Fiesta de músicos de América

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7 de agosto de 2003  

Presentación de la Orquesta Juvenil de las Américas, dirigida por Carlos Miguel Prieto en la gira americana patrocinada por Deutsche Bank. Con la participación de la pianista Berenika Zakrzewski. Quinto concierto de la temporada de Festivales Musicales de Buenos Aires con el auspicio de Repsol YPF, y de la Fundación La Caja. Programa: "Danzas de Galanta"de Zoltan Kodaly; Concierto para piano y orquesta N°2 Op. 18 de Rachmaninov; "La noche de los mayas" (1939), de Silvestre Revueltas, y "Daphnis et Chloé" (Suite N° 2), de Ravel. En el Teatro Colón.

Nuestra opinión: muy bueno

La presentación de la Orquesta Juvenil de las Américas resultó una verdadera apoteosis musical de la juventud; supo reafirmar cada uno de los objetivos para los que fue creada, en especial, el de constituir una embajada cultural ejemplar que reafirma el entendimiento internacional por medio del poderoso vínculo de la música. Pero también a través de la palabra, dado que en cada país que visitó en esta gira alguno de sus músicos nativos del lugar dirigió un saludo al público. Así, la fagotista Brenda Carolina Diaco agradeció a los patrocinantes de la gira- y en especial al Deutsche Bank- y anunció, en primer lugar, la ejecución del Himno Nacional, que fue dirigido con particular acierto por otro argentino, el "cellista" Juan Tramontana.

Sus 110 músicos, procedentes de la casi totalidad de los países americanos, rindieron lo mejor de sí mismos con un fervor y una pujanza inequívocos de quienes han asumido la tarea con convicción plena. No en escasa medida, la acción que ejerce desde el podio el talentoso Carlos Miguel Prieto contribuye a que una energía especial recorra los atriles galvanizando los aportes individuales, convirtiendo al conjunto en un todo coherente, homogéneo y equilibrado, capaz de abordar gran variedad de expresiones del repertorio sinfónico.

Las "Danzas de Galanta" (1933) de Zoltan Kodaly, una de sus partituras más significativas, evocadora de la música que el compositor escuchó en la población, donde pasó su infancia y escuchó por vez primera sus danzas. La orquesta dio la primera muestra de su ductilidad expresiva en la lenta introducción, y su director la captación precisa de la acentuación y los giros repentinos que encierra su discurso, su vigorosa intensidad y su vibración emocional. Hubo valiosos solos de flauta , y sobre todo de clarinete; admirables unísonos de las cuerdas y espectaculares "crescendos".

La expectativa creada por la presentación de la joven y galardonada pianista canadiense Berenika Zakrzewski, en una obra como el Segundo Concierto de Rachmaninov, estuvo sin duda justificada, a juzgar por los resultados de su intervención junto a la Orquesta de las Américas.

Una técnica segura

Zakrzewski posee una técnica segura y sin fallas, y además una apreciable cualidad expositiva para abordar obras de gran compromiso como este concierto. Su sonido es límpido, aun en los pasajes más intrincados o virtuosísticos.

La intensidad y el apasionamiento expresivo de Rachmaninov, en el Moderato inicial, fueron airosamente asumidos por la pianista aun con algún desbalance sonoro con la orquesta, y si bien en esta ocasión su sonido resultó algo metálico -quizá por la tensión-, en los pasajes líricos su exposición fue bellamente expresiva y elocuente.

El fraseo resultó elocuente en el Adagio sostenuto y se conjugó bien con la orquesta, cuyas maderas y cuerdas tuvieron diálogos ponderables con la solista. En el Allegro scherzando final sus dedos respondieron con una eficacia que se sobrepuso al plano estrictamente interpretativo de la obra.

Sin guardar el orden preestablecido del programa, la segunda parte se inició con la Suite N° 2 de "Daphnis y Chloé", de Ravel, resultando uno de los puntos más altos de la noche; fue vertida con gran homogeneidad sonora y perfecta amalgama tímbrica. "Lever du jour ", en primer término, recreó de inmediato un clima sonoro homogéneo de gran sensualidad y refinamiento sonoro, con violines aterciopelados y solos excepcionales. El violín solista y el "piccolo" fueron efectiva evocación de los pájaros al amanecer, recreando junto a la orquesta un mundo irreal de incomparable luminosidad. Especialmente, la flauta solistale confirió una magia especial al discurso sonoro.

La Pantomime fue una feliz combinación de los ritmos de la percusión con la pujanza que la orquesta cobró en los climas sonoros exasperantes de Ravel, cuyos contrastes dinámicos fueron muy bien manejados por Prieto con el punto exacto de tensión y graduación de los matices dinámicos hasta alcanzar eclosiones sonoras perfectas. La Danse general, con su particular ritmo de cinco tiempos, fue una nueva confirmación de ello.

Pero quizás el cambio que se introdujo estuvo motivado por la convicción de que "La noche de los mayas"(1939), de Silvestre Revueltas, iría a poner de manifiesto de manera más exhaustiva el potencial sinfónico de la orquesta. Y en gran medida así aconteció, si se toma en cuenta el empleo a fondo que Revueltas hace de los recursos dinámicos que van de las sonoridades más dulces y casi de encantamiento, como en "Noche del Yucatán", hasta las estridencias más acusadas y a toda orquesta, pasando por los ritmos irregulares de "Noche de jarana",exacerbación de un realismo directo, evocador de la música popular mexicana, que es la base de su inspiración, en sus perfiles más coloridos y pintorescos.

"La noche de los mayas" (1939), nombre de los cuatro frescos sonoros de índole programática -aunque no parecen tener un programa definido- es, asimismo, el título del primero de los episodios sinfónicos cuyo carácter épico inicial, precedido por un golpe de gong, fue abordado con absoluta solvencia interpretativa por los diferentes grupos instrumentales.

La complejidad de la partitura de Revueltas, una de las últimas que compuso, es armónicamente compleja, aunque prevalecen al oirlas los aspectos rítmico y métrico, une a su extraordinaria fluidez una intensa sugestión de ambiente y subyacen en ella raíces folklóricas. Revueltas no pareció no guardó dificultades interpretativas para los músicos de la Orquesta Juvenil que respondieron prolijamente a las indicaciones de Prieto, suficientemente puntilloso en los aspectos anotados.

Fueron fielmente reflejados los aspectos melódicos y tímbricos de la partitura, uno de cuyos rasgos salientes es el empleo de una percusión diversificada que en el cuarto episodio, "Noche de encantamiento", encierra una cadencia polirrítmica que tuvo especial lucimiento por parte del sector. En este último episodio sinfónico hubo perfecta compenetración entre Prieto y los jóvenes músicos por los márgenes dinámicos que fueron capaces de abordar con inusitado brillo, sin distorsión ni desequilibrios.

El contagioso entusiasmo interpretativo de la orquesta y la vehemencia desplegada por su director no dejaron resquicio para el aplauso que fue unánime. La respuesta fue el conocido intermedio de "El baile de Luis Alonso", de Jerónimo Giménez, e inmediatamente un animadísimo "samba" brasileño que varias integrantes de la orquesta bailaron en el pasillo central del teatro.

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