El pianista de la diva

Manuel Burgueras, argentino, toca con Montserrat Caballé
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26 de julio de 2003  

BERLIN.- Con motivo de celebrar su septuagésimo aniversario, la legendaria soprano catalana Montserrat Caballé realizó recientemente una extensa gira de conciertos por Alemania, acompañada al piano por el argentino Manuel Burgueras. En su paso por Berlín, donde la diva ofreció un aclamado recital en la sala mayor de la Filarmónica, con obras de Scarlatti, Donizetti y Gounod, así como del folklore de su país, LA NACION dialogó con el pianista argentino acerca de su trabajo con una de las voces más perfectas de nuestro tiempo.

Comienzos

"Terminé mis estudios en el Conservatorio Nacional Carlos López Buchardo en 1979, aunque comencé en el Manuel de Falla. Estudié con muchos maestros y cada uno me aportó algo, aunque no señalaría a ninguno en particular. La persona que me enseñó a tocar el piano (y eso ocurrió después de que terminé mis estudios en el Conservatorio) fue Juan Carlos Arabián. Trabajé con él muy poco tiempo, por desgracia, pero bastó para que me abriera un mundo nuevo con el piano, y en ese sentido todo se lo debo a él. Al principio, después de recibido, trabajé como docente en colegios, luego con cantantes y finalmente decidí especializarme en este rubro. En 1988 vine a Europa para abrirme camino como acompañante", dice Manuel Burgueras, actualmente radicado en Madrid como profesor del conservatorio provincial de Guadalajara (a 50 km de la capital española) y pianista, desde hace más de una década, de la célebre Caballé.

Burgueras recuerda a colegas de su época de estudiante en la Argentina: "Les he perdido la pista a todos mis compañeros de estudio, pero me crucé con Horacio Parravicini, un flautista magnífico que está en la orquesta de Bilbao. Respecto de las cantantes, una de las primeras personas que acompañé en Buenos Aires, en concursos, fue Bernarda Fink, que ahora está haciendo una carrera estupenda, lo mismo que Verónica Cangemi".

-¿Has tenido contacto profesional con el país en estos años?

-Lo último que hice profesionalmente allá fueron dos conciertos en el Teatro Colón, en 1994, con Caballé. Luego volví sólo por razones familiares y para visitar amigos.

-¿Cómo llegaste a trabajar con Montserrat Caballé?

-De casualidad, en 1988. Yo era profesor en el Conservatorio de Mérida. Allí hay un teatro romano donde se hacen representaciones de óperas y donde varias veces cantó Montserrat. Los organizadores le pidieron ese año que hiciera un pequeño concierto, y como su pianista habitual estaba de gira pensó que podría excusarse. Pero resultó que la gente de la fundación le explicó que allí había un chico argentino "que tocaba muy bien y podía acompañarla en el concierto". Y a ella no le quedó más remedio. Cuando llegamos a la segunda canción, me preguntó: "¿Qué hace un pianista como usted en Mérida?" Le contesté: "¡Señora, me gano la vida!" Me preguntó mi edad; en ese momento yo tenía 28 años. Cuando acabó el concierto me pidió mis datos y al año siguiente, cuando su pianista, Miguel Zanetti, se enfermó, me llamó. A partir de allí comenzamos a trabajar juntos. Hicimos nuestro primer concierto en Sevilla hace ya doce años.

-¿Cómo es hacer música acompañando a una diva?

-Es una maravilla trabajar con una persona con el grado de musicalidad que tiene esta señora, cuya voz es un instrumento perfecto. Estar a la altura de ella como músico es un desafío para cualquier pianista: envolver lo que es esa belleza vocal, su manera de frasear, de emitir y de hacer música en general. He aprendido muchísimo con ella. Montserrat, además, es una persona muy exigente que tiene muy en claro las condiciones que necesita cuando llega a un teatro.

-¿Qué tipo de condiciones les demanda a la sala y a vos?

-En un teatro, si encuentra que el piano está a dos metros de la boca del escenario y ella lo quiere a cinco, debe ser así. Y si le dicen que para eso hay que cambiar las luces y que todos los cantantes que cantan allí lo quieren a dos metros, a ella eso no le importa. "Mi voz es especial, es distinta, y yo lo quiero a cinco metros", les responde. Luego, por algo la gente dice ¡ah, cómo ha sonado hoy el piano esta noche, cómo ha sonado la voz! Hay que poder tener esa visión y respetarla, porque ella es una grande de la música. De mí demanda la musicalidad más absoluta, belleza del sonido, que tenga la misma morbidez y blandura de su voz. Nunca habla de canto y acompañamiento, sino de un dúo. Tampoco está en el plan de la diva que dice: "Aquí respiro y usted me espera; aquí quiero ir de prisa y usted corre un poquito más". Además, a diferencia de lo que ocurre con otros cantantes, con ella uno jamás se aburre. Lo que sucede es que esta mujer siempre quiere ir más allá, y cuando se piensa que la obra ya está terminada, ella llega con una propuesta distinta. Es la antirrutina total.

-¿Qué le ha dado a tu carrera esta relación?

-Que mi nombre se conociese. En el plano profesional es una gran oportunidad. Creo que, independientemente de todo lo que aprendí y de todo lo que ella me dio en estos años, comencé a trabajar con Montserrat porque reúno una serie de condiciones, aunque, también debo reconocerlo, me fue mucho más fácil desarrollar esa serie de condiciones porque ya tenía el aval de Montserrat Caballé.

-¿Qué otros proyectos tenés fuera de las giras y los conciertos con Montserrat?

-Estoy intentando algo para lo cual sólo necesito tiempo: se trata de grabar la obra para piano de Donizetti. Por mi trabajo con cantantes, me especialicé en el repertorio del belcantismo puro, de la primera mitad del siglo XIX, no sólo como acompañante sino también como estudioso del estilo. Creo que la figura de Donizetti es la más desconocida de esa época. De él apenas conocemos tres óperas; sin embargo, analizando lo que escribió, encontramos que allí se anticipa prácticamente todo lo que vino después. Muy poca gente lo sabe. En España tengo todo el material (me han llegado también muchas cosas del museo de Bérgamo) y sitios fantásticos donde hacer las grabaciones (claustros románicos con condiciones acústicas privilegiadas). Hay cosas que sólo ahora se están publicando y otras, las menos, que aún están en la fase del manuscrito. Por suerte se siguen descubriendo sus obras en los archivos de teatros, como hace poco la "Elizabeth", en el Covent Garden de Londres. De modo que, cuando tenga algunos meses de tranquilidad, quiero dedicarme a este tesoro desconocido.

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