Suscriptor digital

Un Mozart renovado en el Xirgu

(0)
29 de septiembre de 2003  

"Las bodas de Figaro", de Wolfgang Amadeus Mozart. Libreto de Lorenzo da Ponte, según la comedia "La folle journée ou La mariage de Figaro", de Beaumarchais. Elenco: Roberta della Monica (la condesa de Almaviva), Sebastián Angulegui (el Conde); Silvina Martino (Susana), Nahuel Di Pierro (Figaro), Franco Fagioli (Cherubino), Andrea Plot (Marcellina), Norberto Lara (Don Curcio y Basilio), Leonardo Palma (Bartolo y Antonio) y María Verónica Julio (Barbarina). Orquesta y Coro de Almaviva. Alfredo Corral a cargo del bajo continuo. Director de escena: Claudio Tolcachir. Escenografía y vestuario: Lautaro Perotti. Director de orquesta y concertador: Andrés Tolcachir. Teatro Margarita Xirgu.

Nuestra opinión: excelente

En medio de la significativa cantidad de cantantes nacionales dedicados a la ópera que se han visto necesitados de formar parte de compañías independientes y no esperar la siembre incierta invitación de entidades oficiales para poder cumplir con su vocación de actuar frente al público, hizo su aparición un nuevo grupo encabezado por el joven director de orquesta argentino, radicado en Berlín, Andrés Tolcachir para ofrecer cuatro funciones de "Las bodas de Figaro", de Mozart, es decir, una de las grandes joyas del arte lírico universal.

La tercera de las representaciones programadas provocó una nueva satisfacción al comprobarse que no son pocos los cantantes locales dotados de méritos para enfrentar un compromiso tan arduo como es traducir en su justa dimensión el estilo de la música creada por Mozart, detalle más que significativo tratándose de uno de los más notables creadores para la voz cantada.

Pero en este caso, con una cuota adicional de mérito que eleva el resultado general de la versión ofrecida de "Las bodas de Figaro" a un plano superior, pues se trató de un elenco en su amplia mayoría integrado por jóvenes cantantes que aún se encuentran en una etapa de crecimiento y de adquisición de experiencia.

De todos modos, y como es una constante en el mundo de la ópera de Mozart, el principal responsable del éxito parte invariablemente de la calidad y la autoridad interpretativas de la dirección musical, porque es la música encantadora y multifacética el elemento que hilvana de un modo milagroso y contundente cualquier propuesta de teatro que se quiera idear.

Y en este sentido fue notable la jerarquía musical lograda por el director Andrés Tolcachir, que no sólo exhibió conocimiento estilístico, sino también autoridad para lograr el mejor rendimiento del conjunto orquestal, equilibrio con el palco escénico y un discurso general rico en matices, fraseo a cada instante pleno de encanto y un sentido rítmico dentro de la más genuina tradición mozartiana. En este aspecto merece el mayor reconocimiento el esfuerzo de preparación y la concentración del grupo de la seguramente juvenil orquesta y del coro, integrado mayoritariamente por voces femeninas que aunaron sonido transparente y belleza.

Soltura

El cuadro de cantantes se destacó en la composición de los personajes, la buena línea de canto en las grandes arias y por la soltura de la actuación teatral, sorprendente por la riqueza de ideas aportadas por Claudio Tolcachir, al crear una versión que irradia fantasía, tensión, picardía y agudísimo humor, a partir de una propuesta nada convencional, pero que con suma habilidad desarrolla la trama con ideas verdaderamente creativas, al punto que todas ellas parecen de actualidad, pero con el agregado de una universalidad que no traiciona al texto, sino que, por el contrario, parece nacer de un Mozart redivivo en nuestro tiempo.

Fue originalísima la intervención del contratenor Franco Fagioli, como Cherubino, admirable desde el punto de vista vocal, sobrio y a la vez vivaz en la actuación actoral, al punto que sus méritos se dirigen a desarrollar una brillante carrera internacional, la soprano Silvia Martino, creando una Susana de una solvencia artística, musical y por su desenvoltura en la escena, poco frecuente. Precisamente, y junto al barítono Nahuel Di Pierro, joven y talentoso elemento que se advierte avanzando con pasos muy seguros y progresivos, formó la soprano Martino una pareja central sumamente atractiva.

A propósito de Di Pierro, cabe destacar que se trata de un barítono lírico de voz flexible y pastosa que en este momento de su carrera debería extremar la elección del repertorio dentro de esa condición y apuntando a un canto matizado, tal como logró en esta oportunidad, razón que justificó con elocuencia el aplauso caluroso que recibió del público.

Del mismo modo se destacó el desempeño de la soprano Roberta della Monica, como la Condesa, acaso el personaje más comprometido desde el punto de vista del canto, ya que Mozart le reservó dos de sus más difíciles arias de línea y encanto musical de su vasto repertorio, que la artista logró plasmar con toda corrección, en especial la segunda, la contenida "Dove sono...", sumando además el encanto de su atractiva personalidad.

Muy buena forma de encarar el fraseo musical y el modo de decir y llamativa ductilidad del barítono Sebastián Angulegui para crear un Conde de cambiantes y sorprendentes actitudes; segura, atractiva y al mismo tiempo sobria y con gracia la Marcelina de Adriana Plot; excelente el tenor de carácter y excelente actor Norberto Lara, para ofrecer un acertado Basilio y un formidable Don Curcio; correcto como actor y con algunas debilidades de entonación del bajo Leonardo Palma (debería contener con mayor concentración su excesivo volumen), mucho más apto para Antonio que para Don Bartolo.

Otra grata sorpresa fue apreciar la ductilidad de actriz de María Verónica Julio, además de muy grata condición vocal, para otorgarle al personaje de Barbarina un relieve que tradicionalmente pasa inadvertido. Con notable sagacidad, la joven artista logró crear un personaje entre inocente y pícaro, entre angelical y sensual, al que sumó segura musicalidad.

Finalmente, cabe señalar que la puesta de "Las bodas de Figaro" con escenografía y vestuario de Lautaro Perotti fue una suma de detalles de ingenio, audacia y ajuste a un estilo de teatro atemporal, pero con la virtud de provocar inequívocamente en cada espectador imágenes y atmósferas adecuadas a la línea argumental de Da Ponte, pero en todo pasaje permitiendo que la música de Mozart no perdiera su condición de absoluta protagonista. En definitiva, un espectáculo que hubiera merecido permanecer en cartel durante mucho tiempo.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?