Caídas del cielo, historias de alto impacto

A propósito del 2003 QQ47, que no llega, más sobre meteoritos
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10 de septiembre de 2003  

Cada tanto resurgen noticias sobre la aproximación de algún asteroide en órbita de colisión contra la Tierra. Hace unos días, justamente, fue el turno del denominado 2003 QQ47, un cuerpo de 1,2 kilómetro de diámetro, lo suficientemente grande como para provocar una catástrofe en nuestro planeta. La fecha del probable impacto se estimó en un principio para 2014. Pero, como otras veces, nuevas observaciones pusieron en duda esta predicción.

Lo frecuente es que resulten fragmentos menores -meteoritos- los que lleguen hasta la superficie terrestre y provoquen daños leves. Los casos documentados son numerosísimos, incluso en la Argentina.

Por ejemplo, en Achiras, Córdoba, en 1902 cayó uno en un corral y mató una cabra. En La Criolla, Entre Ríos, el 6 de enero de 1985, un fragmento atravesó el techo de una vivienda y rompió un televisor. También en Paso del Gallo, Entre Ríos, cayó en 1989 uno que provocó una fuerte explosión. Murieron entonces "por el susto, tres vacas y una yegua preñada", según indica Oscar Turone, presidente de la Sociedad Meteorítica Argentina, en una recopilación sobre el tema, todavía inédita.

El 29 de septiembre de 1938, en Illinois, Estados Unidos, un meteorito de 1,7 kilo atravesó el garaje de la familia McCain y luego perforó el techo y el asiento de su Pontiac, sin víctimas que lamentar. Actualmente, parte del vehículo se exhibe en el Field Museum of Natural History de Chicago. Y a raíz de este caso se empezaron a considerar los daños por el impacto de meteoritos en las pólizas de seguros de los automotores. En muchas pólizas actuales puede leerse una cláusula que indica: Quedan comprendidos, además, los daños sufridos por el vehículo como consecuencia de meteorito, terremoto, maremoto o erupción volcánica.

El de Illinois no es el único caso documentado en su tipo. El 9 de octubre de 1992, en Peekskill, Nueva York, un meteorito de 12,4 kilos golpeó la tapa del baúl de un Chevrolet Malibú. Otro incidente similar se registró en la mañana del 18 de febrero de 1995, en Neagari, Japón.

"En estos momentos se impone hacer un nuevo agregado a las pólizas de seguro. Se deberían incluir los meteoritos artificiales, denominados chatarra espacial, que existen sobre nuestras cabezas. Lo que pasa es que en 1938 nuestro cielo estaba impoluto", señala Turone. Es así: no todo lo que cae del cielo es materia meteorítica. También hay accidentes causados por chatarra espacial. Basta recordar la entrada en la atmósfera de la estación orbital rusa Salyut 7-Cosmos, el 7 de febrero de 1991. En esa ocasión, un fragmento provocó la rajadura de una vivienda en San Lorenzo, Santa Fe.

Criollos y famosos

Un meteorito célebre en nuestros pagos es el llamado Chaco, de 33 toneladas, segundo por su peso en el mundo. Es una pieza de gran tamaño, que cayó entre 3950 y 5800 años atrás en medio de una lluvia de meteoritos. La zona, conocida como Campo del Cielo, está al sudoeste de la provincia del Chaco. En el mercado de los meteoritos su valor se calcula entre los 7 y los 20 millones de dólares. No menos célebre es el robo frustrado de la pieza, en 1990, por parte del norteamericano Robert Haag.

Otro meteorito argentino famoso es el Mesón de Fierro, que cayó en aquella milenaria lluvia meteorítica, en Chaco. Ya en los tiempos de la conquista, los españoles sabían que los tobas, mocovíes y matacos eran los únicos que, en lugar de la leyenda diluviana, alimentaban el recuerdo de un diluvio de fuego. En 1576, desde Tucumán, llegó una expedición pensando que había oro en el meteorito. Pero se decepcionaron al ver que era un hierro de 3 metros por 2 que se asemejaba a una mesa. De allí el nombre posterior de Mesón de Fierro. Fue abandonado y cubierto por el monte. Nada volvió a saberse de él hasta 1937.

Un antiguo acuerdo establecía que el límite entre Santiago del Estero y Chaco pasaba por el meteorito, que curiosamente estaba perdido. Los santiagueños, con la idea de que su localización podría ampliar la extensión de su provincia, ofrecieron en 1873 una recompensa de 25.000 hectáreas y 10.000 pesos oro al que lo encontrara. No hubo noticia alguna del hallazgo hasta que en 1937, Juan Baigorri, que buscaba petróleo en el monte, encontró indicios y recordó la oferta.

Tras encontrar el Mesón de Fierro buscó un escribano para certificar el hallazgo. En momentos en que el funcionario se encaminaba hacia Santiago para dar fe, las autoridades ya sabían todo y, conociendo la zona por la que andaba el descubridor, decidieron derogar la ley, hallar el meteorito por sus propios medios y ahorrarse la recompensa. Don Baigorri, de muy mal humor, ocultó cuidadosamente el Mesón de Fierro con unos arbustos. El monte siguió creciendo a su alrededor y nadie volvió a encontrarlo jamás.

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