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Ana Gritti, 8 años de lucha solitaria

"Preferiría haberme equivocado"
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20 de septiembre de 2003  

Muy pocas veces se le quiebra la voz por el llanto, pero cuando eso ocurre, el redactor queda desarmado porque se le ha hecho rutina la fuerza de Ana Gritti, su rigor lógico, sus razonamientos jurídicos, su asombrosa memoria, sus conocimientos sobre explosivos.

Porque si bien es abogada -a los 58 años preside la Federación de Colegios de Abogados de Córdoba-, conoce tanto sobre explosivos como un ingeniero especializado en minería. Sabe, por ejemplo, que el trotyl no se enciende con el fuego y que no explota sin un detonador.

Por culpa de los explosivos perdió a su esposo el 3 de noviembre de 1995, cuando la Fábrica Militar de Río Tercero empezó a estallar en forma convulsiva con detonaciones que parecían que nunca amainarían.

Hoder Francisco Dalmasso, el esposo, era profesor de química en la ENET N° 1 del Barrio General Savio, ubicada muy cerca de la fábrica. Dalmasso evacuó a los alumnos con otros profesores y fue el último en abandonar la escuela. Instantes después lo abatió un infarto.

Como todo Río Tercero, Ana y sus dos pequeñas hijas creyeron en el accidente.

"Pero muy pronto empecé a sospechar que fue un atentado. Había varios elementos. Sin embargo, esa idea era tan monstruosa que me asustaba y no quería convencerme. Es más, quería creer en el accidente porque lo otro era inconcebible." Así se convirtió en querellante de la investigación judicial del juez federal de Río Cuarto, Luis Martínez, y del fiscal federal, Roberto Masuet.

Ambos parecían tener en la mira el accidente en el que ella quería creer y no podía debido a los testimonios que surgían, a los anónimos que recibía, a la gente que de a poco se acercaba a aportarle datos.

Fue el motor de una investigación que parecía destinada al fracaso, si por investigación se entiende la búsqueda de la verdad real.

Fueron casi ocho años de batallar en soledad contra un aparato imbatible. Aún recuerda el peritaje que iba a realizarse en Serrezuela en 1998. Los militares habían traído un barril de trotyl al que se arrojaría un cigarrillo. Si explotaba, se probaba el accidente. A último momento se descubrió que al trotyl le habían agregado aluminio para que explotara y ella tuvo que insistir para que la prueba se aplazara.

"Me sentí huérfana"

El 23 de mayo recibió uno de los peores golpes. Ricardo Olcese, su abogado en la querella, murió de un infarto. "Me sentí huérfana. Tal vez fue el peor momento después de tantos años de luchar con la ayuda de Ricardo."

Pero el lugar de Olcese lo ocuparon dos abogados con amplio conocimiento de la causa: el ex diputado del Frepaso Horacio Viqueira y Aukha Barbero, mientras que en Buenos Aires Ricardo Monner Sans ya se había convertido en uno de sus principales apoyos.

Entre el lunes y el miércoles últimos volvió al polígono de Serrezuela. Un peritaje de cerca de treinta pruebas zanjaría para siempre si Río Tercero voló o lo volaron.

"Y se probó que era verdad lo que vengo diciendo desde hace ocho años, que no alucinaba. Se probó que el trotyl no ardía, que no explotaba sin detonadores. Pero también me ocurrió algo extraño. Junto con la alegría sentí, como al comienzo, que prefería haberme equivocado. Porque la verdad que pudimos ver y tocar en Serrezuela confirmó que hay asesinos sueltos."

En esos tres días de sol y viento sobre las salinas de Serrezuela, Gritti estaba pendiente de todos los detalles y se multiplicaba. Observaba los preparativos de las pruebas sin perder de vista con quiénes hablaban los tres jueces del Tribunal Oral Federal N° 2, los peritos oficiales, el perito de los militares.

El jueves la recibió el Presidente. "Nos dijo que colaborarán hasta las últimas consecuencias. Otra satisfacción, porque hasta ahora ningún gobierno nacional, provincial o comunal nos ayudó. Peor: todos nos pusieron palos en la rueda."

Gritti sabe que la enormidad de ciertos crímenes es el principal obstáculo para su esclarecimiento. Pero cuenta con ocho años de duro entrenamiento.

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