La demolición que se llevó un barrio

Historias de las seis manzanas del Socorro, comprendidas entre Marcelo T. de Alvear y la Avenida del Libertador
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28 de septiembre de 2003  

La fábula podría concluir así: "Fue entonces que aquel barrio mágico comenzó a desparecer, hasta que un día... desapareció". Pero no hubo fábula porque el final se hizo real y "fue entonces" cuando la avenida 9 de Julio se llevó por delante una de las zonas más fantásticas de Buenos Aires.

Hace 30 años, la demolición para continuar abriendo la brecha de la avenida más ancha del mundo volvió a tomar furia, interrumpió con escombros la elegante Santa Fe y se encaminó hacia el bajo para mostrarle los picos destructores a un lugar que poco pudo salvar.

Desaparecieron dos plazas, dos pasajes, centenares de comercios, espléndidas casas y hasta pintorescos conventillos. Así, desapareció el carácter de un barrio, aunque no lo haya sido, porque, en realidad todas esas manzanas eran parte del Socorro, ahí, dentro del Retiro.

Eso sí, el Socorro perdió un pedazo de vida, más bien quedó como aislado de las Cinco Esquinas.

Se podrá indicar que todo sucedía entre Carlos Pellegrini y Cerrito; se podrá recordar que hubo protestas, juicios y moradores que resistieron en vano, puesto que ganó la demolición. Lo que no se podrá desmoronar es la historia de un espacio, un tiempo y un lugar. Y eso es lo que se trata de contar.

Hacía tiempo que la manzana ubicada frente a la plaza Libertad se había convertido en un playón y los Falcon Futura, Chevrolet 400 o Peugeot 404 ocupaban terrenos como en el que había estado la casona de Bernardo de Irigoyen, o el viejo Registro Civil, al que recuerdan con mármoles, una gran verja y columnas dóricas.

Las cuadrillas dejaban agujeros y el polvo se levantaba entre Marcelo T. de Alvear y Santa Fe. Por Cerrito, sí, por Cerrito, se caían las paredes del viejo Karim, que ya se había mudado a Carlos Pellegrini, pero de la vereda impar, fuera del riesgo. Su estrella, la bailarina, también había escapado con su andar deslumbrante para inaugurar sobre Arenales, pero en dirección a Suipacha, su propio local: "El boom de Lilian del Río".

Ya no estaban la casa de Remates Guerrico y Williams; la sonrisa de Villegas; el gerente de Cacho Sport; la casa de música Romero y Fernández, y la juguetería Burlando Hermanas. Sólo con nombrar estos últimos tres comercios se debe saber que la 9 de Julio ya no "acariciaba", "conquistaba" una cuadra que en la memoria seguirá siendo parte de la Gran Vía del Norte: la avenida Santa Fe.

Se acercaba 1973, los desalojos tomaban fuerza y los picos también. La plaza Fray Mocho, esa que era el centro de los grandes festejos de primavera, perdía en sus costados locales como el de la bombonería Duna o la casa de regalos Da Roberta. Por la noche se despidieron la whiskería Chin Chin y su barman Obregón, así como el coctelero Walter Silva, de Scherezade. En ese rubro, les llegaba el final a Dominó y a La Payanca con su barman cantor, Juan Carrizo.

Hacia el bajo, y por Cerrito, seguían funcionando y, con ventaja, la heladería Aga Taura y la mejor bombonería de Buenos Aires: El Crisantemo. ¡Claro, si estaban de la mano de enfrente!

El pan se compraba en Aguas Buenas y, siempre, la eterna discusión: "Para mí es mejor el de Dos Escudos". Eso sí, todos coincidían en que las fotografías se revelaban en el local del gordo Schšnfeld, justo al lado de Electrónica Juncal.

Desde La Rábida, nadie le sacaba el ojo a la casona de los Llobet, más aún pensando en la mejor sala de armas de Buenos Aires que adentro había, incluyendo pedana de esgrima y armaduras, que por esos tiempos alguien lució, pero para la televisión.

Dando la vuelta por la mueblería Mauri había un show todas las tardes: el Citro‘n de Tobin Achával junto al cordón, pero, siempre dentro de la inmobiliaria, un resto del motor.

Y en esa manzana no faltaba nada: el ex Jockey Club (lo de Estrugamou), el Club Alemán, la carnicería CAP, La Chiquita de Maquieira o las charlas en la concesionaria de Aitor Otaño y Rolly Fones, siempre acompañadas por otro fierrero clásico, Edgardo Paso Viola.

Al lado de lo de Achával, pasando por el "bistró" del francés Arditi y después del Comité Olímpico Argentino, el electricista César Brex dejaba los cables, se empilchaba y salía a mostrar su Fiat 1928 beige. Al carnicero don Luis Landó nadie se le animaba cuando Boca perdía, pero la máquina de cortar bifes era una sinfonía cuando Boca trajo alegrías: 1969 y 1970. Claro que enfrente de la carnicería se acababan las cargadas porque llegaba un banco (el Galicia) y se tuvieron que ir la carbonería, el residencial San Marcos, el quiosco de don Víctor y la colchonería de Bernardo.

Al lado de la rosticería Royal -vendían castañas de cajú, jamón glacé y cabellos de ángel-, uno de los mejores edificios de departamentos de Barrio Norte, el de los Robirosa, unía Arroyo con el pasaje Eguía. Allí, donde estaba "la Tedín" y de la que sólo quedan lo que para todos los chicos fueron "los ombús".

Era en la barranca, en donde el barrio descendía para llegar a una escenografía: el pasaje Seaver. La escalera que bajaba a esa calle, enclavada entre el edificio de la embajada de México y el gimnasio Kumazawa, era otra fantasía para los chicos que intentaban ver a la europea Lía: la dueña del cabaret Can Can.

Por las noches de bohemia, sólo los grandes atravesaban la puerta giratoria de lo que alguien definió: "Era un cabaret de tercera con gente de primera". Al final del pasaje, bajo la recova de Libertador, la noche podía terminar con una ternerita y un clericot en la fonda de Mingo. Pero la avenida terminó unos metros adelante y lo de Mingo se llevó.

"Fue entonces que aquel barrio mágico comenzó a desaparecer...", decía la fábula. Las fábulas son para chicos y esos chicos ya están grandes... ¡Mentira!, los nostálgicos nunca dejamos de ser chicos y los chicos, como la nostalgia, son capaces de atreverse al tiempo, inclusive, aunque venga demoliendo.

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