió una doble fractura de tibia. Convaleciente de esa lesión, no pudo tomar parte en el gran logro de ese año, la Copa Libertadores. Su entereza lo devolvió a las canchas al año siguiente y sí aportó lo suyo en la conquista del bicampeonato continental.

Navarro llevó su aguerrido estilo al seleccionado nacional; jugó el Mundial de 1962, en Chile, y vistió la camiseta argentina en 32 oportunidades, en total. Hasta 1966, cuando se marchó al naciente fútbol de los Estados Unidos, defendió la camiseta de Independiente en 209 partidos. De regreso, dos años después, jugó fugazmente en Mendoza y en la primera C. Se retiró en 1970.

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