Una historia sin historia

El escritor dominicano, uno de los intelectuales más eruditos de América latina, fue un prosista admirable que, según algunos, depuró el estilo de Borges con sus comentarios. Su labor como profesor benefició a discípulos de la talla de Ernesto Sabato
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20 de julio de 2003  

A fines de los años veinte, en una carta al mitológico editor Armando Orfila Reynal, el ensayista y filólogo dominicano Pedro Henríquez Ureña declaró su curiosidad por las historias en las que nada sucede. “Hace falta un talento extraordinario para escribir bien sobre sucesos ordinarios, pero cuando se trata de escribir sobre nada, es preciso tener un don especial”.

Henríquez Ureña era entonces, quizá, el más erudito de los escritores de América Latina. Sólo Alfonso Reyes podía comparársele por la extensión y densidad de su conocimiento. Su prosa era de una rara perfección: concisa, sin un solo adjetivo de sobra, transparente y elegante como el cielo de octubre. Había publicado piezas muy curiosas sobre otros eruditos, como el renacentista español Hernán Pérez de Oliva y el monumental Menéndez y Pelayo, y ejercía la docencia con tantos escrúpulos que empleaba horas en corregir una página de cualquiera de sus estudiantes, porque “tal vez hay en él la semilla de un escritor”.

La vida de Henríquez Ureña parecía discurrir sin que nada sucediera. Era uno de esos hombres grises, cargados de hombros, vestidos de negro, sobre los que le habría gustado leer. Cuando murió, en 1946, ya el neorrealismo italiano estaba poblando el cine con esos antihéroes y algunos narradores latinoamericanos como Juan Rulfo y Juan Carlos Onetti se entregaban al desafío de contar historias en las que nada o casi nada pasa, pero por debajo de las cuales transcurre el universo.

Dos hechos vinculados a Henríquez Ureña son la razón de esta página. Uno de ellos es la fábula, que ha vuelto a circular esta primavera en las universidades norteamericanas, sobre la deuda literaria que Jorge Luis Borges contrajo con él y que habría marcado su obra de modo decisivo. Según esa conjetura, dos o tres años después de emigrar a Buenos Aires, en 1924, Henríquez Ureña, llamó la atención de Borges sobre el afectado criollismo y la sintaxis retorcida de sus primeros libros. Aunque la reseña crítica que escribió sobre Inquisiciones, en 1926, fue generosa, casi admirativa, el profesor dominicano subrayaba en privado, con lápiz rojo, el exceso de adjetivos. Uno de los párrafos censurados decía: “No es Buenos Aires una ciudad izada y ascendente que inquieta la divina limpidez con éxtasis de asiduas torres”. Se lo habría mostrado a Borges en un café, sugiriéndole que escribiera en castellano pero que armara las frases en inglés.

Nada en esa leyenda es verificable, salvo la frase, que pertenece a Borges. Es cierto, sin embargo, que a partir de 1931, el año en que se funda Sur y en que los dos escritores comienzan a encontrarse con regularidad, Borges adquiere los rasgos de estilo que caracterizarían el resto de su obra y convierte su erudición pasmosa en un instrumento para recrear el mundo.

El otro hecho es la muerte. Un sábado, el 11 de mayo de 1946, Henríquez Ureña tuvo un paro cardíaco o una embolia cuando acababa de tomar el tren que salía de Constitución rumbo a La Plata, donde dictaba clases de castellano. Borges y Ernesto Sábato han evocado esa muerte con un acento elegíaco, como si despidieran a un guerrero griego. En El oro de los tigres escribió Borges: “Dentro de unas horas te apresurarás por el último andén de Constitución para dictar tu clase en la Universidad de La Plata. Alcanzarás el tren, pondrás la cartera en la red y te acomodarás en el asiento, junto a la ventanilla. Alguien, cuyo nombre no sé pero cuya cara estoy viendo, te dirigirá unas palabras. No le contestarás, porque estás muerto.”

Y Sábato, en el prólogo que escribió en 1967 para una antología de Henríquez Ureña, señala que “jamás llegó a ser profesor titular de ninguna de las facultades de letras. Lo trataron tan mal como si hubiera sido argentino”. Sobre la escena de la muerte añade dos detalles: dice que casi perdió el tren y que corrió para alcanzarlo, con el portafolios colmado de libros. “Todos estamos en deuda con él”, repite. “Todos debemos llorarlo cada vez que se recuerde su silueta ligeramente encorvada y pensativa, con su traje siempre oscuro y su sombrero siempre negro, con aquella sonrisa señorial y ya un poco melancólica. Tan modesto, tan generoso que, como dice Alfonso Reyes, era capaz de atravesar una ciudad entera a media noche para acudir en ayuda de un amigo.”

La tarde anterior a la muerte, Henríquez Ureña había acudido a la tertulia de la librería Viau, en la calle Florida, donde Ezequiel Martínez Estrada lo notó demacrado, sin fuerzas. “Se sentó frente a una estantería como si meditara”, recordó el ensayista de Radiografía de la pampa. “Nuestro último diálogo fue este: -¿No se encuentra bien? -No -respondió- no estoy bien, pero ha pasado. Voy a hojear unos libros. -¿Lo acompaño a su casa? -No, ya estoy repuesto”.

Es el diálogo –otra vez– de una película neorrealista y, a la vez, el preludio de una muerte silenciosa. La mañana del sábado fatídico Henríquez Ureña pasó por la editorial Losada, donde dirigía la colección Las cien obras maestras de la literatura y el pensamiento universal. En esa casa había dado a conocer la Gramática Castellana que escribió con Amado Alonso, y los ensayos ejemplares de Plenitud de España, una de sus obras capitales. Allí también hizo traducir a Ferdinand de Saussure mucho antes de que su Curso de lingüística general se conociera fuera de Ginebra. El editor Gonzalo Losada lo invitó a almorzar, pero el dominicano, que había faltado a clase el día anterior, no quiso hacerlo otra vez.

Caminó las quince cuadras que separaban la editorial de Constitución a paso rápido, para alcanzar el tren del mediodía. En uno de los vagones, reconoció al profesor Augusto Cortina y, mientras dejaba el sombrero en la red de equipajes, le preguntó, con una sonrisa distraída: ¿Quiere darme el suyo, Augusto? La última sílaba fue un balbuceo. Se desplomó entonces en el asiento. El tren, indiferente, pasaba entre las casas iguales del suburbio. Al llegar a la estación de Barracas, la primera después de Constitución, lo llevaron al hospital. Ya estaba muerto.

BORGES EN PRIVADO - Le faltaba poco más de un mes para cumplir 62 años. Debió de ser un profesor como no hubo otro –Sábato lo recuerda así– porque no había pregunta a la que no supiera responder, en cualquier disciplina. Uno solo de sus libros, Las corrientes literarias en la América Hispánica, que reúne ocho conferencias en inglés dictadas en Harvard entre el 6 de noviembre de 1940 y el 4 de marzo de 1941, sigue siendo texto de referencia obligada en las universidades norteamericanas, y, leído hoy, mantiene la frescura y el talento con que ya entonces definía una obra entera en diez palabras. “Otra vida gastada en servir”, dice allí de un par de autores. Quizá pensaba así de su vida.

Los atributos que se conocían de su personalidad son, según coinciden Borges y Sábato, la generosidad, la fecundidad, el trabajo incansable, la modestia, el silencio. Puede añadirse un revés a esa trama: la infelicidad conyugal. Se había casado un año antes de llegar a Buenos Aires con una mexicana diecinueve años menor, Isabel Lombardo Toledano, a la que los testigos describen como caprichosa, insatisfecha, acaso frívola. Al parecer, atormentaba todos los días al marido por las penurias económicas, y le exigía que aceptara más cátedras y trabajara más horas.

Es difícil desentrañar qué vida habría querido para sí Henríquez Ureña. Su reserva era extrema, y jamás dejó traslucir sus ambiciones. He leído que entre los veinte y los veinticinco años escribió algunos versos que desechó. Tenía una sensibilidad alerta y un oído musical afinadísimo. Quizás haya querido, en secreto, ser poeta. Generoso –pero a la vez estricto– en los juicios críticos, es en sus cartas donde quizá pueda leerse mejor su verdadero juicio sobre algunas obras. En las que le envió al cubano José Rodríguez Feo desde 1941 hasta poco antes de morir puede rastrearse con claridad lo que pensaba de uno de los momentos más luminosos de la literatura argentina.

El 2 de marzo de 1942 llama a Sur “nuestra revista”, al tiempo que la descalifica: “No es muy buen ejemplo de cómo se debe escribir el castellano ni, sobre todo, de cómo se debe traducir a él”. Sobre José Bianco aventura que, “como persona, es poco interesante”, lo que puede ser desmentido por quienes lo conocieron después. A Eduardo Mallea lo define como “muy apasionado bajo un exterior frío; muy justo y muy recto”. María Rosa Oliver lo seduce, Silvina Bullrich le parece “tonta”, Ezequiel Martínez Estrada suscita en él una admiración instantánea. Quien más lo inquieta, sin embargo, es Borges.

En siete de las cartas lo menciona, a veces de paso. En dos habla de él con detalle. Vale la pena señalar que Rodríguez Feo tenía entonces poco más de veinte años, era el heredero de una de las mayores fortunas azucareras de Cuba y sería el mecenas de Orígenes, la revista de José Lezama Lima. Su curiosidad por Buenos Aires –donde viviría algún tiempo, años después– era insaciable, y Henríquez Ureña trataba de responder con candor a sus preguntas, que son también ingenuas. La espontaneidad de ese lenguaje resulta ahora invalorable.

Borges, escribe Henríquez Ureña aquel mismo día de marzo, “ya no es tan joven: pasa de los cuarenta, y se le están acentuando las manías. Ha estado ciego, se operó, alcanza a ver bastante, pero le ha quedado una gran torpeza de movimiento. Todo en él es muy raro. Habla con cortes extraños en las frases. Pero lo ha leído todo, y sobre todas las cosas tiene opiniones, a veces muy extrañas, desesperantes”.

Tres años después, cuando Rodríguez Feo pide opinión sobre los escritores de Buenos Aires que podrían colaborar en Orígenes, Henríquez Ureña es más explícito. “Tu admiración por Borges me parece exagerada. Cierto que es muy agudo, el más agudo de los argentinos, excepto Martínez Estrada. Pero ¡es tan caprichoso, tan arbitrario en sus juicios! Con eso ha hecho mucho daño a su generación, a la cual autorizó a ser ignorante, siendo él todo lo contrario. El resultado es que su generación se inutilizó, salvo los poetas, que se salvan con poca cultura, y Mallea, que nunca cayó bajo la sugestión borgiana (como diría el cuñado de Jorge Luis, Guillermo de Torre, en su deplorable estilo). Borges mismo ha confesado que tuvo la culpa de eso (los ensayistas fracasaron todos; los novelistas y cuentistas, que necesitan otra disciplina que los poetas, también), y me ha confesado que la causa es que le hizo caso a Macedonio Fernández (anciano hoy, hombre inteligente pero loco, e incapaz de producir otra cosa que chispazos, en medio de muchas tonterías: Borges también me confiesa que la relectura de Papeles de recién venido, en la edición nueva, le produjo decepción): Macedonio decía que para escribir bien bastaba con ser porteño. La confesión es extraña; te la transmito tal cual”.

Detrás del tono informativo, cálido pero a la vez neutro de la carta, ya no está el profesor bonachón y distante del que todos hablaban entonces, sino un guerrero literario de puñal y granadas. Al final, escribe: Borges “es un modelo muy peligroso, porque sólo tiene un tono y no una serie de tonos: es como si compusiera siempre en fa sostenido; es enteramente incapaz de manejar, por ejemplo, el tono de mi bemol mayor, el tono en que están muchos pasajes de Homero, y de Esquilo, y del Infierno, y del Othello. Cree demasiado, como ciertos ingleses, que hay que tener humor”.

Poco después, en el prólogo a la Obra crítica de Henríquez Ureña que se publicó en México, Borges diría que según Pedro (lo llamaba así, con familiaridad), “cada generación establece, al azar, su tabla de valores, agregando unos nombres y omitiendo otros, no sin escándalo y vituperio, y que al cabo de un tiempo se restablece tácitamente el orden anterior”. Tanto uno como el otro fueron, desde sus primeros libros, autores clásicos, de cuya perennidad nadie dudaba. Al morir, Henríquez Ureña cayó en el olvido, al menos para algunos a los que deslumbran las modas. Nadie encontraba interés en su vida lisa, en la que sin embargo llegó a saber más de lo que cualquier hombre aprende en varias vidas. Ahora, sin embargo, lentamente, se restablece un orden que nunca debió trastornarse.

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